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FOLLETÍN DE BLANCO Y NeGRO Los sollozos la cortaron la palabra. Francisco la escuchaba impasible, y preguntó, señalando con el dedo al niño que la Virolosa tenía en la mano: ¿Es decir, que ese chicuelo... -No es tuyo- -contestó impetuosamente Fancheta, estrechando á su hijo entre sus brazos, como si hubieran querido arrebatársele. -tu hijo ha muerto... Francisco soltó una carcajada. ¡Ea! -exclamó, -me cargan las ¡lágrimas y tengo prisa... ¿Qué es lo que me quieres? -Pues bien, Francisco- -prosiguió la Virolosa, enjugándose los ojos; ¿no sabes que mis padres viven ahora en esta alquería? ¡Bah! ¿de veras... ¿Cómo había de saberlo si hasta hoy nó los he visto? Y ahom recuerdo que esta noche me chocó su nombre, que oí pronunciar delante de mí. -Sea como quiera, yo te ruego, Francisco, que des tus órdenes para que no les hagan daño alguno; te pido esta gracia en nombre de lo mucho que he sufrido. Bah! ¿y por qué no hacer rabiar un poco á esos padres imbéciles que tan mal se han portado contigo? -Me han echado hace un momento, cuando imploraba su piedad... pero sin embargo, yo te ruego, Francisco, que les perdones. -Está bien, lo haré por ti, Fancheta; los trataré bien, siempre que el cuidado de nuestra propia seguridad no nos obligue á mostrarnos severos... Pero todo está dispuesto p ira que este caso no se presente por hoy. Tranquilízate; los viejos no tienen nada que temer. Mas te advierto que no intentes pedir la restitución de lo que se les ha limpiado, porque sería más fácil quitar un hueso á un perro arisco que arrancar á nuestros hombres una cosa á que hayan echado el guante. La Virolosa acogió con alegría la seguridad de que sería respetada: la vida de sus padres, y continuó: -Dicen que el granjero va á seguirte al castillo, y cuento con tu promesa... Pero mi madre queda ahí maniatada, y ¿estás seguro, Francisco, de que tus gentes no la maltratarán? -Si alguno se atreviese á causarla más molestias que las que exigen las necesidades del servicio... Pero haz una cosa- -añadió bruscamente; vigila tú misma; entra en a alquería, y si algo ocurre avísamelo. La Virolosa se apresuró á aceptar la proposición de Francisco, porque había ya concebido el plan que más tarde había de poner en práctica. Francisco le dio el santo y seña, á fin de que pudiera entrar y salir libremente entre los ladrones, y añadió con sarcástica malicia: -Ya lo ves; me porto contigo como un buen íTiuchacho, poraue no se debe ser malo con una antigua conocida... Pero- -añadió con dureza- -si nos vendieses... ¡Yo venderte, Francisco! exclamó la Virolosa. ¿Lo crees posible? Ya te lo he dicho: jamás me asociaré á los crímenes que tú y tus gentes cometéis diariamente, y á pesar de eso. os sigo y me expongo á ser tratada como vuestra cómpHce... Ah, Francisco, Francisco! ¿No comprendes cuan fuertes son los lazos que me unen á ti todavía? La inmensa aunque culpable abnegación que revelaban estas palabras no podía ser comprendida así es que el buhonero se puso á reír con fatalidad. -Es muy lisonjero lo que estás diciendo, mi pobre Fancheta; pero bueno será que no hables muy alto ni muchas veces de esa antigua historia... Ya sabes que Rosa Bignon, mi mujer, es bastante celosa, y aun cuando tú no debes inspirar celos á nadie, no te aconsejaré que la tengas por enemiga. Conque ya lo sabes: sé buena muchacha, sírvenos fielmente y yo te protegeré. Habla á Santiago de Pithiviers, el maestro de niños, para que se encargue de tu hijo; él le enseñará y le pondrá en estado de llegar á sernos útil... Ea, ya salen los otros. Buenas noches; te veré después de la expedición. Reunióse con sus gentes y montó inníédíatamente á caballo, después de lo cual toda la cuadrilla se puso en marcha. La Virolosa les vio alejarse. ¡Hijo mío! -murmuró. El suyo... porque es el suyo, aunque no he querido decírselo... ¡Jne aquí lo que yo temía! No se lo daré, no; harían de él un malvado como ellos... ¡Jamás, jamás! ¡preferiría ahogarle en mi seno! La Ptrolosa reflexionó un momento. -Sí, eso es- -exclamó por fin; voy primero á tratar de libertar á mi madre. Puedo hacerlo sin vender á Francisco... Acaso mi madre me permitirá abrazarla antes de mi partida... y entonces me iré tan lejos con mi hijo, que no podrán encontrarnos nunca. Sabido es cómo fracasó este proyecto, á causa del horror que inspiraba á la granjera la atiarente complicidad de Fancheta con los bandidos. Entre tanto, la tropa avanzaba lentamente hacia el castillo del Breuil. Marchaban á la cabeza doce hombres vestidos de guardias nacionales y armados con fusiles, y en medio de ellos iba el pobre Bernard, con las manos atadas atrás y cubierta la cabeza con un tupido lienzo. Seguían después los jinetes, cuidando de llevar sus caballos por el esoeso césped de ambos lados del camino por temor de que el ruido de las pisadas avisase su proximidad. Francisco el buhonero, á quien la regularidad de sus facciones había conquistado el apodo familiar de el Guapo í rancisco, y el Rojo de Auneau, el oficial que había dado órdenes en la alquería, ambos á caballo, formaban la retaguardia con el Tuerto de Jouy, que trotaba á oie ojo avizor y oído alerta. El Rojo de Auneau, á quien hasta ahora sólo hemos visto muy ¿e paso, y cuya funesta celebridad debía igualar, si no sobrepujar, á la del Guapo Francisco, era entonces un joven como de veintidós años, de regular estatura y débil y enfermizo en apariencia. Su aoodo de Rojo era debido, bien á sus largos caContinuará.