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del vapor, y no fuera voltejeando y dando bandazos cual tablón sin gobierno. Como era lógico, el carabinero, bien á su pesar, ofreció á Salvadorillo para tal servicio, y horas más tarde empuñaba nuestro héroe la caña del timón, más contento y más alegre que todas las Pascuas de un siglo. -Ya te daremos alguna propina, muchacho. -No s a menesté, mi capitán- -repuso el chicuelo haciendo un delicioso guiño; -por dineros no peleo yo; con una convida de durses jasta jincharme, tengo yo que me sobra. -Pues vaya por los dulces; como tú qtiieras. Salió el vaporcillo echando humo, y Salvadori lio, con los ojos clavados en el brumoso horizonte, se relamía de gusto pensando en la próxima realización de sus vehementes deseos. -Ya estamos cerca, Salvadorillo; mira cuantos barcos; eso de ahí es el muelle de Ríotinto. ¿Te parece grande? -Si, señó; sí, señó; muy grande; pero, oiga usté, mi capitán, ¿tos los días jasen durses? -Sí, hombre; todos los días. ¿Ves aquellos montes, Salvadorillo? Pues son los Cabezos. ¿No has oído hablar de los Cabezos? S í señó, lo3 he oído mentó; pero, oiga usté, ¿se ven los durses desde la calle? -Sí, hombre, sí. Y no le hicieron pregunta que él no contestara relacionándola, viniese ó no á pelo, con lo que constituía su único pensar. Cuando, por fin, atracó el vaporcillo al mv elle de Huelva, los inquietos ojos del corre- playas brillaban como dos ascuas, y cuando, más tarde, le hicieron entrar en la limpia y bien oliente pastelerí, temblaban de emoción sus labios y su boca se licuaba toda. ¡Josú! -exclamó contemplando 1 a s repletas bandejas. -i ¡Virgen der Carmen! -y miraba boquiabierto aquella profusión de golosinas apetitosas, saltando su mirada de los encaramelados á los merengues, y de éstos á las distintas clases de pasteles que llenaban el mostrador. ¡Josú! -y con el cuerpo arqueado y las manos hacia atrás permanecía quieto, extático, un minuto, otro... -Vamos, hombre, empieza- -le dijeron. -Sí, señó; sí, señó- -respondió él nerviosamente. -Coge el que más te guste. ¡Este! -dijo, pretendiendo arrancar de una b a n d e j a de latón un pastel de crema de chocolate. Pero aquellos pasteles, recién hechos, como lo denotaba la brillante capa de caramelo que los envolvía, estaban fuertemente adheridos á la bandeja. ¡Ay, mi mare, si no pueo arrancarlo! -añadió azorado. -Pues tira, hombre, tira, que... No pudo el capitán acabar la frase; Salvadorillo, más que tirar, apretó con fuerza, rompió y estrujó la coraza de caramelo, y del ventrudo pastel brotó un churretón de crema negruzca, achocolatada, feísima... ¡Ah! -gritó Salvadorillo horrorizado y mirando al deshecho pastel con infinito asco. ¿Qué te pasa, hombre? ¿No lo ve usté, señó? ¡Mardita sea... ¡Si tendré yo mala pata! ¡Er primero... podrió... PEDRO MUÑOZ SECA. Dibujos de Medina Vera