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FOLLETÍN D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA. HOGUERA N O V E L A POR E L I A S BERTHET 15 CONTINUACIÓN Ar uel grito tenía un p. cento tan doloroso, que todos los bandidos, exceptuando acaso el Tuerto de Jouy y é. Guapo Francisco, -st estremecieron y hasta el mismo Rojo de Auneau experimentó una especie de temblor nervioso y suspendió el suplicio. -Ea- -preguntó, ¿tienes bastante? ¿Hablarás ahora? Ladrange vacilaba. Sus facciones estaban crispadas por el sufrimiento; sus ojos, inyectados de sangre. Pero la calma relativa que experimentaba le infundió valor. ¡Jamás, jamás! -balbució; -soy pobre, no tengo dinero; raatadme cuanto antes. Esta nueva negativa llevó á su colmo la exasperación del Rojo de Auneau. Reavivóse la llama que se elevó silbando hasta el techo, y entonces fué cuando Ladrange profirió aquellos terribles gritos que se oyeron en la alquería del Breuil. Sin embargo, no hacía revelación alguna. En aquel cuerpo débil y gastado la avaricia luchaba con inaudito vigor contra los tormentos: Por librarse de ellos habría tal vez consentido el viejo en el exterminio completo del género humano, pero no podía consentir en entregar su oro. El Rojo de Auneau, con la boca espumante, sofocado, bañada la frente de sudor, se ensañaba con su víctima. Acaso la naturaleza nerviosa del asesino sufría una parte de las torturas que hacía experimentar al anciano; pero la misma resistencia de su miserable organización parecía aumentar su ferocidad. Sus dedos crispados se hundían en las carnes del paciente; imposibilitado de hablar, lanzaba sordos gruñidos, como la fiera enjaulada que devora una presa palpitante, y se esforzaba en idear nuevos tormentos (i) Los bandidos que no estaban ocupados en saquear la casa, apartaban los ojos de aquel espectáculo con ademán de disgusto. Sólo el Guapo- Francisco, envuelto en su capa, parecía enteramente tranqijilo, mientras el Tuerto de Jouy murniuraba frotándose las manos y con su sonrisa habitual: ¡Ah, qué caliente está ti Rojo! ¡Da gusto verle! Comoya hemos dicho, el Rojo de Auneau era el tigre, pero el Tuerto de Jouy era el chacal. Por último, el calentador, agotadas sus fuerzas, sin aliento, exaltado hasta el delirio ante aquella invencible obstinácipn, alzó su puñal sobre el viejo Ladrange para rematarle. (í) Volvemos á. insistir en que no inventamos estos horribles detalles. En la ooleeoióh de piezas oficiales relativas al proceso de Los bandidos de Orgeres se hallan veinte pasajes más atroces aún que los que narramos aquí, y hemos atenuado más bien que exagerado sus repugnantes pormenores. (N, del A. -Todavía no- -dijo Frantisco. El Rojo se dejó caer quebrantado, casi moribundo, sobre una silla, i Por el estado del verdugo puede juzgarse del de la víctima! El Guapo Francisco se acercó á su teniente y le dijo en voz baja, casi sonriendo: -Ya te había advertido que la faena sería penosa... No hay nada tan duro como un avaro. Pero si no logras sacar partido de él, acaso tengas mejor suerte con la vieja. Apostaría á que ella sabe dónde está oculto el dinero. -Tenéis razón- -dijo el Rojo levantándose como si hubiese recuperado todo su vigor, y, dirigiéndose hacia Petronila: ¡Ahora tú! -exclamó con voz ronca. -nace treinta años que vives en esta casa y eres la confidente de tu amo. Si no me dices dónde están los escudos, voy á calentarte también. El ama de llaves se estremeció; pero, sin embargo, tuvo bastante sangre fría para responder en el tono áspero y brutal de costumbre -Yo no sé nada; si lo supiese, ¿por qué no os lo había de decir? Yo nada tengo que ver con el dinero del amo. Me había asegurado que testaría en mi favor, y me ha engañado. Que su gato, si es que ío tiene, caiga en vuestras manos ó vaya á poder de sus herederos, para mí es lo mismo. ¿Creéis que un hombre como él tenga confidentes? ¿Acaso se fía de nadie en el mundo? Ladrange, que yacía por tierra, aniquilado por el sufrimiento, dio muestras, sin embargo, de haber comprendido estas palabras, y volvió su cara lívida hacia Petronila. ¡Qué mal me juzgas, hija mía! -exclamó con esfuerzo; -yo siempre te he dispensado confianza y afecto; jamás he olvidado tus dilatados servicios... Yo te prometo, yo te juro que si quedo con vida, haré testamento en tu favor; te legaré la mitad, las tres cuartas partes de mis bienes... todos, si quieres, ¡sí, te los daré todos! -Ahora andáis con zalamerías; pero si os dejasen... Además, demasiado sabéis que nunca me habéis dicho palabra. ¡Excelente mujer! ¡Excelente mujer! -exclamó Ladrange abatido. El Rojo de Auneau vacilaba; pero Francisco le dijo encogiéndose de hombros: ¡Imbécil! el viejo tiene miedo... La sirviente conoce el modo de pajear... Se están burlando de ti. Por toda respuesta el Rojo se apoderó de Petronila, y cogiéndola en sus bAzos, la llevó hacia el fuego. El ama de llaves dio un alarido de dolor. Su débil cuerpo sufría contracciones espasmódicas. Tuvo fuerza para resistir durante algunos segundos á tan atroz sufrimiento, pero la naturaleza acabó por triunfar de la voluntad.