Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
tan granuja como buen mozo, nue flesoués de haber estado algunos años en presidio, consiguió del marqués un puesto en el coto, por no sé qué influencias de política de pueblo... Bueno, el caso es que el amo salía muchas veces á cazar solo, y que á la forastera le hacían mucha gracia los dichos de Ramón. Una noclie, el marqués hizo llevar á la caseta del guarda una cena como para ocho y un montón de botellas que daba horror... Borrachos como cubas salieron al pinar, y mientras el amo se entretenía en pegarle fuego á la maleza, aquella mala hembra se reía como una loca, dándose palmadas en los muslos y revolcándose en e! suelo, como si no la dejara tenerse en pie el peso de su alegría... Ramón, el guarda, contemplaba aquel asco riéndose también... Llegué yo corriendo, cogí al amo y á viva fuerza lo encerré en la caseta... ¡A mí me pagaba el niar ués para defender su coto... Iba á hacer lo mismo con aquella mujer, que, trastornada también, se disponía á continuar la obra del amo, pero al dirigirme á ella, Ramón se me interpuso, diciéndome al propio tiempo con tono amenazador: -i A esa se guardará usté de tocarla, tío Carlos... Me cegué, porque comprendí por qué la defendía... Y él se echó la escopeta á la cara, disparó sobre mí y al verme caer huyó como una exhalación, mientras la otra reía... reía... Me levanté con el brazo colgando, toqué la bocina para que acudieran los otros guardas y una hora después el incendio estaba dominado y yo tranquilo, porque el médico había dicho que la cura sería muy dolorosa, pero que no habría necesidad de amputar nada. Al día siguiente, el amo, enterado de todo, nombró otro guarda para el puesto de Ramón, y después de recomendarme mucho y de dejar unos duros para que me les gastase á su salud envió por un camino á la forastera y se marchó él por otro. Desde entonces hasta que me puse bueno, hubo cinco quemaos en el coto. Cuando pude levantarme y recorrí los pinares, y vi el estrago que en ellos había causado el fuego, lloré de rabia y de dolor... Centupliqué mis cuidados, hice que mis compañeros estuviesen siempre alerta, me pasé varias noches acechando... Todo era inútil. Cada dos ó tres días, una Hiiea de fuego que se levantaba en medio del coto me liacía comprender que de nada servia nuestra vigilancia contra la mano que cometía aquellos crímenes. Yo sabía que Ramón rondaba por esas sierras temeroso de que le prendieran; sabía que era imposible que entrase en el coto... Pero nunca he creído que los quemaos sean obra del descuido ni dé la casualidad. Nunca he visto que arda un monte sin que se le prenda fuego. Una noche, velaba yo rondando por la linde del coto. Casi á mis pies, súbitamente, se levantó una llamarada. Corrí presuroso á apagarla y vi entonces que á unos cuantos pasos empezaba á arder otro trozo de maleza... Corrí, corrí... A medida que avanzaba se iba alzando una línea de fuego. Instintivamente, al llegar á una mata grande en donde me pareció ver algo que chisporroteaba, me dejé caer de bruces... Sentí desgarradas mis carnes por las espinas de una aliaga, quemadas n- Ás manos, pero al levantarme había descubierto el secreto... Quien prendía fuego aquella noche en el coto era una perdiz... Tenía las alas atadas con un hilo de esparto y llevaba colgando unas pajuelas azufradas... Comprende usté, señorito... A la mañana siguiente, nos apostamos mis compañeros y yo en una barrancada cercana á los pinares. Sabíamos que desde hacía algunos días alguien levantaba trampas de perdices por aquella parte... uando Ramón fué á levantar las losas caídas, Iniscando su presa, nos echamos todos sobre él y logramos sujetarle. Ya en la casa del coto, mis compañeros quisieron entregarle á la justicia. Yo hice prevalecer mi opinión, después de una gran lucha. I es recordé que Ramón había sido amigo nuestro... Yo mismo, el que peor debía quererle desde lo dei brazo, opinaba que lo más acertado era dejarle ir en az... Después de lo que le había ocurrido, ya sabía él que no se nos engañaba fácilmente... I: odía estat escarmentado... Aparte de que era una majadería entregarle... ¡Hay que fiar tan poca cosa en la justicia de los pueblos... Conseguí que me atendieran... Le desatamos y se fué... Yo le vi marchar gallardo, contento, sonriendo con socarronería... Al llegar á la revuelta del camino del coto, á unos ochenta pasos de la casa, se volvió á mirarnos, siempre sonriendo... Entonces sonó un tiro, y Ramón cayó sin pronunciar un ay... i Allí, mire usté, en aquella hondonada, junto á aquel peñasco blanquecino, mataron á llamón el guarda... I ¿Que quién le mató... ¡No es mala pregunta, señorito... ¡Pues, vaya usté á saber... ¿Quién sabe si también las plantas y las perdices tienen sus vengadores... Si mañana se supiera de fijo quién es el que ha prendido fuego en el Realón, ¿cree usté que no habría por ahí alguno que tuviese un pedazo de plomo de sobra... Al rojo resplandor de la inmensa fogata, el rostro contraído del tío Carlos daba miedo... Sus ojillos grises parecían inyectados de sangre... Su voz era ronca, dura... Me fijé en su mano derecha, de dedos sarmentosos, que se iba alzando en una crispacíón temblorosa, y me chocó ver su pulgar enarcado convulsivamente, como buscando el gatillo de un arma imaginaria... JUAN B P O N T Dibujos de Regidor.