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MUJERES DE PARiS, EVA LAVALLIERE ADEMOISELLE LavalIicre ha hecho su rentree anuai en el teatro de Varietés con el mismo éxito enorme de todas las temporadas. Para ver á maden oiselle Lavalliere se agotan á diario las localidades, y los autores de esa colosal tontería que se llama Le Eois Sacre, se disponen á llegar á la centésima represei tación. No cabe duda que hay que acostumbrarse poco á poco á estas cosas raras de París, poraue si al principio chocan, luego nos pareceii naturales... La primera vez que vi á mademoiselle Lavalliere me aburrí se beranam. ente. En primer lugar, cuando creí que iba á ver una belleza de caja de cerillas, me sorprendió encontrar á una señoi- a respetable, que ha doblado ya la cincuentena y que físicamente no tiene nada de particular. Además, su manera de hacer la comedia me crispaba los nervios. Aquel tonillo gangoso é insoportable, aquel accionar nervioso, aquellas excentricidades, mé sacaban de quicio. ¿Y es ésta la fototipia que figura en las galerías de las profesionales beautés de París? me preguntaba asombrado... Pero ha transcurrido un poco de tiempo; he visto trabajar á mademoiselle Lavalliere muchas veces, he observado que el público la aplaude con entusiasmo y simpatía, y sin darme cuenta me he ido acostumbrando... Hoy me parece que Eva Lavalliere es una actriz insuperable; su voz me encanta, su arte, y hasta sus excentricidades, me seducen. ¡Cómo cambian les tiempos! Indudablemente nos parisianizamos, á pesar nuestro... Y es que París hay que tomarle como es... Al público parisiense le agradan extraordinariamente las artistas originales... aunque no sean buenas artistas. V enid á dar una vueltecita por estos teatros y os convenceréis. El arte de mademoiselle Lavalliere es original, sin duda alguna; tan original, que los autores se ven obligados á escí ibir las obras para ella exclusivamente. Y así son las obras... Los papeles de mademoiselle Lavalliere son siempre iguales, y ha de haber alguna escena en que la actriz hable con el público, se enternezca tm ratito, salte y ría más tardé, y concluya, al fin, por arrancarse á bailar una danza excéntrica, descoyuntada. Con esto y con enseñar las piernas ya tiene asegurado el éxito mademoiselle La ralliere... i Las piernas! Ya os veo con los ojos encandilados figurándoos algo escultural y maravilloso, ¿no es verdad? Pues os equivocáis de medio á medio. Las piernas de mademoiselle Lavalliere son dos palillos de tambor, dos palitroques sin forma... Son tan delgadas, tan delgadas, que podrían bañarse en el cañón de una escopeta. Y, sin embargo, mademoiselle Lavalliere sale á escena y echa al aire aquellos dos huesos, y ya está c! público loco rompiendo á aplaudir. ¡Qué queréis! Aquí somos así. Pero es preciso irse acostumbrando á las cosas raras de París, lo repito. Mademoiselle Lavalliere conoce su público y no varía de manera de ser. ¿Para qué? Ni siquiera ha oucrido variar de estado civil en los carteles, y á pesar de que tiene ya cincuenta corriditos y de que se halla en vísperas de ser abuela- -porque, ¡ay! los hijos crecen, -continúa haciéndose llamar mademoiselle, y en los carteles ordena que se la anuncie con el inevitable mademoiselle Lavalliere, con todas las letras. El público lo sabe; pero, ¿qué más da? ¿Que la señorita Lavalliere quiere que la llamen mademoiselle? Bueno... ¿Por qué no? Si esto, por lo visto, á ella la da tanto gusto... ¡Y nos cuesta tan poco trabajo! JOSÉ JUAN CADENAS.