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que me invitan todos los años. ¡Un preciosso hotel situado en el interior de Guipúzcoa! ¡Una idealidad! El mejor lugar de veraneo es aquel en el que se está de gorra; desengáñese usted. Tampoco esta solución es para decidir al que no cuenta con buenos amigos en las Vascongadas. Pero el tonto preguntón sigue indagando hasta que tropieza con el csccpiico, que todo lo toma á cha. cota. -El sitio es! o de menos, hombre. Lo mismo da el mar que la montaña. Lo principal no es adonde se va, sino cómo se va y con quién se va. ¿Llevas mucho dinero... Pues á cualquier parte... ¿Vas solo... Pues lo mismo te debe dar la playa que el monte. En todas partes las hay- DE PRIMERA... Si no las ves en traje de baño, las contemplas en- toilette alpina. Falda corta, piernas al aire... De todoí modos están muy ricas... ¿Es que vas con tu mujer, tu suegra y tus chiquillos... Entonces ni te importe ni preguntes adonde vas. Sea costa, sea montaña, adonde vas es al infierno. Con la familia igual te aburres frente á las olas que cahc los altos picos. Sin embargo, si veraneas con tu mamá política, la sierra puede tener sus ventajas... (Y sus precipicios... ¡Una excursión oportuna... En fin, chico; lo que yo creo es que en todas partes se está bien y se está mal... Si dudas entre el mar y la montaña, quédate á media ladera, pero con dinero, ¿eh... Estos escépticos acaban por desorientar al que de buena fe pretende decidirse por uno ú otro lugar donde pasar mal el verano. Porque, eso sí: del veraneo ha de quedar de todos modos descontento el de los tres mil y pico de reales. Y es que asi como el arte de invernar es el arte de pasar mal ó bien el invierno, el de veranear tiene siempre por objeto pasar mal el verano. Y no sólo mal, sino con monotonía. Vaya el veraneante al mar ó la montaña, sus ocupaciones y anhelos serán los mismos de siempre. El veraneante marítimo apenas si se preocupará de otra cosa que de encontrar fresco y barato el pescado. Por poder decir que come la merluza recién salida del mar, y á dos reales kilo, aguantará calor, pulgas, sudores y cajas decoradas con conchas y caracoles. 5 S El veraneante montaraz no tendrá otra obsesión que la de la pureza del aire y la del barómetro. Por contar que subió á este pico ó á la otra cumbre; por decir ¡ahora estamos á mil trescientos! ó ¡ya hemos pasado de los dos mil! sufrirá con ijacicncia los cardos que se le claven en las pantorrillas y los peligros de despeñarse hasta el fondo de un abismo en el que el barómetro marque cien metros bajo cero (como decía cierto sabio, amigo mío, por decir bajo el nivel del mar) Y es muy triste que se experimenten los mil disgustos que un viaje trae consigo para alcanzar tan pequeños resultados. Es realmente tonto regañar con el cochero que nos lleva á la estación; discutir con el mozo de equipajes; encontrar el tren lleno de coches abonados; oir llorar á los niños en todas las estaciones y en algunos apeaderos; gastarse las pesetas; sufrir calores y perder las llaves de la maleta (esto pasa siempre) por el gusto de visitar un nido de águilas ó por el capricho de comer las sardinas recién pescas y á real el ciento. No, no merece la pena. Y ahora vayan ustedes al mar ó á la montaña. Adonde quieran. La cuestión es pasar el rato. Luis D E T A P I A Dibujos de Medina Vera-