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3 P C Las hormigas se han propuesto estropearme un peral, y por más cosas que hice no las puedo desterrar; los pájaros, por su parte, ¡buenos pájaros están! Hay que ver como destroza: la fruta; -pero, ¿qué más? EL caracol, que parece tan inofensivo y tan... se ha metido en los fresales i y hace vui destrozo fatal! -VEucho da que hacer un huert: al que lo ha de cultivar; pero 0 creo que es mucho más trabajo el que nos da el defender lo que es nuestro de tanto y tanto animal... fSe acerca á un albaricoqucro qitc está junto á la tapia medianera. ¡Hola! Ya ha -muchos maduros. i Qué hermosos! Bueno será cogerlos antes que vengan los pájaros á picar... Y á propósito de pájaros, creo que en la vecindad hay un pájaro de cuenta á quien quisiera cazar. Bien sabe Dios que en la vid; me ha gustado pensar mal de nadie; pero este niño de mi vecino... Ya van dos mañanas que le veo junto á la tapia mirar al árbol con unos ojos... Puede que no sea más que admiración; pero acaso sea deseo de hurtar. Yo he de estar ojo avizor. ¡Lo que fuere, sonará! (Durante el monólogo ha ido cog icudo los albaricoqttes más maduros y colocándolos en- una cestita. Ea! Vamonos á casa, que ya comienza á picar el sol. También desde casa es muy fácil vigilar. (Vase por la derecha. ESCENA II JAVIER y FILOMENA RELATOS DE CAZA EN EL PINAR l u á n Voisin estuvo aquel día afortunado como nun ca. Salió por la mañana de su aldea en busca de las ligeras y graciosas gamuzas, y al anochecer, cuando el sol pisaba los umbrales del ocaso límpido y refulgente, helo, aquí montaña abajo llevando ya sobre sus hombros un hermoso animal. ¡Qué día más feliz! -murmura. Y á fe mía que es cierto. No ha tenido que rodear ventisquero, ni correr ai borde de hondos y negros abismos, ni ha sentido el estruendo horripilante de la avalancha, ni se ha visto envuelto por traidoras nieblas. ¡Qué día más feliz... Con su preciosa carga continúa descendiendo. Desde el pico de una roca contempla el llano ya henchido de sombras. Los valles, entre las colinas, semejan estrías profundas y medrosas y la pobre aldea se yergue sobre un alcor como una débil y blanquecina mancha. Juan baja del peñasco y penetra en un pinar. Lo llenan las tinieblas, y en las altas y redondas copas la brisa cir- J 44 ¿y van á venir los cuatro primos? No. Ricardo y Luisa FlLOTvIENA, nada más; Juan y Rosario se quedarán con la tía. JAVIER. Por Ricardo sí me alegro; pero lo que es por Luisita... Rosario me es más simpática. FILOMENA. Claro, porque es una chica resuelta como un muchacho. Es muy barbiana. JAVIER. No digas FILOMENA. esas palabrotas, hombre. Sabes que papá se indigna cada vez que se te escapa alguna chulapería. JAVIER. ¿V es? Pues así de panoh como tú es la prima Luisa No está en los timos. FILOMENA, ¡Y d le ¡Nat uraca! ¡Y la otra rima, LWIER. en cambio, se trac lo suyo. FILOMENA. ¡Qué palabras tan bonít- is! Continuará. J. WIER. cula tímida producicn lo un son religioso, como de plegaria. El cazador í. e detiene de pronto. Entre los es cltos troncos divisa á cierta distancia bultos sf) spechosos. Ya no puede dudar. ¡Los lobos... -exclama. La inminencia del peligro aumenta su actividad cerebral y en seguida se le ocurre un plan salvador. escuélgase la gamuza, la ata con una cuerda, trepa á uh pino, y sentado en sus fuertes brazos, iza al animal hasta ponerlo á salvo de sus perseguidores. No tardan éstos en llegar, y al verse burlados, dentellean furiosamente. Sus ojos fosforecen como monedillas de oro recién salidas del troquel. Mgunos saltan hacia la colgada gamuza. Juan dispara su carabina y consigue hacer ima víctima. Los compañeros huyen, ero regresan pronto, olisquean á su camarada y empiezan á darse im festín con su cuerpo. Y cuando logran ahitarse, se dispersan como fantasmas entre los troncos. -M salir la aurora, dice el cazador: P tíii bto seas, dí; i, que empiezas! Tii me libras de mis enemigos... losi A. LUENGO.