Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LAS CEREZAS r tiando el peatón se disponía á salir de su casa, el pequeño Antonio le dijo con voz suplicante: -Padre, ¿me deja usted que le acompañe? Hoy sale usted muy temprano y podré seguirle ¿No te cansarás? -i No, no... ¡Me voy con usted! Salieron del pueblo y emprendieron el rocoso camino, que descendía bruscamente hacia el barranco. Allá arriba, apoyándose en los enormes peñascos que coronaban la, cumbre, quedaban las blancas casitas del nueblecillo serrano. Todos los días, al amanecer, el padre de Antonio descendía por aquel camino; recogía en un pueblo importante que se alzaba en el llano las cartas que iban dirigidas á sus convecinos de la montaña, y con ellas en su saco de cuero subía la fatigosa cuesta. Las nieves del invierno, las peligrosas avenidas otoñales, que convertían el barranco en un torrente, interceptando el camino; las abrasadoras solanas, insoporta- -Todo sirve- -replicó cariñosamente el padre. ¡Va; ya una cosa! ¡Eso no vale la pena de que yo me agache á cogerlo... El padre no insistió. Se inclinó, cogió la herradura jf la guardó en su bolsillo. Y continuaron su camino. Cuando llegaron á la población, el padre y el niño entraron en una posada y se desayunaron. Luego fueron á la Administración de Correos y recogió el padre de Antonio la correspondencia, que cuidadosamente encerró en su saco de cuero. Terminada esta tarea, al cruzar la población para regresar al pueblecilio de la sierra, el peatón se detuvo ante la puerta de una herrería, buscó por sus bolsillos, sacó la herradura y la cambió por unos céntimos. Anduvieron unos pasos más; pasaba. una niña con una cesta llena de frescas y jugosas cerezas; el peatón- la detuvo y cambió entonces los céntimos que le habían dado por la herradura por un puñado de cerezas. Emprendieron el camino el padre y el hijo. Eran ya las nueve de la mañana. Abrasaba el sol, y el viento cálido secaba la boca y la garganta de Antonio. Cuando llegaron al barranco, la sed le mortificaba de mi modo horrible. Y faltaba una hora, de camino, sin un árbol, sin una fuente, y pecho arriba... Comenzaron el ascenso lentamente. A los pocos pasos, el padre, como al descuido, dejó caer una cereza. Antonio se apresuró á recogerla ávidamente y refrescó un poco sus secas fauces. Momentos después, dejó caer el padre otra cereza y otra vez el niño se agachó para cogerla y la llevó á la boca con avidez. Y así, de trecho en trecho, fueron cayendo las cerezas desde las manos del peatón al rocoso camino, y el pequeño Antonio fué inclinándose para recogerlas y mitigar con su dulce jugo la ardorosa sed que le mortificaba. Y ya en las inmediaciones deb pueblecillo serrano, cuando el niño se comió la última cereza, el padre se detuvo y le dijo: ¿Ves, hijo mío? No he castigado tu desobediencia. Sólo he querido que vieras que nada es despreciable en la vida. Si te hubieras inclinado una vez para coger la herradura, no habrías tenido que agacharte tantas y tantas veces para recoger las cerezas. M. MONCHO. W- i- ft bles cuando soplaba el bochornoso Poniente, le sor- prendían un año y otro en sus viajes cotidianos; el padre del pequeño Antonio soportaba todas las penalidades, algtma vez arriesgaba también la vida, pero los habitantes de la montaña tenían todos los días sus cartas y sus periódicos. La mañazia del día en que Antonio acompañó á su padre era fresca, pero las nubéculas rojas que por Oriente se vislumbraban eran siempre, para los habitantes de aquella comarca, signo cierto de un calor sofocante. El niño, correteando alegre por haber conseguido su deseo de formar parte de la excursión, iba unos cuantos pasos delante de sit padre. De pronto, ésta le llamó. -Antonio, mira. El niño se detuvo. El peatón le indicó una herradura que brillaba entre los pedruscos del carnino, y añadió: 1 Anda, cógela... ¿Eso? -dijo el niño con aire de desprecio. LOS ALBARICOQUES Personajes: El Sr. Joaquín, cuarenta años. -Luisa, catorce. -Filomena, trece. Javier, doce. -Ricardo, trece. (La escena representa un jardín en la parte de la izquierda, que una tapia, no muy alta, separa del resto, que figura un huerto. ESCENA PRIMERA (El señor Joaquín, en mangas de camisa, trabajando en su huerto. Pues señor, es envidiable tener una propiedad, pues todo bicho viviente nos la viene á disputar.