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1 í: ti V A -1. t í 1 O N ¿AL MAR O A LA MONTANA? U e aquí la terrible duda! La terrible duda para los que tienen dinero y piensan veranear. Porque para los otros, para los que no tienen dos pesetas, la disyuntiva apenas si tiene importancia. De ir á alguna parte los que no poseen fondos para salir de Madrid, irían al mar y... se tirarían de cabeza. Pero los mimados de la fortuna, los que tienen ya decidido pasar el estío lejos de Méndez Alanís, esos vacilan al llegar esta época veraniega entre la alta cumbre y el salobre mar. El hombre, siempre pretencioso, en cuanto reúne más de tres mil reales, se hace sencillamente inaguantable. No hay orgullo mayor que el de aquellas personas que, ya sea por préstamo usurario, ya sea por sablazo familiar, consiguen una pequeña suma para dedicarla al veraneo. Lo primero que hace el hombre que posee quinientas estivales pesetas, es dudar entre dos inmensidades. ¿Iré al mar... ¿Será mejor la montaña... En vez de pensar cuerdamente y decidirse por un pueblo de la Mancha, en el que los huevos estén á 6o céntimos docena, el fatuo veraneante se dedica á consultar opiniones y médicos con ánimo de inclinarse hacia el Pirineo ó hacia el Océano. Y j hay que oir las vulgaridades que á manera de consejos le colocan al indeciso viajero sus amigos y deudos! -Para los niños, el mar. No seas tonto- -le dice un padre cariñoso. -Nuestro Arturito le debe la vida á Gijón. Si no es por aquellos baños de ola se nos va como se nos fué el otro. Nada, nada, chico; la playa y sólo la playa. Les compras unos sombreros grandes de paja, los descalzas y ¡al sol con ellos... ¡Que jueguen con la arena! -No sé como hay quien veranea en la costa- -exclama otro señor partidario de la montaña. -El mar deprime y debilita. Altura, y nada más que altura... Si quieres que tus chicos tengan buenos pulmones, ¡al monte con ellos! Les compras unas buenas botas de campo, unos bastones con pincho y ¡á trepar por los vericuetos... El infeliz y futuro veraneante queda perplejo. Lo único seguro es que hay que comprar á los chicos una porción de cosas para que tomen el aire libre. Los médicos, por otra parte, tampoco ilustran mucho al ncófilo estival. -Los baños de mar- -dicen- -es verdad que estuvieron en auge hace tiempo. Y no se puede negar que en algunos casos son beneficiosos para la infancia, siempre que en su temperatura y duración se sigan las indicaciones oportunas; mas luego parece que vino la moda de las alturas, y hoy la montaña tiene muchos y muy fervientes partidarios... ¿Quién duda que las estaciones y sanatorios colocados sobre los 1.200 á i. óoo metros sobre el nivel del mar ejercen poderoso influjo en las vías respiratorias... La mejor preparación pulmonar del niño está en la montaña... ¡Claro que hay niños á los que el mar leí prueba perfectamente! Pero... -Pero... ¿yo, dónde voy, doctor... ¿Usted en qué lugar veranea con sus chiquitines... ¡Ah... Yo paso el estío en casa de unos amigos