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Y el Rojo tiró de nuevo con fuerza de la uerda. Por fin, se oyó la voz agria de Petronila, secundada por otra voz más tímida, que reñía al perro. Este bajó un poco de tono, y entonces se pudieron percibir algunas frases de un diáligo animado que tenía lugar del otro lado de la puerta. Estoy seguro, señora Petronila, de que no pueden ser sino brujas ó almas en pena las que andan tan tarde por el campo- -decía Jerónimo el jardinero en pauta percherón. -Todo cris- tiano está acostado á esta hora: si entran nos retorcerán el pescuezo. ¿No te da vergüenza creer, á tu edad, en semejantes cosas? -respondió Petronila. ¡No querer levantarse y obligarme á acompañarle... Serán haraganes que vienen á pedir asilo; estas gentes nos tienen molidos y voy á darles un tapaboca. Fuertes culatazos descargados contra la puerta vinieron á interrumpir este diálogo y oyóse gritar al exterior: ¡Abrid en nombre de la ley! ¡Abrid á la gendarmería nacional, que viene á hacer pesquisas en esta casa; abrid, ó echamos abajo la puerta! Jerónimo y Petronila se quedaron estupefactos. La desconfiada ama de. llaves dirigió hacia los desconocidos, á través del ventanillo de la puerta, la luz de una linterna que traía en la mano. -En efecto, tienen uniforme de gendarmes- -dijo á su compañero con tono irresoluto -pero no me fío mucho... -No, no abráisj señora- Petronila, y vamonos á acostar. El ventanillo volvió á cerrarse. Si estas gentes se hacen de pencas- -dijo el Guapo Francisco con despecho, -todo se ha perdido. Habíales, Rojo, antes de que se alejen. -Abrid! -dijo el Rojo de Auneau. -i Abrid ú os mataremos! Pero esta amenaza, lejos de decidir á Jerónimo y Petronila á obedecer, no hizo sino aumentar su desconfianza y ya tomaban el camino de su cuarto, cuando sé hizo oir una nueva voz jadeante, corno si el que hablaba corriese precipitadamente: -iGanso! ¡Y tú, mala pieza! ¿En qué diablos estáis pensando? ¡Dejar así á los gendarmes nacionales, á los defensores de la ley y de la patria, á la puerta de un ciudadano! Yo nada tengo que ocultar á los agentes de la fuerza púfclica; aquí no hay nada sospechoso, y mi casa puede ser visitada á cualquier hora. El jardinero y el ama de llaves quisieron hacer algunas observaciones, pero Ladrange les impuso silencio. ¡Qué imbécil! murmuró el Rojo. -Cobarde más bien- -replicó el Tuerto de Jouy; -el viejo es un gran socarrón, pero el miedo le ha trastornado la cabeza. Siá embargo, por un resto de pi- udencia, Ladrange se asomó al ventanillo para examinar a Ú vez á los visitantes. El Rojo de Auneau vio sus ojillos grises á través de los hierros, y dijo con su tono más melifluo: -Se os tiene por un buen patriota, ciudadano, y me sorprende que resistáis á la ley. Yo no me resisto, amigos míos; no me resisto, os lo aseguro- -contestó Ladrange haciendo girar con mano trémula todo un complicado sistema de barras y cerrojos. -Os han informado bien; soy un buen ciudadano, respeto á la autoridad, detesto- á los aristócratas... Entrad y sed bien venidos. Quiero mucho á los gendarmes, esos valientes servidores de la nación, y deseo... -No pudo concluir la frase. Apenas descorrido el último cerrojo, la puerta se abrió impetuosamente, arrojando á diez pasos de distancia al dueño de la casa. Al mismo tiempo una oleada de hombres armados invadió el patio; parte de ellos se arrojaron sobre Ladrange, mientras otros se apoderaban de Petronila, cuya luz se apagó. Pero en medio del desorden, el Rojo había notado la súbita desaparición de Jerónimo el jardinero, á quien alcanzó á ver subido sebré unos escombros, y esforzándose por ganar el tejado de la cerca. ¡Detenedle! gritó el bandido. -Se va á escapar. Y disparó un pistoletazo. Pero ya Jerónimo, aguijoneado por el terror, se había arrojado desde lo alto de la pared al campo, con riesgo de romperse la cabeza y escapaba á todo correr. ¡Perseguidle! gritó el Rojo de Auneau. Dos jinetes se disponían á dar caza al fugitivo, pero Francisco dijo tranquilamente: ¡Bah! ¿Qué diablos puede hacer? Somos muchos, y el destacamento más próximo se halla á tres leguas de aquí. Por mal que vayan las cosas, tendremos tiempo de sobra para terminar nuestros asuntos. Entretanto, los bandidos que se habían apoderado de Ladrange y de Petronila, le ataban las manos á la espalda. -Ciudadanos- -decía el viejo resistiéndose débilmente; -os aseguro que os equivocáis. i Prenderme! j A mí, que tengo un certificado de civismo! Mi sobrino es el jefe de los patriotas de este país... Os juro que... ¡Ea, andando! interrumpió el Rojo de Auneau, -toda tu charla es inútil. Y le arrastraron hacia la casa, lo mismo que á Petronila, que le decía colérica: ¡Bien hecho! por haberos empeñad en obrar á vuestro capricho... Además, Dios ós castiga por haber querido engañar á ima pobre mujer que tanto dinero os ha economizado. Es de creer que cuando los bandidos llegaron á asaltar el castillo, Ladrange no estaba todavía acostado, porque había luz en su habitación, y él estaba completamente vestido. En cambio, el atavío poco decente de la ama de llaves, vestida tan sólo con un mal zagalejo de lana y un pañuelo, denotaba qué había sido sorprendida en medio de su sueño. Entrados en la casa, los bandidos se detu-