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i I. r. 2 í í, i St ti ojos! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cómo se reian todos! Finalmente, tanto danzó y se movió y tantas diabluras hizo, y tanto se reía, que acabó por contagiar á todos. Y á todo esto, sin cesar de cantar: Don t kill ihe birds! the bitlle birds y kat sing about the door, soon as the joyons spring has come and chilling otorhms are ó er. (No matéis á los pájaros, pajaritos que cantan al lado de la puerta, gozosos cuando llega la primavera... Sonó un timbre de, repente. Mabel corrió á su cuarto á vestirse. Venía la segunda parte. Su número llegaba. Yll Caía mansamente sobre la multitud desde lo alto la música del circo con su ritmo voluptuoso V la blanca luz lechosa dé los focos que parpadeaban. Arriba también, dos trapecios á veinte metros, casi invisibles á no ser por la niquelada barra que reflejaba la luz... Al compás de la marcha entraron en la pista F rancho y Mabel, saludados por una salva de aplausos. ¡Noble actitud la del atleta, erguido el busto, los brazos abiertos y la sonrisa en la cara, un poco pálida, escuchando la música divina del aplauso! Mabel subió á su trapecio y se sentó en la barra, lanzando un beso al público con graciosa actitud funambulesca. Apenas la malla azul acusaba sus formas de niña; desde abajo parecía más pequeña aún, como si se la mirase con unos gemelos del revés. Francho subió por la cuerda de nudos, i Qué hombre! La malla ceñida denunciaba los músculos poderosos que se enroscaban por todo su cuerpo y se contraían á cada flexión; tan pronto tirantes como si fuesen á estallar, luego, repleDIBUJOS DE MÉNDEZ BEINGA gancíose en sí mismos, para estirarse más tarde á cada avance del brazo. Miró triunfante desde su columpio á la multitud que aplaudía abajo. La americana, desde un palco, le sonreía. Empezaron á mecerse los trapecios, C ue estaban á distancia, y la multitud calló emocionada; rompía sólo el silencio el ritmo dulce y monótono de la orquesta... Cuando adquiriesen velocidad, Francho tenía que saltar en el aire con doble salto mortal, para ir á cogerse en Mabel que le esperaría colgada de las cuerdas, con los brazos extendidos... ¡Y esto á veinte metros, sin red... Poco á poco, los trapecios, impulsados en dirección contraria, adquirieron una velocidad que daba vértigo. Francho dio un grito: ¡H o p! Y Mabel, silenciosa, se escurrió por las cuerdas y vino á que- dar suspendida en el espacio, enganchados los pies en su trapecio, que ondulaba en el aire. Cesó la música. En la gente había un trágico silencio... ¡Hop! F rancho, en el terrible balanceo de su trapecio, hizo, encogido, palanca en la barra y se lanzó como una flecha hacia el otro trapecio, después de dar dos vueltas en el aire. Con las manos crispadas llegó donde le esperaba Mabel, cabeza abajo, y las extendió para cogerla por las muñecas. Pero Mabel le retiró sus brazos. ¡Addio, Francho! -murmuró. Fué á caer con golpetazo espantoso que retumbó en todo el circo. Y entre el alarido inmenso de la gente aterrorizada y entre la. confusión de la tragedia, sólo estaba serena Mabel, ciue arriba, en su trapecio, que todavía oscilaba, iluminada. con la luz blanquecina de los focos, pequeña, diminuta, miraba, agarrada nerviosamente á las cuerdas, hacia abajo... TOMÁS BORRAS. De nuestro Concurso de cuentos. Lema: i urekal