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gundos, y me, lo devuelve, de nuevo sombrero en mano y en la misma respetuosa actitud de antes. Siguen durante algún tiempo las miradas asesinas 5- vuelve luego á entablar conversación: -i Lástima que estos vagones sean tan poco cuidados! Para las señoras que como usted viajan con toilette tan primorosa, debían existir coches especiales forrados de seda... y sobre todo, alhajados de mullidas alfombras para resguardar piececitos como esos... Y, la mirada al suelo, dirigiéndose á su amigo Pietro, ¿has visto en tu vida cosa semejante... Instintivamente procuro bajar mi vestido, que por ser redondo me es imposible hacer llegar hasta el suelo. Y al ver mi movimiento, dice con aire de cómica desesperación: -i Por Dios, señora, no sea usted cruel! No nos prive de esa vista tan encantadora y tan... inocente. Después de todo, cuando pasea usted por la calle no impide á los transeúntes que vean sus pies, ni le choca ni se preocupa de que los admiren... Pues menos debe chocarle que eso hagamos nosotros, que tenemos la suerte de verlos aquí tan de cerca... Y sin darme ni tiempo de contestar, continúa la conversación: -i Qué día tan hermoso! ¡Se diría que no estamos en Agosto ni tan cerca del horno eterno! De verdad que este Albano es delicioso. ¿Lleva usved ya algunos días en él, señora, y pudo ver todo lo que encierra de interesante? -Estoy pasando aquí el verano y no por primera vez, así que nada me queda por conocer. -i A h! ¡De modo que vive usted aquí, y no he tenido hasta hoy la suerte de encontrarla... Pues aunque yo vivo en Roma, aquí vengo continuamente á visitar á mi madre... -Vivo muy retraída, y nada tiene de extraño... ¡Pero es un sacrilegio que viva usted retraída! Y en seguida: ¿El ivierno lo pasa usted en Roma? -Hace ya algunos años que esto muy lejos de allí. -De fijo es en París en donde vive... Sólo de verla así ataviada, se conoce que viene usted del centro de la elegancia y la civilización... -Paso temporadas en París, pero fijamente no vivo allí tampoco. ¡Entonces, es en el país de las hadas en donde usted vive... Debía haberlo adivinado; no te parece, Pietro... Medio en broma, medio en serio, siguió la conversación un rato entre los tres, y cada vez más apremiante de parte del marido de mi amiga, hasta que, levantándose de su sitio, vino á colocarse á mi lado y empezó á hablarme bajito, diciéndome unas cosas que si no me hubiesen divertido, sirviéndome de estudio psicológico, debían indignarme, pensando en mi pobre y confiada Cristinetta. Como sabía quién era y al fin y al cabo creí no tener nada que temer, confieso que fui siguiendo la broma, alentándole á veces, molestándome otras... ¡y el tren volaba... volaba... El amigo se hacía el distraído y, como por casualidad, fué á asomarse por la ventanilla opuesta, sentándose luego enfrente de la doncella de mi madre, á quien de vez en cuando dirigía la palabra. Arrullados por el tren, y yo por sus frases, más y más incandescentes, me iba encontrando á cada momento menos tranquila... No cabía duda; me había tomado por... lo que no era, y eso me despechaba é indignaba en extremo pero el deseo de darle al final una lección provechosa hízome ocultar esos sentimientos, y seguíamos... seguía hablando bajito, sin darse cuenta de las paradas del tren ni de los gritos que anunciaban las estaciones por donde íbamos pasando... Llegó hasta cogerme la mano y besarla con pasión... i De Luena gana le hubiera soltado una bofetada! Pero, nada; mi plan era vengarme de una vez. ¿Adonde va usted á parar en Roma? Dígamelo, se lo ruego... -No sé, no puedo decirlo; me espera un viejo amigo en la estación y él dirá adonde nos dirigiremos... -i Un amigo qu; a espera... Llabía que ver la cara que puso... Creo de veras que palideció. ¡Dichoso él... Pero permítame que dude lo de viejo... Será seguramente el afortunado poseedor de su cariño tal vez... -Y volvía á besarme la mano... -Pero me es i. gual; aunque no quiera usted decírmelo, 3 o la seguiré; toda la noche la seguiré si fuera necesario; averiguaré en dónde vive y allí me tendrá usted, loco á sus pies, dispuesto á todo, arrostrando las iras de su amigo y del mundo entero, ccn t: l de verla y de que sea usted buena. ¡Oh, sólo alguna vez buena conmigo! Ya verá usted qué sumiso, qué esclavo me tendrá de todos sus caprichos y deseos... Les digo á ustedes que eso iba volviéndose dificilísimo... dificilísimo por todos estilos... al fin y al cabo, era un hombre joven, guapo, nada vulgar... allí tan juntito á mí y tan insinuante... Cuanto más nos acercábamos á Roma el calor se volvía más asfixiante. Había sido ne esario bajar las cortinillas para evitar los ardores de los rayos del sol poniente, y la obscuridad del vagón me oprimía, parecíame que me faltaba aire para respirar... y aquel demonio de hombre, siempre allí, á mi lado, asediándome con sus importunos y persistentes chi coleos... Los otros dos compañeros de viaje dormían ó parecían dormir, mientras yo pensaba: ¡Dios mío, que lleguemos, que lleguemos pronto... Por fin, empieza el tren á disminuir de velocidad; se percibe por fuera más movimiento, voces que gritan, vendedores de agua, d; pasteles, de periódicos... el tren camina cada vez más lento, y... ¡Roma! dice la voz del empleado. Santa palabra! pienso yo, y me preparo á levantarme, decidid i á darme á conocer antes de bajar del tren y á infligir á mi don Juan la lección que me proponía; pero en menos tiempo que lo digo, antes que los durmientes abran los ojos, y sin que yo pueda ni percatarme ni sustraerme á ello, unos brazos vigorosos enlazan mi cintura y siento en la mejilla un insolente beso que me estremece y me quita las fuerzas hasta para gritar... ¡Roma! repiten por fuera; despiertan os durmientes, se abre la portezuela, y yo, aturdida, Dajo escapada con la rapidez del rayo, sin despedirme ni volver mis ojos atrás. Todo mi deseo era encontrar á mi viejo amigc y pedirle protección; al final del andén le percibo buscándome, y en cuanto me vislumbra se precipita hacia mí, adelantando los brazos y las manos para darse á conocer y demostrar su satisfacción. Se me acerca, me abraza, y quedamos conversando juntos un rato, mientras yo voy reponiéndome de la emoción pasada. En esto, los dos amigos, que por lo visto seguían mis pasos, al acercarse á nuestro grupo quedan estupefactos... Benvenuti, al verlos pasar, dice: -Adiós, Sampieri. ¡Hola, Rudani! ¿También desde Albano, eh... Y sin que pudiesen esquivarse, se adelanta hacia ellos cogiéndome del brazo, y me dice: -Quiero presentarte, hijita mía, dos de nuestros más elegantes mundanos: el marqués Sampieri, el conde Rudani... Y yo al primero: -i Tengo muchísimo gusto! Y volviéndome con cara burlona al segundo: Y a casi nos conocemos, ó, por lo menos, deberíamos... ¡Dígale á mi tan querida Cristinetta, que su mejor amiga ha venido de España á pasar el verano con su madre, y que un día de éstos irá desde Albano á darle un abrazo! MARQUESA DE B O L A Ñ O S DIBUJOS DE MÉNDEZ BBISOA