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despeclio de los anos, se dibujaban gig- antescamcnte en e! polvo del camino, formando una pavorosa mancha de sombra. ¡Ladrones! -añadió agitando sus brazos largos y nervudos; y acercándose á mí se sentó en una piedra, al bordedc la vereda, cara al fuego que parecía estacionado. Durante un momento permaneció silencioso luego, balbuceando al principio, con voz bronca y colérica después, siempre con los ojos fijos en las llamas, habló así... -Ha querido usté que subiéramos á ver esto... Yo, de buena gana me hubiera quedado allá abajo, metido en el último rincón para no verlo... Pero ya estamos aquí... Y ya que quiere usté que hable, que le cuente, que le explique el cómo y el por qué de todas estas atrocidades, yo se las contaré, aquí, frente al queraao frente, á esa hoguera... Le contaré la historia del crimen frente al cadáver del asesinao. ¡Así come así, no me sabe mal decirlo... Parece que me desfogo cuando me dejan hablar de los pinares, del monte, (le lo luiico que quiero en el mundo... Porque ha de saber usté, señorito, que yo no he vivido más que para ellos y que los quiero como si fueran hijos míos... Usté debe saber esto que le voy á decir, señorito, pero, i qué demontre! usté lo sabrá como hombre que lee y yo lo sé como serrano viejo que lo ve tos los días, y lo sufre, y lo llora... Pues bien, la. vcrdá! por cada pedazo de monte que se quema, nos arrea el cíelo un pedrisco más. Detrás de un verano de fogatas de esas, vienen muchos inviernos de granizadas y diluv ¡os, ¿y otros muchos veranos de sequías y de hambre. Y las cosechas van mermando, y la plaga de malos bichos creciendo, y... ¿querrá iisté creerme... ¡Pues tengo gana de morirme pronto de cualquier cosa, para tener la seguridad de no morirme luego de miseria! ¡No se ría usté, señorito, que me hace daño oírle... Allá en las ciudades, ¿qué les importa de estas cosas... Les daría risa también oirme hablar de este modo... i Ya lo comprendo... Allí no saben lo que es enamorarse de los bosques verdes, que hablan y escuchan y ríen y lloran y aman también... I No saben que el pan que se recoge en los bancales es amor que de los pinares baja... i Que el vino que de los viñedos brota es sangre de los bosques que aman v nutren á la tierra llana y blanda, á la tierra mujer... I Y la prueba es que cuando la montaña se pela, las plantas del llano sufren y mueren... ¡lis que les falta el cariño de los pobres pinos, que desde arriba las guardar de sequías y tormentas... ¡Ya lo sé, ya... I Allá en la ciudad, pa no calentarse los cascos, echan la culpa de los quemaos á la casualidad... Creen que una punta de cigarro que tira un cazador es bastante para incendiar un monte. Fucile ser, sí, señor: pero toda mí vida estoy yo echando cerillas y cigarros encendidos arriba de la Rinconá en un pcdacito de monte que es mío, y hasta en las aliagas los echo, y ¡quia... ¡Ni pensarlo... Cuando j quema un pedazo de monte, créame vsté que hay K (juíen sabe por qué arde... V e listé ese quemao Pues los que le han prenuido fuego están muy lejos... Allá en la ciudad están... Sí, señorito... Éso que ve usté arder, tan bom. 0, con esas llamaradas que así, vistas de lejos, pareccn una procesión de antorchas, es obra de allá, de la cuidad grande, de un señorón que se gasta con perdidas lo que nos roba á nosotros, lo que le roba á la sierra... Ese manda hacia acá, cuando va á hacer algú negocio, á unos cuantos granujas que emborrachan á estos brutotes para meterles luego en la cabeza que el monte- es de ios serranos, que la gente de influencia lo corta y se lo lleva, que vale más quemarlo que ver como otro se lo come... ¡Y el que se lo come es él, y él el único que hace su negocio dejando al pueblo con