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NAPOLEÓN J o os alarméis antes de tiempo; puede dor mir tranquilo el estratega corso, que no es mi intención turbar en lo más mínimo el sueño bien ganado del vencedor de Jena y Borodino. De otro ser más humilde voy á ocuparme; os contaré su vida, que fué breve como la de las rosas; os contaré su fin, espeluznante y trágico... Reíos si queréis; tal vez se os antoje mi relación pueril y anodina, mas pueril y todo, su recuerdo perdura en mi memoria; y hoy, al rememorar el infausto suceso, mi alma tiembla de frío, como tembló aquel día luminoso de sol ardiente, sobre el mar de esmeralda, bajo el tapiz turquesa de los cielos... El Napoleón de mi historia era... un gato; un gato blanco y rubio, de fina piel, ojos verdes muy grandes y expresivos, orejas diminutas, sonrosado hociquito y manos bullidoras é inquietas, juguetonas y suaves; manos que acariciaban sm arañar, ojos que sonreían reflejando una paz interior inconmovible, orejas que á la luz dejaban traslucir su delicada urdimbre, veteadas de rojo como un bloque de cornalina. Napoleón nació en la mar; nació en el punto y hora críticos en que nuestra ancla- -inactiva después de muchos días de crucero á través del Atlántico austral- -caía atronadora en las aguas profundas de la isla Santa Elena; ello explica su nombre; decidimos llamarle Napoleón, en recuerdo del César cuya prístina tumba visitamos en tierra una tarde lluviosa y destemplada. En cnanto abrió los ojos murió su madre, cierta gata blanciuísima, cariñosa y valiente; en eso asemejóse su destino al de muchos humanos, cuyas vidas se logran á expensas de otras vidas; huérfanos al nacer que habrán de llorar siempre, porque en su nacimiento presidieron las lágrimas. Su padre, un gato pendenciero y bravucón, que era á bordo el espanto de las ratas, no se cuidó del hijo, por imitar sin duda á muchos otros padres que se llaman humanos y todos conocemos; nuestra intervención solucionó el conflicto y Na poleón entró en la cámara á tambor batiente, prohijado por los oficiales. Cuidamos de él como de cosa propia; lo engordamos á fuerza de leche condensada; seguimos paso á paso sus progresos; lo bañamos y compusimos; descorchamos por fin unas botellas, festejando el día en que Napoleón, hecho ya un hombre, salió de la lactancia para comer de todo. Un marinero que era, amén de otras mil cosas, habilidoso artífice, labró con un chelín á golpes de martillo un cascabel lindísimo; ese cascabel y una cinta de seda adornaron el cuello de Napoleón, y cierto día lo vimos muy contento, agitando con sus blancas manitas el cascabel de plata delante de un espejo. Fué el rey del barco; paseaba de proa á popa obsequiado por todos. ¡Napoleón! -le llamaban, y Napoleón acudía solícito para comerse el mejor bocado; se tumbaba en cubierta cara al sol, esperando la mano que había de rascarle; entornaba los ojos, ronroneaba plácido, hacía mil monadas con su gracia felina, tan ingenua y amable, se ponía en dos pies, saltaba, subía á nuestros hombros, se escondía en los botes, trepaba como loco por los negros obenques, y de noche, ya se sabía: de noche se instalaba en el puente, haciendo compañía al oficial de guardia, con quien luego cenaba allá á las altas horas... Fué nuestro compañero, fué nuestro amigo; le adorábamos todo. s, y nuestra adoración fué adoración verdad, cariño de la más pura ley, contrastada por el sacrificio, que sacrificio son en suma todos los amores. Yo recuerdo haber visto, en noches de mal tiempo, cuando soplaba el huracán y el barco se tambaleaba como un borracho sobre la mar furiosa, dormir á Napoleón tranquilamente, instala- do en el centro del cómodo diván que había en nuestra cámara; y recuerdo también que algún; amigo mío abandonó la litera, revolcadero horrible donde no había forma de dormir, en busca del diván bienhechor, que brindaba el regalo de sus muelles al cuerpo entumecido. Nadie lo ocupó nunca; nos pasamos las noches de pie y de claro en claro, para... no molestar á Napoleón que dormía tan terne. Yo no sé si la cosa es sublime ó ridicula; todo depende del punto de vista en que os coloquéis para juzgarla. Dije que á Napoleón le adorábamos todos, y no dije verdad; había entre nosotros un oficial atrabiliario que jamás le guardó el menor miramiento; ni una leve caricia, ni un mal terrón de azúcar, ni una triste galleta, nada. Napoleón le odiaba por instinto, temblaba en su presencia, huía de él, y en su rencor insano, eligió (averigüen ustedes por qué extrañas razones) eligió digo, el camarote del ogro, para dar rienda suelta á aquellas expansiones necesarias é imprescindibles de su naturaleza material y prosaica. El caso era tan cómico que á todos nos produjo singular regocijo; á todos menos al interesado, naturalmente. Y como ello se repitió un día y otro día, el furor de la víctima no reconoció límites; juraba, pateaba; murmuró descompuesto: -Arregladlo como queráis, porque me voy hartando; al condenado gato lo tiraré yo al agua cuando menos lo piense... -Prepárate á ir detrás- -le respondió uno de nosotros. Tenía que suceder y sucedió; Napoleón dormía como siempre, hecho una rosca en el diván mullido de sus triunfos; el tirano entró en su ca-