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F O L L E T Í N D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET U. CONTINUACIÓN bellos de este color, que llevaba trenzados en coleta, bien á las pecas encarnadas de. su cara, que era larga, seca, con las mejillas hundidas y atravesada por una cicatriz, producida, al parecer, por un sablazo, que le cogía desde el ojo derecho, de continuo inflamado y lloroso, hasta la comisura de los labios. A pesar de tan repulsivo aspecto, el Rojo de Auneau manifestaba una afición extraordinaria á los trajes ostentosos: le gustaba la batista, las ricas telas, las alhajas, y muchas veces se le vio presentarse con vestido de terciopelo y hebillas de diamantes en las ligas y en el sombrero á pedir hospitalidad á los aldeanos de la Beance y del Orleanesado. En aquella ocasión llevaba el uniforme de teniente de gendarmes y parecía muy orgulloso de las charreteras y galones de plata, insignias del grado que había usurpado. El Rojo de Auneau, habitualmente locuaz y comunicativo, habíase vuelto sombrío y melancólico y no tomaba parte en la conversación entablada entre el Guapo. Francisco y el Tuerto; hasta aparentaba no oírles, y sólo sacudía á intervalos su taciturnidad para reprender á su caballo, que en medio de las tinieblas tropezaba contra las desigualdades del camino. El Tusrto de Jouy intentaba excitar la desconfianza del jefe contra la Virolosa, que, según decía, había mostrado conatos de hacer traición á la cuadrilla. ¡Basta -interrumpió Francisco; -conozco á esa mujer y tengo más confianza en ella que en ti, general Finfín, á pesar de tus alardes de celo y lealtad; pero si no marchas derecho, yo te haré entrar en vereda. Aunque estas palabras fueron proferidas sin cólera, el Tuerto se quedó cavizbajo y no se atrevió á responder. El jefe se volvió hacia su sombrío compañero: ¿Qué es eso, Rojo? ¿Has echado tu lengua á los perros? ¿Qué mala hierba has pisado esta noche... ¿Te nos has enfurruñado acaso? ¿Yo? no- -replicó el Rojo con tono áspero. ¡Mil truenos... tú tienes algo. -Pues bien, sí; tengo... que este oficio me cansa. ¿Qué oficio? -i El nuestro, pardiez! Recorrer el país de día y de noche, á pie ó á caballo, con frío ó con calor; no tener jamás un instante completo de reposo, no dormir más que con un ojo; sufrir muchas veces el hambre, la sed, el cansancio... Esto es inaguantable. Y luego- -prosiguió el Rojo con acento de horror, ¡siempre escenas de violencia, robos, asesinatos... 1: j Siempre gritos, lamentos, torturas, sangre... ¡Sangre por todas partes... No puedo sufrir esta vida, y quisiera haberme muerto mil veces. El Rojo vertía abundantes lágrimas, no hi- pócritas, sino sinceras, ardientes lágrimas de dolor y de remordimiento. Este arranque de sensibilidad, inconcebible en tal sujeto y en semejante ocasión, no sorprendió en manera alguna á sus dos conípañeros. El Guapo Francisco se encogió de hombros, mientras el Tuerto decía con su falsa sonrisa: -i El Rojo de Auneau inquietarse por tales oiñerías! -Tú- -replicó él Rojo con una vehemencia que se asemejaba al delirio; -tú eres demasiado cobarde para manejar la pistola ó el puñal; en cambio, cuando los desdichados están muertos ó moribundos vas á rondar á su alrededor (I) Oye- -prosiguió con furor reconcentrado, -tú y los pillos de tu estofa me inspiráis una aversión indecible; siento desprecio hacia mí mismo por vivir en semejante compañía. Hay momentos en que me dan tentaciones de denunciaros á todos y á mí también, y después ahorcarme en la cárcel ó envenenarme con arsénico. El Tuerto de Jouy no se atrevía á respirar, pero el Guapo Francisco dijo con voz sorda y am na: adora: -Si te creyera capaz de ello... Pero se interrumpió dando una carcajada. -Vamos- prosiguió con buen humor, -soy tan loco como tú. Siempre te sucede lo mismo cuando se te calienta la cabeza ó las cosas no van á tu gusto... Pero yo te he visto trabajar y sé lo que valen esos bellos sentimientos. Cuando llega el caso, eres el mejor operario de la banda, y estoy seguro de que esta noche nos vas á dar una excelente prueba de ello... ¿Quieres que te diga de qué nace ese acceso de mal humor? Yo he adivinado dónde te aprieta el zapato. -No tengo otro motivo de nial humor que el disgusto de la vida que llevamos- -contestó el ROJO. -Otro hay- -dijo Francisco con autoridad. La presente expedición está resuelta hace mucho tiempo; el ciudadano que habita el castillo del Breuil es un viejo avaro, inmensamente rico, en cuya casa esperamos hallar espuertas de oro. y plata, y las relaciones del Tuerto de Jouy me confirman en esta esperanza. Cuando se decidió atacar el castillo, yo me hallaba ocupado en otro asunto que podía detenerme algunos días, y naturalmente, á ti, que eres mi segundo, correspondía llevar el mando ai mi ausencia. Pero he aquí que de repente caigo como llovido del cielo para dirigir este importante negocio que debía realzarte tanto á los ojos de nuestra gente; y no atreviéndote (1) Lejos de inventar escenas de horror on la exposición de los caracteres y de los hechos, atennareinos, por el contrario, su colorido todo cuanto sea posible. Para formal ana idna exacta de la ferocidad de aquellos malvados, debs verse el proceso de Los bandidos de Orgeres, del coa! hemos tomado los detalles históricos de nuestra narración. (N. del A.