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áW FOLLETÍN DE BLANCO Y NcGRO M r- ¡Dejadme, dejadme- -balbució, -y sabréis la verdad! -Perfectamente- -dijo el KO; O. La dejó en el suelo y se inclinó hacia ella para escuchar sus revelaciones. Pero fuese debilidad, fuese irresolución, la sirviente no se dio prisa á hablar. Ladrange, que parecía completamente inanimado, entreabrió los ojos. ¡Valor, querida mía- -murmuro; -haz lo que yo, resiste... lo peor ha pasado ya... Te daré la granja, el castillo, las tierras, ¡todo, lYt callarás, viejo truhán? -dijo el Roio dándole con el pie. -Y tú, vieja de Satanás, si nos entretienes más tiempo... Hizo ademán de empujarla otra vez hacia el fuego que lanzaba siniestros reflejos sobre los numerosos circujistantes. Petronila no se resistió más. -Pues bien- -exclamó, -ya que es preciso. ¿Pero no nos haréis ya más daño ni á él ni á mí? -Sí, sí, se entiende. Allí, en el cuarto del amo- -continuo en medio de un profundo silencio, -hallaréis, detrás de un armario grande de encina, la puerta de un gabinete secreto... Esa puerta se abre con la llave de anilla de cobre que el amo lleva siempre consigo... y en aquel gabinete es donde están guardados todos los objetos de valor. Esta confesión llenó de júbilo á los bandidos, que inmediatamente se dirigieron á comprobar su exactitud, en tanto que Ladrange se revolcaba en el suelo murmurando: ¡Embustera! ¡Serpiente! ¡Maldita seas... maldita! ¡Maldita! T. Y quedó sin conocimiento al lado de Petronila, también exánime v sin poder hablar. Pocos momentos después, los gritos de triunfo de los ladrones anunciaron que éstos habían dado con el precioso es: ondite y que el contenido sobrepujaba con mucho á sus esperanzas. Con efecto, el. gabinete secreto indicado por Petronila estaba lleno de sacos de oro y plata, de vajilla lisa, de ornamentos de iglesia. El viejo Ladrange pertenecía á esa clase de atesoradores egoístas que, en épocas de revolución, acaparan el numerario y los metales preciosos para enterrarlos, á riesgo de aumentar la penuria general y exponer á la sociedad á nuevos peligros. Probablemente había en aquel solo cuarto más riquezas metálicas que en todo el distrito departamental. Así es que los bandidos, que jamás se habían visto en igual fiesta, demostraban su alegría de la manera inás estrepitosa. Los juramentos, los saltos, las risotadas, hacían estremecer toda la casa. En un principio, varios de entre ellos, arrastrados por su avaricia, parecían dispuestos á saquear el tesoro de Ladrange, adjudicándose la mejor parte, sin cuidarse de los demás; pero una voz severa dominó el tumulto, y la disciTilina recobró al mmto su imoerio. Todos los objetos de valor que contenía el gabinete fueron colocados sobre mesas, y dispuestos en lotes de igual valor, que debían ser luego repartidos á la suerte entre la gente de la cuadrilla. En medio de la general alegría, el Rojo de Auneau, sentado en un rincón, pensativo y taciturno, parecía prestar mayor atención á los débiles gemidos que sahan de la pieza inmediata, que al alegre clamoreo de sus compañeros. Francisco, que le observaba con disimulo, tomó de la mesa una cruz esmaltada, pendiente de una cinta de seda, qre se hallaba revuelta entre otras alhajas. -En verdad- -dijo, -debemos una recompensa al jefe que ha dirigido esta expedición con tanto valor y destreza. Toma, Rojo, te hago comendador de no sé qué orden; tú te informarás de eso cuando tengas tiempo. Y colgó la condecoración al cuello del bandido con ademanes de cómica solemnidad; todos aplaudieron estrepitosamente. El Rojo, cuya desmedida afición al lujo v á los adornos era bien conocida, echó una mirada á la cinta de brillantes colores que resaltaba sobre su uniforme azul. Desarrugóse su frente, enderezóse su cuerpo, y una expresión de orgullo se reflejó en sus repulsivas facciones. -Ahora- -le dijo por lo bajo Francisco, -falta algo que hacer. Exceptuando el dinero, los objetos que hemos encontrado aquí son fáciles de reconocer; el viejo avaro y su sirvienta se apresurarian mañana á dar parte á los dependientes de justicia, y más adelante podríamos vernos en grandes compromisos. Es absolutamente preciso... Y señaló al otro cuarto con un gesto significativo. El Rojo de Auneau quiso levantarse para obedecer; pero sus piernas se negaron á ello, y volvió á caer sobre su asiento, murmurando: ¡Todavía... ¡Estoy tan cansado! El jefe frunció las cejas. ¡Ah, Rojo, Rojo! -dijo. -Si yo no te conociese... Pero en fin, sea; yo terminaré la obra. Y entró en la habitación donde se hallaban Ladrange y Petronila. ¡Nos habéis prometido no hacernos daño! exclamó una voz quejumbrosa. ¿No os basta haberme quitado todo el dinero? -decía otra. -Dejadnos, al menos, la vida... Oyéronse dos pistoletazos. El Rojo de Auneau se puso en pie por un movimiento automático, mientras que el Tuerto de Jouy soltaba una carcajada. Los demás bandidos completamente ocupados en su reparto, apenas advirtieron aquella doble explosión. Al cabo de algunos segundos volvió á presentarse Francisco. ¡Ah! Lo que es ahora no me lo negaréis- -dijo el Rojo con alegría febril mirando á su jefe. ¡Estáis pálido! Estáis descolorido como vuestra camisa