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FOLLETÍN DE BLANCO Y NtGRO vieron en la primera pieza, escasamente alumbrada por el vago resplandor que llegaba de la habitación inmediata. Hicieron sentar á Ladrange, y los ladrones tomaron inmediatamente sus disposiciones. A excepción de Jerónimo, todos los habitantes del castillo se hallaban en su poder, pero la casa parecía muy grande, y era. preciso no perder el tiempo en registrarla. Mientras que deliberaban en voz baja y en su di alecto, Ladrange, engañado por los uniformes, se esforzaba en adivinar la causa probable de su arresto, cuando le asaltó una idea: -Ciudadanos gendarmes- -dijo, ya sé de qué se trata. Sin duda se me acusa de haber dado asilo á unas aristócratas, que suponen ser parrcntas mías, y á quienes no reconozco por tales. Pero os han engañado, porque cuando se han presentado en mi casa la, s he expulsado de ella, y habitan ahora en casa del granjero Bernard, que las ha recibido á pesar mío. Podéis descubrirlas fácilmente: una es vieía y otra joven, y ambas están disfrazadas de campesinas... ¡Basta! -le interrumpió bruscamente el Rojo de Auneau; -T ¿dónde están las llaves? ¡Las llaves -repitió Ladrange, que acababa de entrever la verdad. ¿Qué queréis hacer de ellas... ¿Sois por ventura ladrones? Tan necia pregunta fué contestada con una salva de ruidosas carcajadas; y para acabar de disipar las dudas que aún pudiera abrigar el viejo avaro, sintió que penetraban en sus bolsillos manos poco delicadas, arrebatándole un manojo de llaves que sonaron con un timbre siniestro á sus oídos. Entonces se puso frenético, exhaló rabiosos gritos y se agitó con tanta furia, que rodó al suelo, de donde no pudo levantarse. -Veamos- -le dijo el Rojo con voz imperiosa; -te conocemos bien, ciudadano Ladrange, y es inútil que trates de engañarnos. Eres inmensamente rico; esta casa está llena de oro y plata. Has ganado cuantiosas sumas con préstamos usurarios y comprando la plata de los frailes y de los nobles emigrados. Es positivo, no trates de negarlo. Vas, pues, á aflojarnos al momento cuarenta... cincuenta... sesenta mil francos en dinero, ó oasarás un mal rato, te lo prevengo... Despacha, porque tenemos poca paciencia... ¡Sesenta mil francos ó la vida! El viejo avaro dijo con sumo trabajo y con voz ahogada: ¡Sesenta mil francos! Si no los tengo... Soy pobre... os han informado mal. No encontraréis en casa más que algunos asignados. -Eso ya lo veremos- -dijo el Rojo. Los bandidos todos habían dado ya principio á su faena en las dos habitaciones, bajo la vigilancia del mismo Francisco. Los muebles cuya? llaves no se liabían podido encontrar, habían sido descerrajados, y su contenido yacía j o r el suelo. Habíanse vaciado Jos cajones y gavetas, los colchones y jergones, y sondeado las paredes; pero aparte de algunos efectos viejos y papeles de familia, no se había descubierto más que una cartera grasicnta que contenía 700 ú 800 francos en asignados, cuyo valor positivo era muy inferior al nominal. Al oir proclamar este resultado exclamó Ladrange con aire satisfecho. -Bien os decía yo que soy pobre; si me quitáis esos asignados, me veré reducido á morir de hambre. -No sucederá eso, pobrecillo- -replicó el Rojo con risa siniestra. -Yo sé lo que me digo: hay un rincón secreto donde ocultas tu oro y tus alhajas. No sería imposible dar con ese escondite, pero la casa es grande y el tiempo corto... Por última vez, ¿quieres ó no entregarnos sobre la marcha los sesenta mil francos que te hemos pedido? ¿Y de dónde he de sacarlos, santo Dios? ¡Ah! ¡ah! ¿te obstinas? ¿quieres resistirme, Ahora me conocerás... Eh, vosotros, traedme la paja. En tanto que dos de los bandidos salían para obedecer esta orden, el Tuerto de Jouy decía á un lado: -i Magnífico! Ya tenemos al Rojo completamente en calor... ¡Cómo vamos á reír! Los dos hombres no tardaron en volver trayendo varios haces de paja. El Rojo de Auneau, con una viveza calenturienta, se quitó el sombrero, la capa y hasta el uniforme galoneado de plata, de modo que la parte superior de su cuerpo sólo quedó cubierta por la camisa de batista con chorrera y puños de encaje, sobre la cual caía su larga coleta de cabellos rojos. La cicatriz que surcaba su mejilla tomó un color cárdeno; la palidez de su rostro enjuto resaltaba bajo sus grandes manchas rubicundas, y sus ojos, comúnmente llorosos, estaban secos, brillantes y despedían siniestras llamaradas. Uno de sus compañeros le dijo al oído: -Ten cuidado, Rojo; te pones muy al descubierto, y acaso un día podrían reconocerte. -Ya lo arreglaremos todo- -contestó el bandido con acento salvaje. El viejo Ladrange miraba aquellos preparativos con una admiración mezclada de terror. -i Pero, en nombre del cielo! ¿Qué queréis hacer de mí? -preguntó estremeciéndose. -Pronto lo sabrás- -respondió el Rojo. ¿Dónde escondes el dinero? -Yo no tengo dinero escondido. Una interjección semejante al rugido de un tigre acogió esta nueva negativa. En el mismo instante brilló una llama en medio de la habitación: era que acababa de ser encendido uno de los haces de paja. El Rojo se abalanzó á Ladrange y le arrancó los zapatos. -Vosotros agarradle por el cuerpo- -dijo á sus compañeros. Y asió los pies del infeliz anciano. Sabido es que los malvados de la banda del Guapo Francisco y del Rojo de Auneau eran calentadores. Ladrange dio un grito espantoso y se retorció en medio de horribles convulsiones; pero estaba sóhdamente atado y sujeto por manos vigorosas. Continuará.