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c: s c r de subir, y con las sillas no se alcanza; falta un poco. FILOMENA. ¿Has probado? JAVIER. El otro día Y en este preciso instante, cuando todos se disponían á entrar, retumba en el despacho una formidable detonación, seguida de ruido de cristales rotos y de muebles que se caen. La señora se desmaya y los dos amigos sudan de miedo; pero, llegada la servidumbre al estruendo, penetran todos en la habitación. Está llena de humo, y en el centro, entre una silla y pero no te alarmes, porque no llegué. FILOMENA. NO me lo digas, que me entristece escucharte. JAVIER. Oye, hermana; no seas prima. Ven. ¿Quieres que yo te aupe, y tú... (Hace ademán de coger la fruía. FILOMENA. Cállate; no sigas, porque voy y se lo cuento á mamá. JAVIER. ¡Capaz serias! FILOMENA. Ya sabes que nunca acuso, y por eso abusas. JAVIER. ¡Chica, dispensa si te he faltado! La verdad, yo no sabía que tenía por hermana un guardia civil. ¡Qué ris; i ESCENA III Dichos, LUISA y R; AKI) 0. RICARDO. ¡Ah, del castillo! lí JAVIER. (Filomena se besan. i Cuánto habéis tardado! LUISA. Hola, ninchi. sale al eiicuenlro de Luisa 3 ¡Pero. i: serán las diez escasas... FILOMENA. Pero para mi deseo era ya tarde. LUISA. T Ú siempre -i r: tan cariñosa. JAVIER. Os presento (A Ricardo. al señor de Albaricoque; un árbol noble, opulento, si que también generoso. Pluélgome de conocerlo. Y fíjese el noble amigo en los frutos. ¡Vive el cielo! Que pueden dar quince y raya á los propios de l oledo. Continuará. 1 L W yi ...jar -Cé RICARDO. JAVIER. RICARDO. RELATOS DE CAZA EN EL D E S P A C H O 1 legó D. Senén López á casa de D. Lucas del Amo. Apenas se vieron los dos amigos, se abrazaron con toda la intimidad que les permitían sus orondas panzas. Hubo saludos para la señora, pregimtas para la familia, suspiros para los días pasados, interés vivísimo para la salud y, como final de fiesta, elogios ditirámbicos para la casa. Era un palacio por la suntuosidad, un bosque por la frescura y una mansión de hadas, y una morada de los dioses, y un quinto cielo musulmán sin sensualidades. La señora se esponjó con tales elogios y, poco menos que á la fuerza, guió á su esposo y al visitante para que juzgara la tal maravilla con conocimiento de causa. -Empezaremos por tu despacho- -dijo la, mujer. -Tanto como por el lujo- -continuó D. Señen- -me gusta esta casa por su pasmoso silencio. ¡Qué tranquilidad, qué calma olímpica... -Aquí nunca se oye una mosca- -exclamó D. Lucas poniendo la mano en el picaporte de la uerta. una mesa. Alfonso, el benjamín de la casa, mira á los que pasan con espantados ojos. A su lado, y caída en el suelo, humea una escopeta. ¡Has sido tú... -exclama su padre. -Sí; he querido cazar el aguilucho... Don Lucas mira á un rincón y ve yacente sobre la alfombra, y destrozada, su hermosa águila disecada. La mamá acude al niño, lo palpa, lo mira, lo besuquea y dice triunfante: -i No se ha hecho nada... Don Lucas, entonces, la quiere emprender con él á manotones; pero D. Senén ruega en su favor y consigue su indulto. Luego, cuando ya se han tranquilizado, previa la poción de un azumbre de tila, dice dándose una palmadita en el vientre; -No está mal. En esta casa no se oye ni una mosca. JOSÉ A. LUENGO. CUENTO BATURRO p ediez y qué ricamente se pasa la vida en esta casa! Como mucho y güeno, visto como un general, no tengo más obligaciones que encender la chaminera, y como aquí hay tantos papeles, enciendo en seguidica. ¡Miala qué bien arde! -I Qué estás haciendo, muchacho? -exclama sw amo al ver que le quema las cuartillas. ¡Estás carbonizando mi porvenir! -No tenga usted cudiau, señorito- -contesta el chico muy satisfecho. -Sólo quemo el papel escrito. El papel blanco no lo hi tocau.