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3 P- Q RICARDO. JAVIER. ¿Y hemos de mandarle reto? Ño seáis panoli, hidalgo, hay que madrugar. RICARDO. Ya os sigo. JAVIER. Como tú eres el más alto, para escalar la muralla serás mi sostén. RICARDO. Me allano. JAVIER. Ponte aquí y bájate un poco para que me suba. RICARDO. Acato tus órdenes. (J A V I E R sube á los hombros Je RICARDO y éste se endereza, y entonces el primero, apoyándose en la tapia, se va irgiiiendo hasta alcanzar la rama del albaricoquero Durante esta maniobra, el S R JOAQUÍN he, salido de su casa y con ran cautela se ha ido acercando á la tapia. Mientras JAVIER lleí; a á asomarse, el S R JO. A. QUIN ha ido subiéndose por una escalerilla arrimada al m- uro, de modo que en el mismo momento se encuentren cara á cara. i Tlola, a m i g o! SR. OAO. Y a veo que tanto a n d a m o s como c o r r e m o s vecinos. No, si n o JAVIER. S R JOAO. Y e n g a esa mano, amiguito. JAVIER retira la mano, Jmycndo de que le coja, y pierde el equilibrio. RTCARDO. i E s t á t e quieto, i m o j o! i Q u e me haces daño! (J A V I E R patalea RICARDO. podido registrar en todos sus rincones, porque el diablo, apostado en un repliegue de rocas, sopla sobre las antorchas y las apaga... -Mañana lo veremos- -dice el sabio geólogo con decisión. Al día siguiente, en cuanto amanece, el doctor y su guía emprenden el camino de la caverna. Llegan á ella. Su entrada es estrecha y está medio cubierta por una cabellera de gramíneas gigantescas. Pasan y encienden ima antorcha, á cuya luz despéganse de las rocas grandes murciélagos que trazan en el aire vuelos tortuosos. El doctor Paoli se detiene de vez en cuando, palpa las paredes, las golpea, apunta en su cuaderno y el Obre indio se ueda turulato oyéndole frases raras y palabras, para él, de oculto sentido: mammuth, cuaternario, álcali, cuarzo... ICI camino se tuerce violentamente y muéstrase ante sus ojos una especie de sala no muy grande, fantástica como una mansión de hadas. Hay en su centro un estanque de aguas verdiclaras y en torno suyo se alzan estalactitas y estalagmitas que parecen tiras de rico Va- al sentir que el S R J O A- QUÍN le coge del cuello. ¡Ay, que me has dado en un ojo! ¡Animal! JAVIER. RICARDO. j. WIEK. SR. JOAQ. (Retira la cabeza insliuliramen e cae al suelo. ¡Me has derribado, so bruto! i Mira mi ojo! Debo haberme roto un brazo Rs que no se pescan peces á bragas enjutas, j diablo! y muchos que van por lana suelen salir trasquilados. ESCENA FINAL Dichos y ROSARIO y FILOMENA. v JAVTET ¿Quién se queja? i Qué ha ocurrido? 1 lLOMENA, Qué os pasa, Javier. Ricardo? S R JOAQ. Nada, que he cogido un cesto de los más gordos y sanos albaricoques y tengo el gusto de regalároslos á vosotras, que sois buenas, y estos locos de muchachos, al ir á coger el cesto se han debido de hacer daño. (Las niñas cogen el cesto que les regala c vecino y los muchachos quedan airergon zados y llorosos. ROSARIO. CAE EL TELÓN r? p v AVENTURAS EL SOPLO DEL DIABLO 1 indio deja de fumar y exclama, dirigiéndose al doctor Paoli, con el cual está sentado junto á una tienda de campana: -A corta distancia hay una cueva que nadie ha lenciennes susi) endidas en el aire. La dejan atrás y siguen por una especie de callejón. Lo flanquean grandes peñascos y en él retumban los pasos con extraña sonoridad. De pronto, el indio se para lívido. ¡Adelante! -le manda el doctor, quedándose él detrás. No da dos pasos el indígena, cuando la antorcha, tras unos instantes de zigzagueo en la llama, se apaga con fuerte chisporroteo. -j El soplo del... La palabra expira en los labios del guía y el doctor siente espeluznado botar en el suelo dos cuerpos en son de lucha. Al fin, el indio dice: ¡Era un bandido... En seguida, encienden otra vez la antorcha. En la mano del bravo guía brilla el puñal teñido en sangre. -El malsín- -añade- -debe estar acurrucado entre las rocas... Una saeta pasa silbando entre sus cabezas y entonces huyen con todas sus fuerzas. Cuando, sin contratiempo, se ven en el campo, el rumor de la brisa suena en sus oídos como un canto de liberación. El geólogo exclama: ¡Maldito bandolero... Si no es por él, llegamos al fin, porque el diablo que sopla no es más que el aire filtrado por ocultas grietas... JOSÉ A. LUENGO.