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FOLLETÍN De BLANCO Y NEGRO humana es cosa sumamente delicada... Ti couphon, dice un filósofo griego, y un átomo de materia grosera en un órgano esencial basta para hacer evaporar ese fluido misterioso que constituye la existencia. Pero ni las zalameras exhortaciones del uno ni las pedantescas observaciones del otro hubieran decidido á los combatientes á abandonar la lucha, á no hallarse ambos faltos de fuerza y de aliento. El primero que cesó de defenderse fué Daniel, dejándose derribar de espaldas por el hombre de cabellos grises que, sin cesar de recomendar la concordia y moderación, se aprovechó de su abatimiento para atarle las manos atrás y volver á ponerle la venda. El Manco se mostró mucho menos dócil. Vencido al principio, volvió á levantarse y extendió el brazo para coger el pedazo de sable que yacía por tierra. Sus compañeros, adivinando su intención, lograron contenerle. -Hijo mío- -dijo el de más edad, ¿qué vas á hacer? El Meg ha prohibido maltratar á los prisioneros, y si desobedeces, no te escaparás de recibir una paliza... -i Vete al infierno! -exclamó el Manco, esforzándose en desasirse por medio de una brusca sacudida. -El prisionero me ha herido... necesito vengarme, aunque me hagan pedazos después, i Soltadme, ó voto á Dios... ¿Te atreves, pecador empedernido, á hablar en ese tono á tu padre espiritual... á tu cura... ¡Cura! Como yo... Has sido sacristán de no sé qué parroquia, y has recogido de aquí y allí algunas frases de catecismo... Además, no llevas puesta la sotana que robaste á tu antiguo amo, y no te reconozco por mi superior. Estas palabras exasperaron al llamado cura, que sujetó á su interlocutor con puño de acero y le dijo indignado: -i Ah! i Conque no reconoces mi autoridad? ¿Conque no soy vuestro cura? ¡Miserable ingrato! ¿Pues quién sino yo te ha casado con Naneta? Y en cuanto á haber robado la sotana que uso algunas veces... ¡Te digo que me dejes! -le interrumpió el Manco, rechinando los dientes. -Este asunto no te concierne. Estoy en mi derecho; el prisionero me ha pegado, me ha herido. ¿Estás herido? -se apresuró á decir el otro. -Esto me toca á mí. ¿Dónde está la herida? Precisamente traigo conmigo mi- específico y mi bolsa. Voy á vendarte, y si es preciso, á hacerte una sangría, según las reglas del arte. Es cosa de un abrir y cerrar de ojos. ¡No me toques, carnicero, infame envenenador! -exclamó el Manco, que, sin embargo, no podía ya oponer más larga resistencia. -Te das aire de cirujano y no eres más qtie un mal charlatán; no has asistido más que á vacas tísicas ni curado más que los lamparones de los caballos del Perche. El cirujano se sintió herido en su orgullo, como el cura. Continuará: naba el castillo, dejando las puertas abiertas, los muebles fracturados y dos cadáveres tendidos sobre las losas de la sala de entrada. IX EL RESCATE olvamos ahora á Daniel Ladrange, á quien hemos dejado luchando con el Manco, uno de sus guardianes, en tanto que el Normándote yacía por tierra, completamente ebrio, confundido coU: los moradores de la alquería agarrotados y amordazados. La lucha se prolongaba con notable desventaja para Daniel, cuyas piernas, fuertemente atadas, secundaban mal sus movimientos. Su adversario había conseguido derribarle, y Dios sabe de qué modo se habría aprovechado de su triunfo el bandido, á no ser por dos nuevos individuos que, atraídos por el ruido, entraron precipitadamente en la sala y se esforzaron por separar á los combatientes. Los recién llegados pertenecían también, sin duda alguna, á la cuadrilla, y había, n quedado de centinela fuera de la granja. Como la mayoría de sus compañeros, estaban vestidos de guardias nacionales, pero no llevaban armas adecuadas á su uniforme. El uno, de edad como de cincuenta años, tenía una cara vulgar, aplastada, descolorida, que expresaba más hipocresía que ferocidad. Sus cabellos grises, escasos hacia la parte superior de la cabeza, estaban cortados en redondo, según la forma en que los llevaban los eclesiásticos. Afectaba en sus modales cierta gravedad y llevaba con poco desembarazo su uniforme militar. El otro, joven todavía, era de regular estatura, delgado, moreno, de cabellos negros que caían formando una voluminosa coleta sobre la espalda; en sus ojos centelleaba la astucia; su fisonomía, bastante expresiva, tenía extremada movilidad, y en sus labios vagaba de continuo una sonrisa desdeñosa. Lo mismo que su compañero, aparentaba una alta idea de su mérito personal, y todo su exterior denotaba una enfática dignidad, algún tanto cómica. En resumen, aquellos dos hombres tenían más trazas de rateros que de asesinos, y probablemente les habían dejado atrás por considerarlos indignos de figurar en el horrible drama que se representaba en aquel momento en el castillo del Breuil. Pero Daniel sólo pudo dedicar algunos segundos á sus observaciones, porque aquellos hombres, reparando que no tenían vendados los ojos, se apresuraron á apagar la única luz que había, de modo que la sala quedó únicamente alumbrada por un débil rayo de luna. ¡Paz, hijos míos! j Paz! -decía el más viejo en tono meloso y dirigiéndose á los dos adversarios. ¡Daos á razón, ciudadanos! -decía el otro con gravedad. -Un simple puñetazo puede ocasionar lesiones graves contra las cuales la ciencia es muchas veces impotente. La vida V