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F O L L E T Í N D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET t 6. CONTINUACIÓN -No responderé á semejantes apreciaciones, ¡Alerta, alerta repitieron con espanto el caballero- -dijo con dignidad; -pero contéstame, cura y el cirujano. tunante, ¿quién extrajo la bala que Chaqueta VerLos bandidos se dirigieron corriendo ktcia la de recibió en el hombro durante el ataque á los puerta de la granja, y tal era el poder de aquel boyeros en el camino de Chartres? ¿Quién ha ci- grito de alarma, que el Normándote, hasta entoncatrizado, en menos de ocho días, el sablazo que ces inmóvil y completamente insensible, experiel Tuerto del Mans recibió en el pecho batiéndose mentó, al parecer, una violenta sacudida. Estrecon un gendarme de Joinville? ¿Quién os sangra, mecióse, se incorporó apoyándose en el codo y quién os purga, quién os opera cuando estáis en- frotándose los ojos, y cuando la voz de alerta volfermos, heridos y cuando os aporreáis unos á vió á sonar, se puso instintivamente en pie y siotros? ¡Gente estúpida! A no ser por mí os ve- guió, dando traspiés, á sus compañeros. ríais reducidos á morir como perros, en un foso, Al salir se presentó un nuevo pelotón de bancuando recibís un golpe. Y ¿cuál es mi recompen- didos conduciendo un prisionero atado y amordasa por tanto celo y tanta paciencia? Tengo que zado, al que arrojaron brutalmente en medio de vivir en una especie de subterráneo, de donde los otros, después de ligarle los pies. salgo únicamente para seguiros en vuestíras azaActo continuo cerraron de la mejor manera porosas expediciones; y yo, hombre de estudios, yo, sible la puerta destrozada y sólo quedaron en la bienhechor de la humanidad que sufre, me veo habitación las desdichadas victimas del atentado. expuesto á compartir el destino que os espera á Oyóse todavía por algunos momentos a los latodos tarde ó temprano... ¡Es para renegar de la drones ir y venir por el patio con precipitación; filantropía f pero bien pronto cesó el tumulto, y á la voz de- -Tiene razón, cirujano Bautista- -exclamó el ¡marchen! pronunciada á media voz, la cuadrilla curillá con su énfasis de costumbre. -Desde la echó á anclar, franqueó la puerta carretera y se muerte de los antiguos jefes Gallinero y Flor de alejó á pasó largo. Los prisioneros podían, pues, considerarse comEspino, nuestros hombres nada respetan; no hay obediencia, no hay disciplina. Y no és porque el pletamente libres de sus perseguidores; pero, desMeg no sea un mozo de chapa y de puño de hie- pués de toda una noche de angustias y de torturro, sino porque los hombres de la banda se re- ras, ninguno de ellos se encontraba en estado de clutan entre gentes perdidas, incapaces de atener- desembarazarse de sus ligaduras. se á las reglas del deber. Ahí tenéis, por ejemplo, Hacía ya rato que, reinaba fuera de la casa el al Normándote, borracho perdido, tirado bajo la más profundo silencio, y, sin embargo, nada se mesa, en lugar de estar alerta y ojo avizor. En movía en el interior; tan sólo se escuchaba á incualquier otra época, semejante infracción de la tervalos algún gemido ahogado, y al despuntar el consigna hubiera sido castigada cen cien palos... día se hubiera podido ver agitarse débilmente al ¿Pero á qué me canso en gemir y sermonear, si gunas formas humanas en medio de los muebles las cosas no han de mejorar por eso? Pues qué, esparcidos y de la vajilla hecha pedazos. ¿no es también una vergüenza que tantos de los Así pasó media hora, al cabo de la cual oyóse nuestros, así hombres como mujeres, vivan en el otra vez al exterior el galopar de caballos; pero desorden, cuando estoy yo aquí para casarlos ó esta vez los que llegaban parecían pocos en númedescasarlos á su antojo, según- nuestros ritos pri- ro. Dos de ellos se detuvieron delante de la granja. vativos? En la primera ocasión yo demostraré al- -Hemos llegado tarde- -dijo una voz con desMeg los peligros de estas costumbres, contrarias aliento o s picaros han escapado. á la moral y á la disciplina. -Y han hecho aquí de las suyas como allá- -Daniel sólo oía imperfectamente esta conver- añadió otro con rabia; pero no deben estar lejos... Piquemos nuestros caballos y adelante. sación, salpicada de expresiones bárbaras, en un- -No tenemos órdenes- -objetó el primer intertodo ininteligibles para él y para los demás prisioneros pero adivinaba que se había suscitado locutor; -y además, es preciso saber antes lo que aquí pasa. una reyerta entre los bandidos, y esta disidencia- ¡Hum! No es difícil de adivinar... Los malfortuita le daba algunos instantes de respiro. El Manco, por su parte, tenía prisa por desem- vados habrán tratado á las gentes de la alquería barazarse de sus colegas habladores. Temiendo lo como á los infelices del castillo. -Es muy probable, por desgracia... Pero veáque pudieran decir después al jefe de la banda, había vuelto á sentarse tranquilamente, después moslo y preparemos nuestras armas. Los dos jinetes echaron pie á tierra y oyóse, inde encender la vela, y parecía haber ya olvidado mediatamente después, en el pavimento del patio sus proyectos dé venganza. el choque de sus botas armadas de espuelas. Ya las primeras claridades del alba empezaban á blanquear el cielo. De repente se oyó un gran Abrióse con ímpetu la puerta, y dos gendarmes, rumor en los alrededores de la alquería y una voz dos verdaderos gendarmes aparecieron en el umbral empuñando sus carabinas. fuerte que gritaba: Permanecieron inmóviles por algunos instan- ¡Alerta, muchachos! A levantar el campo en tes, como preparados á rechazar algún ataque s ú seguida, porque la cosa urge. ¡Alerta! -repitió el Manco dando un salto. bito; pero tan pronto como fueron habituándose