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-C ñas de llevar la contraria! Ahora ya estoy sereno, y como pienso con calma veo claro que no debo comprometeros... y basta. Dejémoslo. (Va á separarse de la capta. Mira, Julio... si c; tá tan interesada Teodorita... Yo no quiero que por mí... Vamos, sé franca; ritambién te sientes curiosa? Antes no; pero ahora... i Vaya! ¿A qué fingir? ¿Queréis verlo, como yo? Sí. ¡Pecho al agua! (Se dispone á ahrir la caja, y las dos ni ñas se acercan con viva curiosidad. Cuidado. ¿Puedes? La llave gira y no tropieza en nada. ¿Tendrá algún resorte? Aprieta Callad. Quizá empujándola hacia los lados... ¿Óisteis? Sí, como un muelle. Levanta la tapa á ver si está abierta. (Con alegría. ¡Ya se abre! A ver? ¡Ay. (Da un grito. iAy i Ay, qué dolor! Ay, mi mano! ¡Ay, mi nariz! i Ay, mi cara ESCENA F I N A L Dichos y D. JUAN 7 RELATOS DE CAZA JULIO. LA HAZAÑA D E I B R A H I M p ra Ibrahim un valiente y muy diestro cazador, que se ganaba la vida comerciando con las pieles y las plumas de los animales que caían bajo su certera puntería. Los funcionarios ingleses de Calcuta le conocían muy bien por las numerosas veces que hubo de acudir á ellos para cobrar las piastras que allí se ofrecen á cuantos dan caza á algún feroz animal. Una tarde salió Ibrahim á su consuetudinaria tarea, sin importársele un ardite las voces que corrían de haberse establecido en los alrededores un tigre. Aunque nadie le había visto, sabíase que dos ó tres correos habían sido víctimas suyas. Sucedió, pues, aquella tarde que el cielo, hasta entonces (le un intenso y limpio azul, se cubrió repentinamente de negruzcas y densas nubes, la brisa se hizo desenfrenado huracán y el murmurio de árboles y cañas se convirtió en desesperado rugido, como si la Naturaleza temblara sobre sus cimientos. Muy pronto, cárdenos relámpagos arañaron las entrañas de las nubes y aturdidores truenos, de siniestro retumbar, sonaron como las locas notas de un gigantesco y desacordado violoncello. Ibrahim, lleno de espanto, se metió en una obscura caverna, á tiempo de que las primeras gotas de la lluvia comenzaron á INÉS. JULIO. INÉS. JULIO. LAS DOS. JULIO. INÉS. TEODORA. JULIO. INÉS. TEODORA. JULIO. INÉS. 1 EODORA. JULIO. LAS DOS. JULIO. INÉS. TEODORA. JULIO. TEODORA. INÉS. D. JUAN. TEODORA. D. JUAN. ¿Qué sucede? i Av, abuelito! ¿Veis como se sabe todo? ¿Veis como vosotros fuisteis los que me avisasteis? ¡Tontos Pretendíais engañarme. Abrid las ventanas pronto y veréis como se marchan las avispas. Ser curiosos es un defecto que á veces tiene sus quiebras. Vosotros podéis dar la prueba de ello; pero el pecado más gordo está en la desobediencia. rEODOKA. (Que no puede contener su curiosidad. i Pero dónde está el tesoro? D. JUAN. En el escarmiento, hijita; en l á lección que supongo que para lo sucesivo os habrá abierto los ojos. Cuando los que más os quiéreos prohiben algo, es sólo por evitaros un daño. Venid y os curaré pronto las picaduras de avispa, y sed dóciles, que el fondo de la rebeldía encierra enjambres más peligrosos. ¡Porque dejan en el alma 1 aguijón venenoso! CAE EL TELÓN -r- nj x W 5 caer sobre la reseca arena. Cuando sus ojos se acostumbraron á las tinieblas, vio unos puntos luminosos que se movían como menudos fuegos fatuos. En el mismo instante hirió sus narices un tufillo inconfundible y, libre ya de toda duda, exclamó: ¡Estoy en el cubil, en el cubil del tigre... 1 Volvióse con rapidez hacia la entrada de la caverna y en aquel momento dibujóse en ella, admirablemente recortada por la claridad, la silueta del temible animal. Ibrahim se acurrucó, apuntó con mucho cuidado, disparó, y el tigre, dando un formidable rugido, cayó moribundo, coreado por el gañir de sus pequeñuelos. Entonces, el valiente cazador los remató y, saliendo de la covacha, corrió á la inmediata aldea donde fué ovacionado como un héroe. Y desde tal día, cuándo un extranjero pasa por allí, siempre hay quien le diga: ¿Conoces la hazaña de Ibrahim... José A. LUENGO.