muchos millares de pinos menos, para que no se conozca que ha cortao unos cuantos centenares de á roles de más, para que no se sepa que se l; i gmiao 1- ás unas cuantas pesetas... Es más claro que el agua. Hace una semana llegaron tres hombres, enviados por él para hacer una corta... Camino de los Cabezones les vi subir hasta el Rcalón, ci donde reunieron á muchos serranos, y en donde corrió el vino... Aj- er se fueron... ¿Se acuerda usté que ayer dije yo, al ver la gente que montaba en la diligencia: Mucho será que no comiencen mañana los quemaos Pues ahí tiene usté... ¡Ladrones... ¡Ladrones... Quién os pudiera pillar como á Ramón el guarda... n El viejo se detuvo. Me pareció verle mirar recelosamente á nuestro alrededor. Su rostro, al resplandor de la gigante hoguera, tomaba la rojiza color de las damas. Una sonrisa cruel dolorosa que plegaba sus labios daba á sus facciones tan extraña expresión que atraía y amedrentaba al propio tiempo. Hubo una larga pausa. Luego, replicando á algunas frases mías, continuó de este modo: -No. Lo que la casualidad rara vez consigue, fácilmente y por mil medios lo logra la intención dañina. Esta mañana, un tozudo de esos, convencido por las retóricas de esos granujas que envía el señorón, se ha levantado de madrugada, y en cuanto ha notao ue el poniente iba á soplar con fuerza, ha cogido una alpargata vieja, la ha metido en azufre derretido, la ha puesto á secar, y con ella y con un cacho de cuerda preparada de igual modo, se ha echao barranco arriba, buscando la cima del Realón. Ya allí, el hombre ha encendido un cigarro, y después de meter la alpargata debajo de una aliaga bien grande y bien rodeada de maleza, le ha atao la cuerda que llevaba, á guisa de mecha, y le ha prendido fuego al cabo suelto con la lumbre del cigarro... Y tres ó cuatro horas después, cuando ya estaba en el pueblo y en su casa, cuando ya casi no se acordaba del mal hecho, ha oído gritar en la calle: ¡Al quemao ¡AI quemao Y seguramente le tendrá usté ahora allá arriba, trabajando como los otros pa apagar el fuego del Realón... Y mire usté, ese subió na más pa disimular mejor, y á estas horas, no por arrepentimiento, sino i) or no sé qué demonio de amor propio, estará trabajando y exponiendo su vida más que todos por atajar el quemao yVh! ¡No se atajan así como así... ¡Sólo de cerca se puede saber lo terribles que son... Cada l) iña está por este tiempo cargada de resina... EJ calor del incendio la resquebraja por fuera, y al mismo tiempo la convierte por dentro en un depósito de aguarrás... El tallo que la sujeta á la rama se seca ¡jrimero, se carboniza después... De pronto la pina estalla como una granada... vuela á veinte ó treinta pasos... Por cada resquebrajadura sale una llamarada... ¡Los quemaos andan mucho, señorito... ¡Sus pasos son de gigante... ¿Yo... ¿Que si yo he atajao alguno... Sí, señor... ¡Muchos... ¡Muchos! Pero aquellos no eran como éstos... Era allá abajo, señor; en aquella hondonada... Allí empezaba el coto del marqués... Allí mataron á Ramón el guarda... ni Hace treinta años era yo el mayoral de guardas del coto del marqués. Por lo tanto, comprenderá usté, señorito, que tenía obligación de guardarlo v defenderlo. Yo lo cuidaba como cosa mía... ¡Daba gozo ver aquellos árboles, casi negros de tan verdes... tan llenos de vida... ¡Qué hermosura de pinar... LTn día, después de muchos años de ausencia, vino el amo al coto con una mujer... ¡Una mala bestia, señorito, recogida Dios sabe dónde... Anduvieron l) or el pinar, que era inmenso, durante muchos días... Pero cu vez de recogerse por las noches en la casa grande, como al principio hacían, observé que, á instancias de aquella mujer, se acogían más tarde en la caseta de Ramón, el guarda. Este era un chicarrón,