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algunos idilios amorosos, que terminan con la aplicación de la última pena á los culpables; es decir, en matrimonio. Cuando sus protagonistas riegan la planta del amor con agua mineral, y entre vaso y vaso se dicen las tonterías de costumbre, ¿no dan á entender que son agüistas de afición ó por capricho? S í porcjue se necesitaría muchos ríñones para cargar con una mujer enferma del riñém, ó un estómago regular para coriceder la blanca mano á quien tenga esc órgano hecho cisco. ¡p u r o pues, con las aguas minerales, ya internas (en bebida) ya externas (en baño) ya medio pensionistas (en pulverizaciones, gárgaras, etcétera, e t c) rómenlas hasta los cpie no las necesitan, siguiendo las leyes imperativas de la moda... Y vea la ciencia si, en vista ele este excesivo consumo, no ha llegado el instante de clasificar á los hombres de otro modo, con sujeción á los nuevos temi) eramentos: temperamento sulfuroso, tem XM- amcnto calcico, tcini) cramento bicarbonatado, e t c etc... Aun (iue habrá, ciertamente, algunos sujetos que escapen á esta clasificación. Son los que han recorrido todos los balnearios ara disfrutar de sus alicientes, mas sin probar sus virtudes curativas. Entre ellos, mi amigo antes aludido, el cual me decía una vez: -Chico, el mejor balneario es, sin dis ula, el ai uclla peri) etua dis üsición de su ánimo para las excursiones, los juegos, los bailes y demás entretenimientos? Débase á lO ue se deba, el caso es que existen, y conseguida esa finalidad, no importa reparar en los medios. Ya. lo dijo el poeta: S i (juieres xr feliz, como me dices, no analices, mucbacbo, no analices. No analicemos, p u e s ni siquiera la cuenta (jue suele ser sintética, aunque abusi a. Y c uédesc el análisis para las autoridades científicas, las cuales, por encargo de ciuicn explota las agna, s, nos enteran de iie hay en ellas tales y cuales principios en tanta y en cuanta cantidad. Estos componentes no son, sin embargo, bastante llamativos, y así se explica cpe en los anuncios aparezcan también recomendados la situación del establecimiento, la belleza del i aisaje, lo pintoresco de sus alrededores, la bondad del trato y el programa de festejos donde empapar las horas ue no se cm apan en el manantial. Con tales atracciones, el agua viene á ser lo de menos, y hasta el cpic se cree m á s necesitado la toma casi, casi por compromiso. En cambio se olvida de sus preocupaciones, se divierte una barbaridad y adc uiere nuevas amistades, de cuyas dolencias efectivas ó simuladas no puede dudar en ningún caso. -i Que mujer tan guapa! -dije una vez á cierto amigo mío, al verle saludar á una señora en Recoletos. -Si- -me contestó. ¡Es lástima que padezca del hígado! i liabían estado juntos en el correspondiente balneario! También suelen nacer junto á los manantiales de... N o cito el nombre para no liacerlc el reclamo. -Ikíenas aguas, ¿ch? -le contesté. -Lo ignoro... ¡Pero qué buenos vinos! GIL P. ARRADO. Dibujos de Medina Vera.