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primera fechoría se casó con la inocentona de Ampariyo- -después la seña A m p a r u -sm duda sólo para darse el gusto de que la infeliz arrostrase de por vida el grillete moral de hembra del presidiario. De sus breves intervalos de libertad procedieron sus dos hijos, de quienes las gentes huían como de plantas venenosas crecidas en el atajo que va del crimen al patíbulo: Curro Malariniya, el mayor, parecía esputado por la abyecta maldad de su padre, el cual, como de su propia conciencia visible, huía del lobezno y le odiaba desde que nació. Aniquita, la hembra, menor diez años Cjue Curro, era réplica fiel de la persona agraciada y de la pasiva honradez materna, bondad negativa, tan distante del cielo como del infierno, pero penetrable al amor y á todo bien mediante el influjo divino de la maternidad, que aun á las más rudimentarias hembras dignifica y transfigura. Cuando nació Aniquita, Malaniia pareció detenerse en su profesional actividad de crimen á presidio, y hasta advirtió la seíiá Amparo que á la chiquiya no la jartaba é mardisiones y blasfemias de las que indirisan cr vello, como ar crío; pero allí pararon las blanduras paternales del Malarnia, el cual, antes que Aniquita echara el paso, ya se había ganado otros veinte años de grillete, cosiendo á navajazos á un pobre carretero inofensivo, por copa de más ó denuesto de menos, en la taberna del Gigante. De esta vez el Malarma no venía i n d u l t a d o sino cumplido y, á juzgar por lo ciborrascado de su ceño, con ganas ya de aprovechar su libertad en faena de lucimiento y resonancia. Porque á él ¿cpié se le había perdido en el pueblo? El trabajo- -la verdad- no le t i r a b a sus paisanos le tenían tirria, se la tuvieron siempre, porque... ¡con él no pudo naide! Y ahora, con el renquear del grillete y casi los setenta años encima... ¿adonde iba el Malarma que no le echaran como á perro sarnoso... ¿Casa? ¿La tuvo él alguna vez? Con sti gente no le unió en los últimos veinte años de trena más relación que las tres ó cuatro cartas plumeadas por el cura ó por el dómine, que fueron á llevarle á su cubil de presofiera alguna mala noticia- -Cjue, al cabo, se le daba lo mesmo- -entre cuatro garrapatos mal trázaos ciue, mascullando, le deletreaba un camarada de glorias y fatigas. ¡P u s pa eso... -reflexionaba el Malarma. -Si arguno quea pa. contalo, será pa darme carena con que si er presiyo, si la d e s h o n r a ó pa exigirme que trabaje ó sirva como un esclavo, ó pa avergonzarse de mi sangre... ¡Na, qv. e como me la jagan... -y ya la barrunto- -me enfango en sangre! ¡Ansina cuando me trinquen otra vez, que sea por argo! Revolviendo bajo el peludo ceño tan piadosas intenciones, traspuso el Malarma los pintorescos aledaños de su pueblo al amanecer de un claro día de Noviembre en que las gavias c, e ios vallados llenos de negro alpechín y los verdiblancos olivares poblados de juveniles pandillas atareadas y cantadoras, decían al presidiario que Dos Hermanas entregábase con febril actividad á la gran faena de aquellos campos andaluces: la cogida como llamamos allí á la recolección de la aceituna. Esc uivando por instinto y costumbre todo mal encuentro con civiles, carabineros -Icclnizos del Consumo, ó guardias rurales, colóse hlalarma en la taberna de la calle del Canónigo, á vaciar unas tintas y á preguntar si por casuaudá sabía el palurdo escaríciaúor de la jembra y los c h a v a b s conosíos por los Malarmas en todo el contorno. ¿Los Malarmas? S í queaban sólo las jemb r a s ellos... pus, el padre pudriéndose é por vía en el penal de Cartagena; y el hijo... ¡la del h u m o! Más é diez años jasía que ni rastro queó der mar bicho en Dos Hermanas. Tocante á la seña A m p a r o y Anic uita, que eran personas de bien, allá las tenía el compadre camino d Árcala en er Manchón de la Sigüeña. Y sin más dares ni tomares, cargó el recién llegado con el mísero hatillo y haciendo rabia para pagar el despego ó el asco con que previa que iban á recibirle sus hembras salió del pueblo, cruzó la vía por el paso á nivel, y por la vera de los vallados que orlan los olivares, llegó hasta el Manchón de la Cigüeña, jirón de tierra fecunda y bien aprovechada, por mitad olivar y por mitad huerto, con sus conatos y presunciones de jardinillo incipiente, donde algunos geráneos rojos y rosales lunarios enredaban sus matas floridas por entre los estirados pencos flecudos de los cardos ó los pomposos rizados gorgueros de coles y escarolas. Con la retorcida ramazón y el metáHco follaje verdiplata de los olivos áridos y polvorientos, contrastaba el manchón jugoso, gayo y lujuriante del huerto- jardín que enjuvenecía y refrescaba con soplo vegetal el breve predio. De entre la fronda lozana del huertecillo y al arrimo de un grupo de naranjos y granadas, erguía la peluda techumbre de paja ennegrecida una choza que encimeraba una cigüeña recortada en hojalata pintada de negro- -la cigüeña que daba nombre á la finca- -y en torno á la choza, recatada entre los árboles, volaba misteriosa un aura de nidal de amores. A la puerta de la choza asomó una vieja, seña Amparo, ¡ue al ver al Malarma pasar tronchando hortalizas por la vera del huerto quedóse petrificada, recatándose en lo obscuro de la vivienda como si de las entrañas de la tierra hubiese visto surgir la propia cabeza do Medusa. -i Hola, hola! -pensaba el Malarma camino de la choza, y aquí vivían con hipos de propietarios y pujos de señorío, jasta con su jardín y sus flores, mientras yo me reventaba las jiclcs en presiyo! De pronto, el sonido de una voz que salmodia! a palabras acariciadoras acentuadas por besos restallantes, llamó su atención, haciéndole cambiar de rumbo y dirigirse hacia donde la voz y los besos sonaban. E r a junto al vallado de la cerca; allí, sentada en la raigambre de un olivo de retorcido tronco giboso, una mujer joven, rojimorena, desnudo el pecho, c inclinada con delectación fruitiva la cabeza, lactaba á una nena rubia de sol, casi désnudita entre los burdos pañales y las amarillas bayetas. De las ramas del olivo colgaba rojo pañizuelo, de que el lujo del sol hacía regio palio que filtraba púrpura viva, incendiando como en llama de amor el tierno grupo. Malarma se restregó con los puños los ojos, como si creyera soñar: tenía delante á la propia Amparo amamantando á Aniquita. P e r o ¡t o m a! ¡R a y o! ¡Si será Aniquita la m a d r e! Y entonces la perra de la mamona era... U n salto del instinto completó el concepto, y el presidiario, impulsivamente, se acercó al grupo consagrado, que evoca siempre el eterno grupo de Nazaret. El alma de la madre pareció dividirse entre