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EL P E Q U E Ñ O H E R C U L E S CONCLUSIÓN Aun cuando tu padre me presentó á todos tus amigos, y todos se esforzaban en serme gratos, tratándome como á un camarada, yo, instintivamente, rehuía acercarme á ellos; sus conversaciones, sus juegos, su manera de ser, para mí incomprensible, me enojaban. Además, yo no era de su misma clase social: era el intruso, el advenedizo, el pobrecito Hércules del circo, que hacía de señorito por complacer al verdadero, que se entretenía, humorísticamente, en hacer de saltimbanqui por esos mundos de Dios. Las excursiones en automóvil y los paseítos en canoa me producían vértigos espantosos. Por las noches, cuando mayor era el silencio y la quietud en el palacio, me despertaba azorado, presa logo que leí, siendo niño, en un libro infantil. Un canario vivía venturoso, todo lo venturoso que puede ser un canario dentro de una magnífica jaula. Sus necesidades, harto limitadas en un pájaro, satisfacíalas caprichosamente á pico qué quieres, pues siempre tenía á su disposición agua, alpiste, terroncitos de azúcar y hojas de lechuga. Su ama, una bellísima señorita, le cuidaba y le mimaba como- sólo saben cuidar y mimar las mujeres á los, pájaros. En las horas de sol, durante- el buen tiempo, la jaula pendía de una escarpia fuera de la ventana, que se abría á un jardín lleno de rosas. El canario, que nació en una jaula, y en una jaula pasábase la vida tan quieta y felizmente, miraba envidioso cómo los gurriatos, los golfos en el mundo de los volátiles, rasgaban con sus alas grisientas el azul de los cielos. ¡Áh- -piaba el aristócrata enjaulado, -si pudiera volar como ellos! Un gurriato, el más descarado de la banda, dio en la flor de acercarse a la jaula y picotear golosamente el alpiste del comedero. Una tardecita el canario declaró, al que tan frescamente le comía su alpiste, la ansia que sentía de salir á volar por el mundo. El gurriato escuchábale entre atento y sorprendido, por parecerle una gran tontería lo que ambicionaba su interlocutor. Bien se echaba de ver que el señorito canario no sabía palotada de lo que ocurre en el mundo de los pájaros de menor cuantía, la hambre y el frío que pasan en el desolado invierno. Si lo supiese, no se saldría de la jaula. Astutamente aconsejó al iluso prisionero que abandonara su cárcel al menor descuido de la amita. Y, i zas! siguiendo al pie de la letra el consejo, el canario se escapó de la jaula, viniendo á ocuparla el gurriato, que ya se había posado en aquélla. ¿Adivinas el trágico fin de aquel cambio... El gurriato se murió de tristeza piando por su libertad, y el canario, inhábil para tender el vuelo y buscarse un nidal, lanzó su último pío recordando los días venturosos que pasó en su jaula. La moraleja igual puede aplicarse á los pájaros que á nosotros. Creyendo ser más venturosos, hemos cambiado nuestros destinos, ignorando que la felicidad sólo depende en saber conformarse con el papel que en el mundo nos hace representar la Providencia. de terroríficas alucinaciones. Con el miedo y la angustia del que teme verse sorprendido por unos enmascarados, prontos á asesinarle, erguía la cabeza y escuchaba... el propio latir de mi corazón. Tal ha sido mi existencia desde que ambos hicimos el cambio. Todos los días, al levantarme, tenía el firme propósito de abandonar el palacio, de volver á mi oficio de artista errabundo; sentía la nostalgia de yerme entre los míos, con mi traje, de mallas, trabajando en la pista, recibiendo los aplausos del público... Y todos los días desistía de mi designio de recobrar la suspirada libertad... por no cometer una ingratitud contra tu padre, que me colmaba de bondades. Hoy, por fin, en un decisivo arranque de la propia voluntad, he huido de tu palacio como huyen los cobardes ó los delincuentes. No habría sabido separarme de mí bienhechor. Aquí, en el bolsillo, se encuentra el billete que ha de transportarme á Nueva York, en uno de cuyos circos pienso reverdecer los lauros del pequeño Hércules. Una corta pausa siguió al relato de Masin Night. Roberto lanzó un suspiro. Amigo Masin- -dijo; -lo que nos ha ocurrido con nuestro trueque trae á mi memoria un hermoso apó LA CAJITA m. CONCLUSIÓN D. LARRU. MISTERIOSA JULIO. ¿Quién? ¡Ah, Teodora! INÉS. Teodora. TEODORA. (A Julio. ¿Eras tú el que censurabas mi curiosidad? ¡Mi prima fué la más afortunada! INÉS. Te equivocas. Yo le he dicho que no la abriera. TEODORA. i Qué farsa! JULIO. Aquí no hay farsa ninguna, sino una, cosa muy rara que me ha, sucedido. Cuando quería abrirla mi hermana, meioponía muy de veras, y cuando me aconsejaba Inesita que no abriese, fué cuando me entró la gana de abrirla. TEODORA. ¡Como que siempre