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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA -i Cállate! -replicó el Guapo Francisco como avergonzado. Lo confieso; al oir ia voz de ese infame viejo, he sentido por primera vez en mi interior una especie de apocamiento... Y esto no me ha sucedido nunca. ¡Bah! ¡Que cien mil diablos se lleven el alma del avaro! Los ladrones no emplearon menos de una hora en repartirse las riquezas de aquel gabinete secreto. Pero comprendiendo la dificultad de vender la vajilla de plata y la orfebrería de gran tamaño, se convino en que dichos objetos serían enviados á los francos ó encubridores de la cuadrilla, y su producto sería objeto más tarde de un nuevo reparto. En cuanto á la moneda de oro y plata, no habiendo tiempo para contarla la medían en un cubilete de metal que hacía parte del botín, y cada cual recibía por turno una medida llena. Esta distribución no dejaba de producir reyertas y amenazas, que eran al punto reprimidas por los jefes. La operación estaba a punto de terrriinarse, cuando uno de los bandidos colocados de centinela en la parte exterior entró- precipitadamente. -Meg- -dijo por lo bajo al Guapo Francisco, -ú franco de N... acaba de llegar en este momento y trae noticias. -Vamos á verle- -contestó el jefe haciendo seña al Rojo paraque le acompañase; Salieron al patio, dónde acababa de apearse un individuo que iparecía, -por la traza, un rico campesino. Después del cambio. del santt y seña, preguntó Francisco: ¿Qué es lo que te trae por aquí, ciudadano Leblanc? Aprecias demasiado tus comodidades para que te hayas tomado, sin motivo este trabajo... ¿Qué nos quieres? -Meg- -contestó. el franco, -el. iío o de Auneau me había encargado, al pasar por N... que vigilase todos los moviniientosde la brigada de gendarmes residente en nuestra población. No sé lo que ha pasado esta noche; pero es lo cierto que he visto á. los gendarmes, ctiyo cuartel está precisarnente enfrente de la posada de que so propietario, prepararse á ttiontar. i. caballo. Inmediatamente he ensillado el- mejor de mi cuadra y mé he preparado á Seguirles. Han tomado el camino viejo de Orkáns. Yo marchaba á doscientos ó, trescientos pasos tras ellos, y. os distinguía perfectamente á la, clari- dad de la luna. sin ser notado. Viendo que avanzaban por este lado, donde sabía que os hallabais vosotros, resolví no volverme á casa antes de conocer positivamente sus proyectos. A dos leguas de aquí encontraron á un campe- sino, con quien hablaron algunos- instantes, después de lo cual uno de ellos le hizo montarj á la grupa y todos partieron al galope. Eiiton- ees no dudé que el país estaba alarmado con; motivo de vuestra, presenciaj y seguro de ha- liaros en el Breuil, he lanzado mi excelente ca- bailo por medio de las tierras, conociendo come conozco este cantón, que he recorrido en todas direcciones para ejercer mi profesión de chalán, y me ha sido fácil llegar aquí. Creo que habré ganado una media hora ó tres cuartos de hora de delantera á los gendarmes. El Guapo Francisco se manifestó alarmado con estas noticias. -Gracias, Leblanc- -dijo al franco; -te has portado como buen camarada y tendrás tu recompensa. Apostaría- -añadió dirigiéndose á su teniente- -que los gendarmes han tropezado con el jardinero que por torpeza hemos dejado escapar. -Es posible- -replicó el Rojo con indiferencia. -Pero, ¿y de cuántos hombres se compone, esa brigada? -De siete, incluso el cabo- -contestó elfran- co; -y el cabo es un nene que ya, ya. -i Bah! Somos cuatro veces más que ellos, y si tenemos un encuentro... -Eso es lo que yo no quiero- -dijo resueltamente Francisco. -No vamos á ganar nada en sostener un combate con esos mocitos; nuestro golpe está dado, y ahora es preciso pensar en la retirada. Dicho esto entró en la sala donde se hallaban los ladrones. ¡Alerta, muchachos exclamó. -Los, sayones están muy cerca... Coja cada cuaL su parte de botín, cargar el resto en los caballos y llevarlo á casa de los francos de Chartres y de Orleáns. Nos dividimos en dos, secciones, y como los gendarmes vienen por el camino viejo, la una tomará el caihino nuevo y la- otra el atajo. ¡E a! No nos eternicemos aquí ¡Y cuidado! Porque ofrezco castigar con mi propia mano á los charlatanes y á los imprudentes, i Todo el mundo se apresuró á obedecer, ce. saron las reyertas y los- juramentos, y en ün abrir y cerrar de ojos quedaron hechos los paquetes y cargados los caballos. Disponíanse á pasar á la alquería para reco. ger los hombres que habían quedado allí, cuando el Rojo de acercándose á Francisco, que hablaba por lo bajo con el. Tuerto de Jouy, le preguntó- -Y bien, Meg, ¿qué pensáis hacer? ¿No venís con nosotros? -No; el Tuerto y yo no podemos abandonar el. país. Vosotros marchad; ya sabéis dónde debemos reunimos. ¡Buen viaje! ¡Cómo, Francisco! ¿Os atreveríais... Mira. d que es mucha osadía... -Ño me arredran los peligros; puedo estar tranquilo, porque- yo no tengo inquietud. Saldremos de ésta más blancos que la nieve... Si sólo estuviese yo cox- nprometido- -continuó, mirando 2 X Tuerto, de. sóslayo- -no me fiaría mucho del general Finfiñ; pero su vida corre tanto riesgo como la mía, y cuento Con su sagacidad- habitual. Además, que él sabe muy hién que al menor asomo de. traición le saltaré la tapa de los sesos. Conque así, marchemos j todo irá bien; Pocos minutos desbués la partida abando-