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almuer ü bajo el cenador de nuestro oloroso jardín, me encaminé hacia la estación en busca del primer tren que pudiera llevarme á Roma, Sin duda, mi vaporoso; vestido blanco, mi enorme sombrero cubierto de rosas y, sobre todo, mis blancos y puntiagudos zapatitos, debían chocar y llamar la atención, pues á mi paso se volvía la gente y murmuraba no sé qué frases que llegaban indistintas á mi oído... En la estación estaba el tren formado, y en el primer vagón vacío subí con la doncella de mi madre. Gomo llegábamos algo adelantadas, estuvimos pacientemente esperando que viniesen á cerrar la portezuela, inquietas á la idea de si tendríamos ó no la suerte de no ser molestadas, llegando al término de nuestro viaje. De pronto, nuestras esperanzas se vieron defraudadas, pues acalorados y anhelantes subieron dos caballeros: joven y guapo el uno; con el pelo gris y algo maduro e l o t r o los dos elegantes y de aspecto muy distinguido. Saludaron cortésmente y fueron á sentarse en el rincón opuesto al que nosotras ocupábamos. En seguida, las miradas de ambos se hicieron escudriñadoras é insistentes; las del joven, sobre todo, no se apartaban de mí. Confieso que al principio yo también miré con extrañeza, miré casi sonriente, como si me hallara delante de una persona conocida; y es que por mis adentros estaba dando vuelta á la idea de que yo conocía aquella cara... Pero ¿ouién era... ¿En dónde la h a b í a y o visto... ¡Toma... Después de tanto pensar, recordé la foto- grafía que me enseñó mi madre... Sí, por cierto; era ese el marido de mi amiga Cristinetta. Pero ¿cómo decirle nada, si ella no estaba allí para presentarnos el uno á la otra... ¿Cómo darme á conocer... No sé por cuál ridicula timidez, decidí conservar mi incógnito, suponiendo no faltarían ocasiones para conocernos pronto personalmente. i Pero qué manera de mirar tan extraña tenía ese hombre... ¿Y por qué cambiaba de vez en cuando con el amigo sentado enfrente de él signos de inteligencia y miradas que rne... molestaban y obligaban á bajar las mías... De pronto, un imprudente rayo de sol viene á reflejar en mi cabeza ó, mejor dicho, en las rosas de mi sombrero; en seguida, el marido de mi amiga, encantado de encontrar manera de entablar conversación, se levanta y, sombrero en mano, dice dirigiéndose hacia mí: -Aunque los rayos de sol buscan á sus semejantes, se me figura, señora, que con este calor debe molestarla ese que la ilumina; ¿quiere usted hacerme el favor de cambiar su sitio con el mío? Le doy tímidamente las gracias, pidiéndole no se moleste y asegurándole que gracias á mi sombrero no advierto siquiera que el so! oenetra. Vuelve á insistir muy amablemente, esta vez secundado por su amigo; y pareciendome ya ñoñería volver á rehusar su ofrecimiento, me levanto y cambio de sitio. En el asiento se me queda olvidado el pañuelo, que huele á mi perfume favorito. El lo recoge al instante, se lo lleva con expresión de beatitud á la nariz, en donde lo conserva unos se-