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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO á chocar conmigo, porque tengo malas pulgas, reniegas del oficio. ¿No es esto? El Rojo de Auneau parecía cortado. -Meg- balbució, -os equivocáis, os aseguro que. -No mientíts, lo he adivinado. ero escucha: no puedo ni quiero quitarte la dirección de este negocio. Acabo de hacer un viaje á grandes jornadas con mi cajón á cuestas, y al llegar á este país he cometido la torpeza de caerme desde lo alto de un seto, abriéndome la cabeza. A causa de esto, no me siento muy fuerte, y, á decir verdad, me cuesta un trabajo inmenso el sostenerme sobre este maldito caballo... Tranquilízate, pues; tú has conducido la barca hasta aquí; seguirás conduciéndola y la harás llegar felizmente al puerto. Por lo que á mí hace, me contentaré esta vez con vigilar á nuestra gente y asegurarme de que cada cual cumple con su obligación; pero solo tú dat órdenes, y terminada la expedición, tuya exclusivamente será la gloria de ella. El Rojo de Auneau callaba. Conociendo por experiencia el profundo disimulo de su jefe, procuraba averiguar la causa de aquella condescendencia, que rayaba en magnanimidad. -i Francisco! -exclamó al fin con voz trémula de alegría, ¿de veras renuncias por es ta noche... -Sí, hombre, sí, renuncio. ¡Cuidado si eres desconfiado! Veremos cómo sales con tu empeño. Dicen que el viejo Ladrange es un roñoso de tono y lomo; tendrá su dinero escondido, y te será preciso desatar la lengua al avaro. Buena ocasión se te presenta para renegar del oficio y hacer discursos sentimentales. -No me recordéis eso, Meg- -i: ontestó el Rojo bastante confuso. -Hay momentos en que me siento borracho sin haber bebido... Quedaréis contento de mí, ya lo veréis- -prosiguió animándose por grados. ¡Ah, el viejo es un avaro! Es la peor casta de gente con quien tenemos que habérnoslas; pero yo le haré entrar en razón... ¡Sí, voto al diablo! le haré entrar en razón, yo os lo fío. -i Vaya, vaya! El Rojo empieza á subirse- -dijo Francisco á media voz con una sonrisa de triunfo. -Entonces sospecho que va á hacer calor para el viejo- -añadió el Tuerto de Jouy, riéndose él mismo del sentido que daba á aquel horrible juego de palabras. En aquel momento llegaron al extremo de la cakada, donde echaron pie á tierra los jinetes y ataron los caballos á los árboles. Los bandidos miraban consternados la sólida reja y las altas paredes que defendían la entrada del castillo; pero el Tuerto de Jouy les indicó el sendero que rodeaba la casa, y que se distinguía como una línea blanca en medio de las tinieblas. Poco tardaron en llegar á la puertecilla, entrada ordinaria de los habitantes del Breuil; pero no habían ganado con esto mucho terreno, porque aquella puerta tenía la solidez de una puerta de prisión. El Rojo de Auneau se acercó al granjero Bernard, á quien sus guardianes habían obligado á hacer alto, y le quitó la venda. -Escucha, amigo- -le dijo; habríamos podido matarte y te hemos perdonado; luego no somos tan malos como parecemos. Sin embargo, no doy dos ochavos por tu pellejo si no obedeces puntualmente lo que te voy á ordenar. El pobre Bernard, medio asfixiado, miraba á su alrededor, aspirando con fuerza el aire fresco y vivificador de la noche. -I Qué queréis de mí? -preguntó. Una cosa muy sencilla- -contestó el Rojo. Nos hallamos delante del castillo del Bretrí y vamos á llamar á la puerta; pero como no abrirán sin saber quién se presenta á semejante hora, tú contestar? -por nosotros; tu voz es conocida y no desconfiarán de ti. Dirás que tienes cosas importantes que comunicar inmediatamente á tu amo; insistirás en entrar y no podrán negarse á admitirte en la casa... Si lo consigues se te volverá á tu casa; pero de lo contrario, morirás sin remedio. Y Bernard sintió en su pecho la punta de un agudo puñal; pero aquel hombre valiente no se estremeció. -Ya, ya- -dijo fríamente; ¿es para esto para lo que me habéis traído aquí? No merecía la pena, á decir erdad... No tengo mucho que agradecer á mi amo; pero no consentiré en venderle aunque me hicieseis pedazos. El bandido exhaló un rugido de cólera. ¿Quieres habértelas conmigo? -exclamó profiriendo un juramento. ¡Qué poco me conoces! ¿No te ocurre la idea de que podemos degollar á todos los que tenemos encerrados en tu granja y poner fuego en seguida al edificio? Esta amenaza pareció conmover á Bernard mucho más que la primera; así es que su acento era menos firme cuándo respondió: -Sería un crimen inútil. ¿Por qué ca- stigar á tantos inocentes por una falta exclusivamente mía? Me hallo en vuestro poder, y lo arrostraré todo antes que hacer lo que me pedís. ¿Esa es tu contestación? -preguntó el Rojo alzando su puñal. ¡Basta... Déjale- -dijo una voz á su espalda. -Puesto que es tan testarudo, ensayemos el otro medió... Sospecho que nos ha de salir mejor. El Rojo de Auneau obedeció con mucha repugnancia volvió á poner por sí mismo la venda al granjero, apretándosela brutalmente, y fué á tirar del cordón de la campanilla. Nadie respondió; tan sólo se oyeron los gruñidos del perro que vagaba por el patio, gruñidos que fueron convirtiéndose en aullidos precipitados y luego en furiosos ladridos. ¡Animalito! -murmuró el Rojo de Auneau. -Cnidad de aplastarle de un garrotazo cuando entremos... ¿Estás seguro. Tuerto, de que no hay otra entrada más que ésta? -Repito que he dado tres veces la vuelta á la casa y al jardín. -Pues despertémosle, si es posible.