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-c de nada indigno; dejemos (Aparte á Filomena. esa cuestión. FILOMENA. Como quieras. ROSARIO. Tienes que enseñarme a uellos dibujos para el encaje de Bruselas. FILOMENA. Ven, los tengo en mi cuarto de costura. ROSARIO. Hasta después. JAVIER. Hasta luego. ESCENA n i JAVIER y RICARDO, y, al final, el SR. JOAQUÍN. RICARDO. Agora que estamos solos, ap por el cercano monte del Carnero se pasee el cazador rojo... -i Valiente capricho! Irá á caza de rayos. o os burléis, porque la cosa es seria... Y con su gangosa voz le contó lo siguiente: -lirase hace ya muchos años un señor feudal muy aficionado á la caza; tan aficionado, que vendió su alma á Satanás con tal de cazar cuanto quisiera mientras alentara. Consiguió sus deseos; pero una noche de tempestad, regresando con sus servidores de una orgiástica jira, al llegar á ese monte, cuando ya los relámpagos eran como un incendio y los truenos música de los infiernos, púsose repentinamente rojo, cubrióse de una ramosa florescencia que ardía y, aullando, se perdió entre los troncos de un encinar... Desde aquella nefasta noche han sido muchos los que le han visto cuando hay sombras, y rugir de vientos, y JAVIER. RICARDO. JAVIER. Ric. Rno IAVIER. RICARDO. JAVIER. RICARDO. JAVIER. RICARDO JAVIER. RICARDO. JAVIER. será bueno demandaros qué hay de eso de la rapiña de que ha poco os acusaron. Pues lo tomáis por lo heroico, acudiré á vuestro campo, y por mi poca costumbre perdonadme si desbarro. Non es de sesudos homes, como diio el otro. Paso; Cid Rodrigo de Vivar fué qui; n lo dijo. Eso rasgo de erudición me confunde. Podéis continuar hablando. Pues bien, ouc no es de sesudos homes, ni de ciudadanos, vamos al decir, dar crédito y hasta si se quiere pábulo, á malas inteligencias de entendimientos escasos. En Dios y en mi ánima os juro que lleváis razón. ¡Pues claro, hombre, ni que decir tiene! Iba yo á ser ya tan bajo que me metiese á ratero? Por nuestro patrón Santiago, que á no verlo con mis ojos jamás pasaré á pensarlo. Yo no be i ensado en el hurlo. i Que me place I Yo he pensado en la conquista, ¡Qué escucho! ¿En qué conquista? Explicaos. V ive cabe este castillo un caballero hortelano cuyos árboles frutales, cual ese que estáis mirando, con sus ramas fronterizas han invadido mi campo. Continuara. 4 J -í f i AVENTURAS EL I CAZADOR ROJO a posadera, que tenía mucho de bruja en su arrugado rostro, charlaba con el único viajero que había llegado, bajo la esmeraldina parra, mientras el sol avanzaba lentamente hacia el ocaso, ya asomándose, ya escondiéndose entre las nubes plomizas que invadían el cielo. -Noto en el aire olor á tormenta- -decía. -Si Dios no obra un milagro, esta noche habrá truenos y acaso gemir de frondas, y tabletear de truenos, y zigzaguear de relámpagos... El viajero cenó de prisa y corriendo y al ver que, conforme á los vaticinios de la vieja, llegaba la tormenta, se fué al monte con gran pasmo de cuantos le vieron partir, muchos de los cuales murmuraron para sus capotes si estaría t a m b i é n endemoniado. Le acompañaba un perdido del pueblo para enseñarle el sitio de las apariciones y, cuando llegaron á él, se guarecieron en una gruta que formaban dos gigantescas peñas unidas por sus cúspides. Aulló el huracán, cayó el agua sobre las frondas y arbustos con sordo rumor, los relámpagos trazaron en el cielo siniestras rúbricas y los truenos retumbaron como nunca, ¡El rojo cazador no se presentó... Deshiciéronse las nubes, mostróse entre ellas la luna plácida y serena y los dos burlados hombres regresaron al pueblo... ¿Qué, no se ha presentado? -gruñó la vieja posadera. -Algo faltó entonces. Acaso el viento fué mansurrón... -No, buena mujer; lo que faltó fué un rayo que incendiara una encina y... ¡hete ahí al famoso cazador... JOSÉ A. LUENGO.