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cana c; olla que se hace pasar por parisiense. H e r mosísima. Llamará la atención del abono elegante. P e r o nada más. Al despedirse, guardadas ya las cuartillas, el periodista estrechó la mano del empresario. -L e felicito. U n buen programa. II 1 Carteles del circo que de niños esi. mecisteis nuestros corazones! Cuando aparecíais cubriendo los muros con vuestros colorines escandalosos, palmoteábamos alegres: -i Ya están ahí los Sí. Ya están ahí los clonws. Ya volvió á la ciudad la alegre farándula de los payasos y de las bailarinas, que sonríen en sonrisa triste bajo su máscara de yeso. Ya está ahí el tonto que soportaba las bofetadas, el equilibrista que detenía el movimiento de nuestro corazón y el tirador que nos hacía cerrar los ojos esperando el disparo. Y son los carteles del circo como las avanzadas de una tropa alegre, que siempre nos vence con las armas de su alegría. Aquella vez había dos carteles que hacían detener el público ante ellos. E n uno, un hombre de bíceps formidables, de estatura gigantesca, estaba junto á una niña pequeña, rubia, de serenos ojos azules. Y en enormes letras encarnadas: MABKL Y FRAXCHO EL SALTO DE LA AÍUERTE decía. En el otro, puesto un pie sobre un caballo arrodillado, la señorita Casandra erguía su busto poderoso 3 sonreía, enseñando entre sus labios sangrientos los dientecillos blancos. III Desde niña, Mabel (una inglesita delgada, rubia, con cara aniñada v formas insignificantes) había paseado su figurilla pequeña por los circos europeos. Era, á pesar de su pequenez, una artista excelente que hacia locuras en el trai) ccio. Sus bracitos, tan finos, tan blancos, tenían irnos músculos diminutos, pero fuertes como acero. En Milán conoció á l Aancho, un itahano hercúleo que era la admiración de los públicos por su audacia. Mabel se enamoró del italiano. líl la aceptó como se acerba un juguete (jiic dcsiniés se puede tirar. j ás tarde, al atleta, iue podía ahogarla entre sus brazos, gustóle la pccjueña y suave Mabel. precisamente i) or el contraste entre su figura bruta) y la amante, que parecía lu. ia muñeca. Y entonces fué cuando para trabajar juntos dearon acjuel n ú m e r o el salto de ¡a muerte. Al unirse, Mabel le había dicho á E r a n c h o ¡Por ez- er! ¡Para siem rc! Y el coloso se echó á reír. IV Notó M a b e l la niña ruliia, que á rancho le gustaba la mademoiselle (li los cabalHtos y cm ezaron los celos, Al prmeipio, ella le increpaba dulcemente, pero una voz airada de él la hacía enmudecer de rabia. Desi) ués, ya fueron la disputas agrias, en que se cruzan los reproches y los insultos. P e r o luego, á medida que se fué convenciendo e uc la americana se entendía con Francho, se tornó seria y melancólica la inglesita. U n a no- che, se vestía en su cuarto del circo y llamó él. -Go altead. (Adelante. E n t r ó un poco aturdido. Busca sus guantes. ¿Dónde iba? P u e s un empresario le había citado; quizá una tournée por América. Que no le esperase. Volvería tarde. Quizá hasta mañana. Entonces, Mabel le increpó furiosa. No, no iba á la cita de ningún empresario. Iba á otra cita, á la de la ecuyére. Lo sabía todo. ¡Le había visto besándola en su c u a r t o Francho la contestó b r u t a l ¡I Ie cargas! ¿Sabes, pequeñita? ¿Quien eres tú para meterte en mis asuntos? Desde ahora, nada hay entre los dos. Búscate compañía. El japonés ese que te acechaba. El domador de gatos, i El que quieras! ¿Me oyes? ¡El que quieras! M e es igual. Estaba harto. -M u y bien- -le dijo Mabel. Y se fué. i Qué entonación tenía su respuesta! P o r el camino, hasta la fonda, fué repitiéndolo: -Very wcll... Very well. Pensaba que todavía volviese. V S í á la mañana siguiente volvió. -Mira, pequeñita. Tenemos un buen número. De fama y de dinero. Si nos separamos, se lo llevó todo el aire... Estemos jimtos. Como socios. Te doy por tu parte mil francos, ¿está? Pero ella no quería. To be or not lo be; ser ó no ser. Si él quería quedarse con ella, bien, muy bien. Si no, que se marchase; ella sabía trabajar sola. Pero, al fin, pareció convencerse. S í tenía razón. Sería lástima que ellos, que habían creado el salto de la muerte, lo dejaran. ¡No se alegrarían poco los imitadores! H a s t a la noche. Y le dio su manita, que Francho estrechó con alegría. VI Todos se sorprendieron al ver acjuella noche á Alabel tan alegre. Desde su separación de Francho no se había desarrugado su entrecejo, ni habían perdido la tristeza sus hermosos ojos azules. Una muñequita rubia, con la cara muy seria, muy seria. Pasaba altiva entre sus compañeros, y el japonés aquél que la acechaba había soportado sus insultos de déspota ofendida. P e r o aciuella noche... F. ntró cantando el popular Bont Kill tto Bírds inglés: llie littlc birds that sivcetly singsl Oh, Ict thcm joyons Uve: and do not seek to takc tlecar Ufe... IVhicli yon car never yives... Desimés estuvo esnianlo con disimulo al ilaliano. Le vio primero cenar con la ecuyére. Después acompañarla á la pista. Y cuando, luego de seguirla con los ojos durante su trabajo, se adelantó á arar el caballo y la recibió en sus brazos a! bajar, Mabcl se echó á reir estrepitosamente. Cogió al tonto y le dio dos cachetes sin cesar de reir. Fué luego al empresario y le hizo perder su gravedad de siempre con sus actitudes imitando á la criolla. ¿Y al japonés, que le llenó la cara de betún? Sólo se consoló el pobre hombre cuando vio que al domador de gatos le había chamuscacio el bigote, so pretexto de darle una cerilla, i Acjuel bigote (lue él cuidaba como á las niñas de sus