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FOLLETÍN D e Bi ANCO Y N GRO Fancheta se fué á él como para acallarle, y cogiéndole del brazo, le dijo al oído: ¡Grita... grita más fuerte! El niño obedeció. El Normándote, impacientado, gruñía entre dientes, mientras el Manco enseñaba el puño á la pobre criaturita, diciéndole que le rompería los huesos si no sé callaba. La Virolosa SQ aprovechó de aquel momento para inclinarse hacia la señora Bernard. -Madre- -dij o precipitadamente, -vuestras ligaduras están cortadas, la puerta se halla abierta, escapaos por el jardín. ¡No! -contestó la granjera, volviendo á otro lado la cabeza. -Me quedo... No quiero deber nada á una miserable como tú. Pero la Virolosa no pudo oir esta cruel respuesta volviéndose hacia su hijo, fingía calmarle con dulces palabras, cuando, en realidad, tenía el implacable valor de pellizcarle disimuladamente para obligarle á que grítase con más fuerza. -Madre- -prosiguió á poco rato dirigiéndose á la señora Bernard; ¡por favor, salvaos! Pero aquella vez, á pesar de los lamentos del muchacho, pudo oir distintamente esta respuesta articulada con profunda indig nación: ¡Déjame, infame hipócrita! Me inspiras más horror que los ladrones y asesinos de quienes eres cómplice y amiga. ¡Que me maten, porque no podría vivir pensando que he dado el ser á un monstruo de tu especie! A tan terrible acusación, la Virolosa perdió su presencia de ánimo; y olvidando su situación, se volvió hacia la señora Bernard y la dijo en alta voz: -i Madre mía! No me condenéis sin oírme... Os juro que no he cometido ningún crimen... ¡Si supierais... i- ¡Calla! -replicó la granjera en el mismo tono. -Tenía razón tu padre: ¡estás condenada á maldita! El chiquillo se había callado súbitamente, y los dos ladrones pudieron oir el diálogo entre la madre y la hija. Al principio se quedaron asombrados de tanta audacia, y luego se levantaron blasfemando. ¡Bien decía yo! gritó el Manco. -Esta bribona es una espía que quiere dejar escapar á los prisioneros, y el chiquillo ha cortado las cuerdas. ¡Matarlos á los dos! baliució el Normándote. Pero no pudo permanecer en pie cayó sobre la silla, en la cual sólo pudo conservar él equilibrio agarrándose á la mesa. El Manco, mucho menos ebrio, quiso arrojarse sobre la Virolosa; pero en el momento en que pasaba cerca de Daniel, éste le asió disimuladamente de una pierna, y el bandido cayó de bruces, quedando por algunos segundos aturdido del golpe, aunque no había recibido gran daño. Este incidente hizo volver en sí á Fancheta, que tomó á su niño, y dirigiéndose á la granjera, la dijo con voz firme: -i Madre! Mi padre y vos me habéis rechazado cuando quería salvaros y volver al buen camino. ¡Adiós para siempre y que Dios os perdone! Y huyó precipitadamente. Era ya tiempo, porque é. Manco acababa de levantarse, echando espumarajos de cólera. Al ver huir á Fancheta, sacó una pistola, ta amartilló y echó á correr tras ella, alcanzando todavía á verla al extremo del patio, en dirección al jardín. Extendió el brazo y disparó. Por fortuna no salió el tiro y la fugitiva se perdió de vista. La prudencia aconsejaba al bandido no abandonar su puesto para perseguirla. Volvió, pues, á entrar en la casí- y á fin de evitar nuevas sorpresas, trató de componer la puerta desvencijada. No pudiendo conseguirlo, llamó en su auxilio al Normándote, pero éste no se hallaba en estado de ayudarle, porque después de haber resistido un instante al adormecimiento que se apoderaba de él, había caído bajo la mesa completamente borracho. Viendo el Manco que sólo podía contar xon sus propios recursos, amontonó algunos muebles ligeros delante de la puerta y se dio prisa á atar de nue t) á la pobre granjera. Después resolvió examinar si algún otro pnsionero había logrado desembarazarse de sus ataduras. Ignoraba que Daniel era quien le había hecho perder el equilibrio momentos antes, y atribuyó su caída á la casualidad; pero, por efecto de su natural desconfianza, iba á proceder á una requisa harto peligrosa para Ladrange, cuando una circunstancia nueva vino á dar distinto curso á sus ideas. La cofia de campesina que llevaba María se había desprendido, dejando escapar largos y? sedosos bucles de un rubio claro; su venda dejaba descubierta la parte inferior de la cara, blanca y mate y como el mármol. Adivinábase su talle flexible y delicado bajo sus vestidos, y el conjunto de su belleza se revelaba á su pesar, como un diamante oculto al débil rayo de luz que la alumbraba. ¡Esta es! -dijo el Manco. -Esta es la que yo buscaba para abrazarla. ¡Voto á los diablos, que es mucho más guapa de lo que me había parecido en un principio! La señorita de Mereville oía estas palabras y todos sus miembros se estremecían. Pero Daniel las había oído también, y su mano buscaba en la obscuridad el sable que el Normándote había dejado caer al rodar bajo la mesa. El Manco vacilaba como si un terror secreto turbara su espíritu. -i Bah! -dijo por fin. -Nada se pierde por robar un beso... Además, nadie puede verme. Inclinóse hacia María y acabó de separar la venda que ocultaba una parte de su rostro; pero al primer contacto de la mano del bandido, la muchacha, estremecida de horror, lanzó un grito penetrante. Continuará.