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LA COMPASIÓN CONCLUSIÓN ¿Le habéis dado dinero, verdad? -Sí, hija mía. ¿Y qué hará con él? -Irá al pueblo y comprará pan y comerá... -Pero antes de que llegue al pueblo será de noi; he... i Está tan lejos... El preceptor sigue leyendo. Pepito salta y brinca por el campo... Luisita continúa triste... A intervalos vuelve la cabeza hacia el sitio donde quedó la mujer... Su paso, cada vez más lento, la va alejando del preceptor y de su hermano. De pronto, y como obedeciendo á una resolución repentina, echó á correr hacia el lugar que con tanta fuerza atraía su pensamiento. Notada la falta por el preceptor, éste y Pepito comenzaron á buscarla, llamándola repetidas veces sin resultado. Ya temía seriamente el preceptor algún contratiempo, cuando la vieron venir desde lo alto de una ¿Cómo es eso? ¿Tú, tan glotoncilla otras veces... -No tengo hoy ganas, padre... -Ven, hija mía, ven- -díjole el preceptor atrayéndola contra su pecho. Luisita rompió á llorar al encontrarse en brazos de su preceptor. -Pero ¿qué es eso, lloras? ¿Qué te ocurre? Di... dímelo... ¡Vamos, tontina! ¿Por qué ese llanto. J. Pepito había cogido la cesta de su hermana, y al verla vacía le dijo, mostrándola al preceptor: -Está vacía, padre. Mire usted. Se lo ha dado á la pobre de la acequia. ¡Habrá tonta! -i No, hijo mío; tonta no! ¡Bien haya si así lo hizo, Pepito... Es mujer... ¡y esto basta para que sea más sensible á las desgracias ajenas! Mi querida niña... Te dio mucha pena ver á aquella pobre mujer desamparada, ¿verdad? -dijole besándola en la frente. -Sí, padre- -contestó Luisita sollozando. ¡Pero me dio más lástima del niño... ANTONIO S A E N Z Y SAENZ. LOS A L B A R I C O Q U E S CONTINUACIÓN loma, jadeante y sudorosa, pero lleno de satisfacción todo su semblante. El preceptor la reprendió duramente; pero ella escuchó resignada y humilde la reprimenda y las palabras de su hermano. Por fin llegaron al cortijo de las palomas, y después de descansar un rato, dióles el preceptor permiso para merendar. Pepito cogió su canasto, que, como su hermana, llevaba colgado, y comenzó á sacar las golosinas y fiambres que su madre le colocara, comiendo con gran apetito. El preceptor, sentado bajo la copa de un castaño, leía sus oraciones. El sol trasponía por los montes. Luisita, recostada sobre una empalizada, tenía la mirada fija en el espacio. ¿No meriendas, niña? -díjole su hermano. -No tengo ganas- -contestó á rnedia voz. ¡Padre, padre! Luisita no quiere merendar, y luego. se pone mala- -díjole Pepito al preceptor, que fijó en él la mirada. I Déjale en paz á Ricardo y no le metas en esos planes... que no califico. i Pero á ver qué va á ser esto JAVIER. ¿No va á poder uno nunca ni celebrar lo que es bueno? FILOMENA. Demasiado me comprendes. Pero, sepamos, ¿qué es ello? ROSARIO. Si, ¡vive Dios! hablad claro. i Pardiez! señor caballero. RICARDO. Pues nada. Que Filo... es tonta de la cabeza. JAVIER. ¿Estás viendo FILOMENA. qué galante es mi hermanito? ROSARIO. i Haya paz! Que yo contemplo JAVIER. todos esos hermosísimos albaricoques y siento pero que la mar de ganas de probarlos. ROSARIO. ¿No es más que eso; Nada más. ¡Ya ves qué jsa JAVIER. tan grave! FILOMENA. No eres sincero; yo no critico las ganas, yo he censurado el proyecto de coger lo que no es tuyo. ROSARIO. Eso es muy distinto. RICARDO. ¡Cielos! ¿Es cierto lo que escuché, buen hidalgo? Decid presto. Esta chica no distingue, JAVIER. tiene un pequeño barreno. (Señalándose á la cabeza. Yo te explicaré. ROSARIO. Sin duda comprendiste mal. No creo T sen capaz mi primo FILOMENA