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LA HUMANIDAD DOLIENTE l- l AY algún erudito que se atreva á decirnos, y á probarnos sobre todo, quién fué el autor de esa frase, tantas veces repetida por los filósofos, poetas, novelistas, periodistas y demás individuos de la numerosa familia de los plumíferos? Yo, sin ser erudito, voy á permitirme descubrir el nombre del autor de esa frase: Adán. Sí, señores; Adán, nuestro querido padre, el primer hombre, fué quien dijo por primera. vez: La h- umanidad doliente aludiendo, no ya á la herencia desagradable que nos dejaba, pero también á sus propias sensaciones. ¿Quién ha olvidado las aterradoras palabras de Jehová, preámbulo del decreto de expulsión del Paraíso... Si con ellas condenaba al dolor á la pareja humana, esta pareja tuvo que ser doliente al empezar á extinguir su condena... Pero yo me refiero precisamente al dolor moral, purificador de las almas y dignificador del mundo- -en opinión de ciertos moralistas que alegran la vida, -sino al dolor físico, que no purifica ni dignifica tanto... ¿Es aventurado suponer que nuestro padre Adán, iniesto que tenía cuerpo y fué mortal, sintiese en él cualquiera de las infinitas molestias, afecciones, averías ó enfermedades que han hecho precisa después la creación de una ciencia, con su correspondiente cuerpo facultativo encargado de explicarla y aplicarla... Ya sabemos que hay ciertas enfermedades nacidas al calor de la civilización, y otras originadas por el sucesivo desgaste de las generaciones, ninguna de las cuales pudo existir entonces; mas tampoco ignoramos que hay dolencias naturales, que, por el hecho de serlo, tendría que sufrir naturalmente el desventurado fundador de la familia humana. Tal vez algún espíritu ligero me objete. diciendo que eso no es posible, ya que el digno esposo de Eva estaba en posesión de un. organismo perfectamente sano, espléndido, flamante, como recién salido de la tienda... Y esta observación, que parece definitiva, queda pulverizada desde luego con sólo recordar que, según los últimos descubrimientos, el hombre lleva en su interior cantidad de animalitos suficiente para intranquilizarle. Fuerte y magnífico sería el cuerpo de nuestro querido pa dre pero, ¿v los bichitos que le disfrutaban, no tenían también su fortaleza... Consolémonos al considerar, por ejemplo, ante el flemón que nos desfigura el rostro, que nuestro dolor de muelas tiene un largo y gloriosísimo abolengo. Mas ¡ay... ¡Quién se encontrara. en aquella dulce edad qué aun no conocía ciertas cosas ni por conocerlas se preocupaba... En nuestro tiempo, á más de los gajes que el progreso nos regala, hay algo que aumenta el disgusto de la humanidad doliente su afán por- escarbarse, como si dijéramos, en las enfermedades naturales. -Todos queremos saber lo que tenemos, sin que nos baste la palabra del médico, á quien corrompemos las oraciones con preguntas extraídas de. los manualetes de vulgarización científica. Todos deseamos curarnos nuestros respectivos alifafes, sin