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respeto ni consideración á la próspera industria funeraria. Todos, también, cultivamos, con más 6 menos esmero, la delicada flor de la aprensión, desconocida en el vergel del Paraíso... Si el padre de Caín levantara la cabeza, además Estas enfermedades son esdrújulas, aunque en algunos momentos suelen ser también agudas. Pero no son breves, sino todo lo contrario. Por regla general, nadie vive tanto como un enfermo crónico. A sí es cosa corriente, cuando se reúnen tres ó cuatro amigos, escucharles esto, ó algo parecido, con música de El joven Telémaco -Yo soy artrítico... -Yo soy gastrálgico... -Yo soy díspépsico... ¡Vaya por Dios! Y menos mal que hasta los mismos poseedores de la dispepsia, de la gastralgia y del artritismo se habitúan á sus molestias y las toman un poco en broma, que si no, ¿qué sería de la humanidad doliente y averiada? Una sola cosa es lamentable: la seguridad de que las dolencias crónicas han de acompañarnos hasta la tumba, si cumplen verdaderamente con el deber de cronicidad que les está asignado. Ni siquiera cabe contra ellas el recurso de la cirugía, que extirpando el miembro dolorido, acaba de una vez con sus dolores. Por eso, hasta el pseudo- pauperismo que nos atosiga por las calles, con desprecio de las diversas disposiciones encaminadas á destruirle, abandona la exposición de brazos y piernas lacerados con que antiguamente ablandaba los corazones. Se adapta al ambiente, y pide limosna en nombre de esas eternas enfermedades que todos, más ó menos, padecemos y comprendemos. de proporcionarnos un disgusto, vería que su célebre frase es hoy más que nunca elocuente, justa y oportuna. Y tal vez la añadiera un adjetivo, no menos indicado, que ha venido á desvirtuar la substancia de su legítima descendencia. ¡Sí, sí... La humanidad doliente es también la humanidad averiada, sin que pueda decirse si el dolor la causó sus averías ó si de sus averías se duele precisamente. No hay más que leer la cuarta plana de los periódicos, y á veces la tercera, la segunda y hasta la primera... Allí aparecen anunciados, con toda clase de elogios y recomendaciones, la serie infinita de específicos que curan todas las enfermedades; en ocasiones, juntO á la esquela de defunción de un amigo que falleció de la enfermedad que remedia el específico... ¿Y quién no ha comido alguna vez en la mesa redonda de un hotel... Allí vería las distintas aguas minerales que ingieren los que sin duda las necesitan, y á un señor que se toma una pildora antes de empezar, y á otro que se echa unas gotas en el vino, y á otro que disuelve unos polvos en el agua y se los traga á los postres... ¿Cómo dudar, después de estos ejemplos, escogidos entre los visibles nada más, que la humanidad doHente es también la humanidad averiada... Si. Estamos averiados; lo que equivale á decir: ¡aviados estamos! Sólo nos queda el consuelo de pensar que siempre ocurrirá lo mismo, y que muy pocos, pero muy pocos de nuestros compañeros, se escapan á los rigores de esa ley natural que resulta algo desnaturalizada... En efecto; pasada la juventud, con sus esplendores y magnificencias, todo ciudadano que no entrega la piel á consecuencia de cualquier El otro dia, precisamente, vi á un pobre con un accidente del trabajo, queda sometido de por vida cartelito que decía: Nefrítico y cardíaco, al disfrute de una enfermedad que hd de cuidar ¡La última palabra de la mendicidad bien enícon el mimo que merece. tendida GIL PARRADO. SIDUJOG DE UEDIDA VEBA