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F O L L E T Í N D E B L A N C O Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET l í CONTINUACIÓN No traigo órdenes para vosotros, señores- -respondió la Virolosa humildemente; -soy una pobre mujer sin asilo, y no pudiendo pasar la noche fuera con mi hijo, he creído que acaso me permitiríais esperar aquí el día. -i Cómo! -exclamó el Normándote, ¿no eres de la banda y te atreves... ¿Qué te decía yo? -añadió el Manco, levantando de nuevo su arma sobre la rnendiga. Esta se apresuró á pronunciar algunas palabras extrañas, y los dos criminales se cal- niaron. -Está bien- -dijo el Normándote; ¿por qué no has hablado... Ea, ahí puedes descansar con tu chicuelo, si quieres; no hay en ello ningún inconveniente. Se volvió á sentar y continuó bebiendo. El Manco no parecía tan satisfecho. -i Es una espía: -dijo ron ronca voz, -pero yo estaré á la mira! Y fué á ocuoar su asiento al lado del compañero, quien le alargó filosóficamente la botella. La Virolosa, al parecer muy contenta por haber sido admitida en la casa, se sentó en un banco mientras su hijo jugaba á los pies. Paseó lentamente su mirada por toda la habitación, oero la escasa luz que L alumbraba no la. Dermitía distinguir, entre todas aquellas personas inmóviles y cubiertas, á aquella á quien tal vez había ido á buscar. -Ove, Virolosa- -dijo Normándote, cuva lengua empezaba á trabarse á causa de las frecuentes libaciones, ¿sabes algo de allá? -Sí, sí, todo va bien- -contestó la mendiga distraídamente. -Al granjero Bernard nada le ha pasado; tan sólo se ha exigido de él que hiciese abrir la puerta del castillo; pero tengo la seguridad de que está sano y salvo. Esta- jticia, más oue á ninguno de los dos bandidos, parecía dirigida á alguna otra persona dejas presentes. Un débil grito salido del otro extremo de la sala indicó á Fancheta que había sido comprendida. jn. iü está mi madre! pensó ésta. Después se inclinó hacia el niño y le dijo algunas palabras en voz baja. Uno de los bandidos se reía estrepitosamente, mientras el otro fruncía el ceño con aire de desconfianza. -i Voto á bríos! -exclamó Normándote. ¿Te estás burlando de nosotros? ¿Qué nos importa que el granjero esté vivo ó esté muerto. Lo que te pregunto es dónde se bate el cobre: ¿es allá á la parte de la casa? -Yo... yo no sé- -balbució la mendiga, -que evidentemente pensaba en otra cosa. ¡Escucha! -dijo el Manco levantando el dedo para recomendar atención. Oíanse á lo lejos gritos prolongados, desgarradores, como de una persona á quien se degüella. El castillo del Breuil distaba lo menos un cuarto de legua de la granja, como hemos dicho; pero el silencio de la noche era tan profundo, la voz tenía un acento tan agudo, que los clamores podían muy bien venir del castillo. -Vamos, todo marcha perfectamente- -dijo el Manco frotándose las manos. -i Bebamos! -exclamó el Normándote, que cogió medio á tientas la segunda botella, ya casi vacía. Al oir aquellos pavorosos lamentos, Daniel quiso levantarse, pero volvió á dejarse caer, considerando la inutilidad de toda tentativa de su parte para ir á socorrer al viejo Ladrange. Además, no podría dejar á María en aquel momento de crisis, y aun cuando lo hiciese, ¿qué auxilio podía prestar á su pariente contra la numerosa banda de criminales que había invadido, según todas las apariencias, el castillo del Breuil? Permaneció, pues, inmóvil y ocultando en la obscuridad las terribles emociones que se reflejaban en su rostro. Los gritos lejanos se debilitaron poco á ¡JOCO y concluveron por extinguirse del todo. La Virolosa permanecía, al parecer, indiferente á lo que pasaba fuera. Sentada en su banco, con la cabeza apoyada en un armario, no h cía el menor movimiento; hubiérase dicho que se preparaba á dormir. Su hijo jugueteaba á su lado, y de cuando en cuando se aproximaba á alguno de los cuerpos tendidos en el suelo, que sólo daban señales de vida por algunos estremecimientos ó dolorosos suspiros que dejaban escapar de cuando en cuando. Al verle culebrear arrastrándose sobre las manos, todo lo que podía creerse era que obedecía á la necesidad de movimiento y á la curiosidad infantil. Daniel sospechaba, sin embargo, que la madre le hacía señas furtivas, pero no podía asegurarse de ello por la obscuridad. El niño no tardó én detenerse delante de la señora Bernard y se echó á su lado, continuando sus movimientos irregulares y volviéndose de vez en cuando hacia los bandidos para dirigirles una sonrisa... Armado de una mala navaja, el hijo de Fancheta cortaba, ó más bien serraba, con precaución las cuerdas que sujetaban los pies y las manos de la granjera. La operación fué desempeñada con tanta destreza, que los bandidos de nada se aperciberon: tan sólo la Virolosa esperaba con ansiedad el resultado. Por fin, el niño se levantó y miró sucesivamente á su madre y á la granjera con cierta Sorpresa y perplejidad candorosas. La madre, por su parte, aparentaba no ocuparse de la señora Bernard; y fijaba sus ardientes miradas en el muchacho, que no sabiendo ya qué hacer, se puso á llorar.