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M 7 au ¿iER men n 1 de liberty negro, lisera de rojo y cinturón de 1 cuero del mismo tono, es realmente monísimo. E l sombrero debe de ser negro, cubierto de plumas de tántalo. O t r o sombrero muy gracioso es de paja tostada, de ala pequeña por el lado derecho, aumentando progresivamente hasta convertirse en muy g r a n d e por el izquierdo, sujetándola como u n sombrero de teja, pasa de un lado á otro una cinta ancha de terciopelo chandron, formando un gran lazo sobre la copa. U n detalle m u y interesante: las golas han desaparecido por completo y los bicscs de gí. sa ó tul blanco, también. El buen gusto aconseja que los cuellos, de cualquier género que sean, terminen con una cintita estrecha de moira negro. CONDESA D ARMO. NVILLE. LAS VISITAS as visita. constituyen la primera ocupación de toda persona que vive un poquito en el mundo per aunque todos hacen visitas, son muy pocos los que saben sacar partido de ellas. En las grandes capitales, hoy día, ha desaparecido la esencia de esc acto, que antes se hacia ¿impulso del afecto, y ahora se reduce á una demostración de cortesía y de buen tono. ¿Qué señera elegante tiene menos de doscientas visitas anotadas en su hbro? Ninguna: ese es el mínimum; pero preguntadle algo referente á las tres cuartas partes de esas familias con quienes cruza sus tarjetas, y os contestará con la mayor ingenuidad: No sé, me la presentaron en casa de Fulano fui ó vino á verme; es muy agradable; se viste muy bien; pero no la conozco. Esto es lo más frecuente; menos mal cuando la persona á quien se visita es simpática, porque los siete ú ocho minutos que se está en su casa no se hacen insoportables: cu cambio, hay otras que ponen en conmoción á toda la c rte celestial, sin sospecharlo siquiera. Las pobres son tan poco entretenidas, que al dirigirse á sus casas van pidiendo á todos los santos que no esté ó que no reciba. ¿Con qué satisfacción he oído decir muchas veces: ¡Qué bien me ha salido hoy la tarde! He hecho quince visitas, he ido á dar una vuelta al Retiro y tomado el té en. la Parisiana. Parece increíble, y no lo es, teniendo automóvil y teniendo la sitertc de no encontrar á nadie: las quince visitas se reducen á (luincc tarjetas. Esta actividad vertiginosa no deja tiempo para pensar ni aun para sentir; son tantas las cosas que los deberes sociales imponen, que no es posible detenerse en una sola, y como aunque las relaciones son innumerables, las amistades son muy escasas, la persona que por falta de salud ó desgracia de familia tiene que alejarse de ese centro una temporada, se encuentra en un aislamiento desconsolador y sin saber lo que le falta: echa de menos las delicias de la intimidad, la ausencia de amigos sinceros, que son los c uc dulcifican las horas tristes, h a culpa no es de nadie. y esclc todos los que, contra su gusto, se dejan arrastrar por la corriente. Las visitas debían ser, en vez de una penosa obligación, un deber agradabilísimo, sobre todo arf. la nniier. Quién ignora que las visitas son para ella la ocasión más- favorable de ejercer su poder? Los hombres reinan en el h. jército, en ki política, en os Tribunales ó cu. la Academia. La mujer es reina de los salones, del s n y o ó del ajeno, y el d l a q u c recibe ó ue es recibida, es nn día do bafalln. debe procurar obtener la -ictnria. I Sus armas son muchas: la elegancia de su toilette, la distinción de sus movimientos, de su belleza y de su gracia, los encantos de su cultura y de su inteligencia. El arte de hablar y de escuchar, el tacto de reunir las personas que mutuamente simpaticen, para que no haya violencia en su diálogo, el cuidado extremo de brillar, sin obscurecer á nadie, y de encauzar las conversaciones de modo que todos puedan lucir sus cualidades, la conquistarán un elogio universal, que exteriorizará su triunfo. Para esto hacen falta tantas dotes como para luchar en el campo de batalla ó en las Cámaras. Son luchas pacíficas y elegantes, que tienen por objeto apoderarse de las voluntades y de los corazones, para que, cuando los años implacables hagan sus estragos, aquellos sentimientos de admiración y de gratitud se transformen en veneración y cariño, y aquellas personas que acudían al salón de la mujer elegante para gozar oyéndolas, y lucir al amparo de su cariñosa protección, acudan al gabinete de la aneianita ó la alcoba de la enferma para hacerla olvidar sus tristezas ó sus dolores. Las visitas reales y efectivas son la cuna de las grandes amistades, de esas aue ni el tiempo ni la distancia son capaces de romper. I. as visitas relámpago son el origen de las pequeñas críticas. Como las gentes se veii, pero no se conocen, no saben de qué hablar, y se fijan en los detalles que faltan, en la ornamentación del cuarto, ó en la toilette del ama de la casa, ó en cualquiera otra pequenez por el estilo. En fin, optemos por las verdaderas visitas. DE TIENDAS P hacen los vestidos en casa, será de gran util ¡da ¡un aparato para redondear las faldas cortas. El mecanismo es sencillísimo; consiste en una peana redonda de madera, cuyo centro sostiene una especie de regla numerada con unas pinzas, que suben y bajan, donde se coloca el jaboncillo de sastre. Una vez concluida la falda por arriba, se prueba, y colocando el aparato á la altura que se desee, se le empuja suavemente alrededor de la falda; el jaboncillo hace mía señal muy fáeilde borrar y el redondo será perfecto. Y a llegó el momento de abandonar la corte; todo el rnundo se va. Unos al campo, para disfrutar de los encantos de la Naturaleza, y otros emprenden viajes en busca de emociones artísticas ó sencillamente porque es elegante marcharse. Sea el que quiera el objeto del viaje, siempre se tropieza con la dificultad de no saber cómo llevar los valores y alhajas de modo seguro. Este conflicto lo ha solucionado el bolsillo automático. Se coloca debajo de la falda, va pendiente de un cinturón y no se puede abrir sin oprimir el botón de una correa que debe ocultarse entre el cinturón (leí vestido ó entre los pliegues de la bhrsa. r l r o aparato de seguridad muy gracioso es el per fumador eléctrico. Se coloca alrededor de la boca del saco de mano, adaptándolo con facilidad, porque es de cinta metálica, en comunicación con un recipiente de goma f ue se esconde entre la funda del saco. Cuando el viajero, quiere dormir ó leer sin preocupación ni sohrcsalto, enchufa el extremo de la cinta metálica á una diminuta pila eléctrica que se oculta igualmente entre la funda, y si alguno intenta abrir el saco, recibe una ducha que le obligará sin duda á desistir de su propósito. ara las personas que con costurera, ó sin ella, s.