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F O L L E T Í N D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 13. CONTINUACIÓN tan interesado como vos en este negocio, porque á los dos nos han visto esta noche en la alquería, y si las cosas llegasen á salir mal, losprimeros á quienes atraparían sería á nosotros. -Está bien: me fió de ti, Tuerto, porque no. sin razón te apellidan el general Finfín... Mas ¿por qué el Rojo de Auneau y los demás pierden él tiempo eií esa gazapera? Entonces fué cuando hizo oír aquella ííamá- da misteriosa que puso término al pillaje de la granja: La, Virolosa S 3. ó de un grupo vecino y se acercó á él. -Meg- -dijo en voz baja; tengo que hablaros... ueréis oírme? El buhonero dio colérico una patada en el suelo y contestó. ¡No tengo tiempo; vete al diablo! Pero la mendiga no se desconcertó con esta respuesta. -Francisco- -insistió recalcando las palabras, -Francisco de Mortagne, i no reconoces á Fancheta Bernard? Verdad és- -prosiguió dando un sollozo- -que está muy cambiada, puesto que ni sus mismos padres la reconocen ya. El buhonero, cuyo rostro rio dejó entrever la menor emoción, no respondió palabra; pero VIII cogió dé la mano á la Virolosa y la llevó un poco más leios. Allí la exáininó un momento EL ROJO DE AUNEÁU á la luz de la luna. y -Posible es, á fe mía- -dijo por último saEscenas más horribles todavía pasaban en el castillo del Breuil. Pero antes de narrarlas cudiendo la cabeza; pero Fancheta era herdebemos retroceder al punto en que la partida mosa y tú estás muy lejos de serlo. de bandoleros se había reunido en la alquería La pordiosera sintió desgarrado su corazón de Bernarda con un nuevo dolor. Mientras el saqueo de la casa, los jinetes Francisco- -exclamó llorando ¿así me espefabaa delante de la puerta principal de recibes después de una ausencia tari larga, la granja la Vuelta de sus compañeros. cuando todas mis desdichas, todas mis faltas Dos hombres envueltos en anchas capas de son obra tuya? o te veía los días de mercado gendarmes salieron del patio donde reinaba cuando iba sola á la ciudad á vender los proentonces un espantoso desorden: el uno, que ductos de la alquería. Tú eras hermoso, apuesera í rancisco el buhonero, fué acogido con to, hablabas bien; yo, sencilla é inocente mucieftía mezcla de respeto y de temor; el otro, chacha, no pude resistir á tus atractivos. Desá quien fácilmente se reconocía por el agostero honrada, y no pudiendo ocultar mi falta, conTuerto de Jóuy, con alegre familiaridad. taba todavía con tu compasión; pero abandoFrancisco no tenía ya su aire humilde y do- naste el país de repente y nadie supo informarlorido, ni su acento dulce y bondadoso, aunque me de tu paradero. Me quedé sola, expuesta parecía resentirse de su reciente caída. á la cólera de mi familia; mi padre me zxvoAl reunirse con los bandidos, dijo lacónica- jó de casa y me vi reducida á la mendicidad. mente: Desde entonces he sufrido mucho; una cruel -1 Un caballo! No puedo andar. enfermedad me arrebató hace tres años la poca Uno de los supuestos gendarmes le ofreció- belleza que me quedaba, y heme aquí desconouna cabalgadura, que fué aceptada. cida para cuantos me vieron en tiempos rnás El jinete echó pie á tierra, fué á cortar los felices. La vida vagabunda á que me he visto tiros de los caballos que estaban enganchados reducida me ha puesto en contacto con gentes á la calesa en el patio- y no tardó en volver, de tu banda y me he visto obligada á asociarmontando en uiio de los corpulentos perchero- me á ellos; pero sus crímenes sólo me inspiran nes del granjero Bernard. horror, y hace mucho tiempo que hubiera reFrancisco no se dio prisa á montar, y diri- nunciado á sus odiosos auxilios si no hubiese giéndose al Tuerto, qaé bromeaba con sus ca- hallado en su jefe al hombre á quien he amado maradas, le dijo secamente: tanto, al hombre cuyo cariño me hubiese he- ¿Has ejecutado bien mis órdenes? cho olvidar todos los demás bienes de este -Sí, sí, meg. Lléveme el diablo si no estoy mundo. Rápido como el pensamiento, Daniel se levantó; una hoja de acero brilló en el aire y cayó sobre el Manco, cuya sangre salpicó á gran distancia, y cuyo cuerpo cayó pesa: daménte sobre el pavimento. La dificultad en que estaba Daniel para moverse teniendo atadas las piernas, impidió que la herida fuese muy profunda; el arma había resbalado por la cabeza del bandido. No tardó éste en levantarse, cubierto de sangre, sobre sus rodillas, y trató de apoderarse del sable que aún conservaba Ladrarígé. Entonces se empeñó entre los dostma lucha que se prolongaba sin ventaja para ninguno de ellos. Habíanse cogido por medio del cuerpo, y cada cual se esforzaba por sujetar los movimientos de su adversario, sin que ni uno ni otro pensasen en disputar los inútiles restos del sable, que se había roto durante la pelea. Revolvíanse uno contra otro con rabia sobrehumana, pero sin pronunciar una sola palabra. Lá señorita de Méreville articuló algunos gritos de terror y quedó desmayada.