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LA MADRE TIERRA C obre la inmensn planicie de la campiña, que libre de hierbas que la cubran muestra su sequedad arenisca, avanza con lentitud el arado conducido por dos bueyes. La melancólica luz del crepúsculo vespertino baña este cuadro con sus resplandores rojizos y en el horizonte flotan nubes cenicientas que ocultan al astro rey. El campó seco deja ver grietas anchas y profundas, como sedientas bocas que imploran remedio á sus males, y la reja del arado hiere á la tierra, formando surcos y desmenuzando los duros terrones que, al quebrarse, parecen exhalar nuejidos débiles. Más tarde, en las hendiduras que formó el instrumento de labranza, caerá la semilla, que quedará oculta, como si al caer quisiese la tierra ahogarla con abrazos eternos. La campiña parece ostentar en su superficie los signos de una venganza no lejana con que castigar his heridas que el hombre la hizo... Y luego, en la primavera siguiente, á cambio del mal recibido, hace germinar en sus entrañas la simiente que el labrador arrojó y produce flores y frutos... Lentamente va despertando el día, rasgando las tinieblas de la noche los penetrantes rayos del sol. La luna, que rielaba sobre las aguas del mar, des- á unirse con las aguas, y según se alejan de la costa, va empeqtieñeciéndose, á los ojos de los que las tripulan, el pueblecillo cantábrico. Diríase qué quieren disminuir de tamaño hasta desaparecer, para que al regresar los pescadores no le encuentren, castigando así á los que le abandonaron buscando en el fondo de los mares el sustento que él les brindaba con amor infinito... Mas al caer la tarde, cuando el sol oculta su disco de oro en la línea azul del horizonte, cuando las sombras invaden nuevamente el espacio, cuando el torrero eleva el faro estrella del marinero y las lanchas vuelven al puerto, la tierra acoge á los pescadores como madre amorosa que recibe en su regazo al hijo que la despreció. í ík Sepulturero: el sol no tardará en ocultarse detrás de las montañas; cava la fosa de prisa y de osita en su fondo obscuro y tenebroso el cadáver de ese niño, cuya alma subió ayer al cielo y cuyo cuerpo debe bajar hoy á la tierra. No te detengas. Cumple tu fatídica misión y siembra luego alrededor de la sepultura flores alegres. Coloca la cruz sobre ella y. aléjate sin mirar atrás. Camina hacia la risueña aldeá- dondetodo es bullicio y alegría, y huye del humilde camposanto en ciuc sinan el silencio y la tristeza. Al llegar la noche, la luna recompensará con la suave caricia de sus rayos á la tierra que piadosamente oculta á los que dejaron el in uieto vivir para pasar á la tranquila muerte. f- 4 ki- 1 t ¡Tierra: te hieren, y á camb de tus heridas produces llores y frutos; te ab: yiian, y aguardas impaciente la vuelta de los que se, alejaron de ti; morimos y cubres piadosa nuestros restos... Te asemejas á las virtuosas mujeres. que nos dieron el ser... ¡Tal vez por eso te llaman la madre ¡ierra. I losé RAMOS MARTIN. LOS A L B A R I C O Q U E S CONCI USION aparece, y el horizonte tórnase incandescente poco á poco. En la tranquila atmósfera se percibe el sonoro a eteo de las aves marinas, y lo que momentos antes estaba oculto entre sombras, reaparece ostentando sus variados colores. Tvasgan el aire puro y diáfano los penetrantes silbidos de las sirenas de los vapores anclados en el puerto, y las lanchas pescadoras van saliendo con lentitud del muelle. Avanzan hacia el sitio donde el cielo parece bajar Decidme si he de humillarme y sufrir el desacato, ó he de vindicar la afrenta como caballero honrado. RICARDO. Digo que desde ese punto de vista, yo también cambio de opinión. JAVIER. Nada de hurtos, ni traiciones, ni de amaños. ¡Cara á cara y frente á frente! ¡Por asalto! ¡Por asalto! RICARDO. (Entusiasmado. J. WIER. ¿Pueden contar mis mesnadas con vuestras huestes? RICARDO. ¿Dudáislo? ¡Cámara, qué palabreja! JAVIER. Pues vo no me achico. El pacto firmado está. ¿Cumpliréislo? ¡V aya un terminillo! ¿Cuándo (Resuelto. RICARDO. nos lanzamos á la lucha? Si tú quieres, en el acto. JAVIER.