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de oficina. Los dos jóvenes cuchichearon más bajo. El pretendiente expresaba su admiración; la pretendida, coqueteando, negaba que ella valiese nada; hasta negaba la elegancia de su atavío, á la cual había notado que su pretendiente era níuy sensible... Y reían, encantados los dos de aquel instante delicioso, tii la sensación exquisita del aislamiento entre la multitud, una de las venturas profundas del amor naciente... Un cohete rasgó el aire, subiendo á gran altura, Puerilmente, se divirtieron en contemplarlo. Era de h i cría, y dejaba caer estrellitas verdes como grandes esmeraldas, que antes de llegar al suelo se extinguían. Al primer fuego artificial siguieron otros, muchos, estallantes y caprichosos, de chispas de oro y lágrimas de lumbre, de doble trazo de luz sobre la negrura del firmamento. Y, en pos, las bombas de dinamita atronaron el espacio un minuto. -i Qué barbaridad! -exclamó Nati, molestada por los zambombazos; y el novio aprobó, precipitado, añadiendo que los oídos le dolían, lo cual le valió una sonrisa tierna de la novia. En el punto mismo, una gota de agi. a se plaqueó embals ban. S; is gasas caían, sus flores v rtían arroyitos de otes de colores sob. e los pobres ropajes empapados en menos que se cuenta, y adheridos al cuerpo. Las armazones se pegaban al cuello, al pelo, en grotescas formas de caricatura. Y el pelo, chorreante, caía por las espaldas, y los rostros perdían el ligero artificio del blanquete y del rosa de tocador y aparecían lívidos, espectrales, con el brillo de hule de la mojadura y la palidez de la cruel, aguda sensación de frío... Nati, desde el primer momento, había corrido como loca... No sabía si su padre venía detrás: ignoraba si iba al lado de su novio. ¡Sálvese el que pueda... Corría, corría aguijoneada por dos estímulos, por dos terrores: el de perder su ropa, su sombrero, sus galas- -la tercera parte por lo menos de su belleza- -y el de ser vista en grotesca situación, hecha una birria, envuelta en trapos mojados y con unas plumas desteñidas soltando manchurrones... Notó, sin embargo, en medio de su desesperada fuga, que otras fugitivas infelices se quitaban el sombrero y lo tiraban. ¿Para qué conservarlo? Estaba perdido, y las manchaba y ridiculizalja más... Un grupo empujó á Nati; por poco cae al suelo. ¡Caer, que la pisoteasen! Y de- c -fe- 1- r S i 4. vrt- sobre la manita de Nati, que jugaba coa el abanico. -i Qué raro! Como si lloviese... Al momento dejó de ser raro, pues todo el mundo miraba asombrado hacia arriba, habiendo sentido la impresión, más bien cálida, de otros goterones. Y repetían: ¡Es chocante... Parece que llueve... No hubo tiempo á reponerse del asombro; no se pudo razonar el brutal fenómeno de la nube baja, desventrada por la dinamita: tan súbita, tan arrolladora fué la caída de la manga de agua... Volcaban á chorros desde el cielo urnas llenas; furioso torrente que descendía, descendía, sin parar. Las señoras corrían gritando, en busca de un asilo, de un techo que las cobijase; nadie había traído paraguas, y, por otra parte, ¿de qué serviría un paraguas en tal contingencia? Un paraguas es para cuando llueve, no para el diluvio. Se habían abierto las cataratas del cielo, y las húmedas entrañas de la despanzurrada nube se desfondaban en ríos de agua colérica, despeñada desde lo alto... Lo que más estorbaba en tal apuro... eran los sombreros. Habían principiado á derretirse, á liquidarse en papilla, con pegotes de goma y de engrudo que se lante de él A enas hubo pensado cu eslo, otra idea la horrorizó. Bajo los latigazos rígidos del aguacero, se miró un instante, y se vio desnuda... Sí, desnuda como la estatua bajo el lienzo del escultor... Su traje leve señalaba la plástica de su cuerpo. En el mismo punto, notó que su novio venía cerca, corriendo también, para atixiliarla seguramente... La casa de Nati estaba próxima; llegar al portal era la salvación. La muchacha volaba, jadeante, y se lanzaba, ó se quería lanzar, al obscuro recinto; pero estaba abarrotado de gente refugiada allí, que no permitía el paso. I os insultos, lan chanzonetas, acogieron á la desdichada, que prorrumpió en llanto, sin conmover á la egoísta turba... Y hubo tiempo de que el novio llegase, y Nati leyese en sus ojos toda la desilusión, todo el repentino hielo del que ve tan cambiado un rostro que aún no ama lo bastante, y todo el despecho rencoroso del que ve á la mujer que empezaba á interesarle, profanada por los ojos impíos de lai muchedumbre... Nati no volvió al paseo. Era el triste drama de tantas señoritas pobres. No podía reemplazar la ropa perdida... Ni el novio, perdido al mismo tiempo que la ropa. LA CONDESA DE PARDO BAZAN. Dibujos de Méndez Briuga,