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quiero pensar en mis achaques ni en mis penas, pues no tengo achaques ni penas cuando te veo... I ¡Cuánto, cuánto te quiero, mamaíta mía! Cuánto he pensado en ti... Y así seguíamos ratos interminables, abrazadas las dos, olvidándolo todo, dichosas, completamente dichosas, de vernos reunidas. Pasadas las primeras expansiones, seguíamos conversando, en dulce y agradable intimidad, de nuestra vida del pasado invierno, de mil cosas y personas amigas... -Sabes- -me decía, -tu pobre compañera de colegio Marietta Gerini se quedó huérfana y sin fortuna; la pobrecilla no encontró cosa mejor que entrar en un convento. Encontrábame veraneando, al lado de mi madre ¡Monja! ¿Marietta monja... ¡Ella, tan alegre, querida, en Albano. ¡Albano! la reina de las pequeñas poblaciones que constituyen los alrededores de tan coquetuela, tan mundana... -i Qué quieres que hiciese? Tan sola en el Roma, i Quién no la conoce... Todo el que haya estado en la Ciudad Eterna no deja de visitar esos si- mundo, la infeliz... ¿Y Cristina, Cristinetta Arminto... ¿Qué ha tios tan pintorescos. Albano, Tívoli, Genzano, Arícsido de ella? Un siglo hace que no tengo noticias ela, Frascati... lugares todos interesantísimos, por suyas. los recuerdos que encierran de los gloriosos tiempos ¿Cristinetta... Pero si se ha casado! ¿Cómo que no mueren á pesar de los siglos transcurridos. no recibistes su parte de boda... Se casó con el conTiene además Albano la ventaja de estar situada en una pequeña altura, en donde agradables y deleito- de Rudani, un muchacho muy guapo, rico y de gran porvenir político. Por cierto que alií los tienes; se sas brisas permiten, á los que por distintas razones retrataron en su luna de miel y me enviaron ese reno pueden en el verano alejarse de Roma, ir á bustrato con tan cariñosa dedicatoria. Lee... car allí refrigerio á los tórridos ardores que se sufren en la gran ciudad. -Cristina y su cara mitad, á la bondadosa y santa mamaíta de su amiga más querida. Infinidad de trenes, á todas horas del día y ya ¡Pobrecilla! i Entonces, no me olvida... ¡Muy entrada la noche, establecen directa y continua comunicación entre la grande y las pequeñas ciudades; guapo de veras es su marido... -En Roma están, ¿sabes? Allí espera ella su sey se puede con facilidad ir á pasar el día desde Roma á Albano, y viceversa, volviendo cómodamente á dor- gundo bebé. mir en su propia xasa. ¡Ay! ¡Qué ganas tengo de ir á verla algún Mi madre, á quien por el delicado estado de su día. salud estaban prohibidos largos y cansados viajes, Y seguíamos, seguíamos charlando de todo y de pasaba los meses del calor en una casita blanca, sitodos, olvidando el tiempo y asombradas de oír dar tuada en medio de un hermoso jardín y rodeada de las doce en el reloj del simpático saloncito, adornajazmines y de rosas trepadoras. do con plantas y lleno de flores cuyo perfume nos Adoraba las flores, y constituía entonces una de embriagaba. sus mayores alegrías el aspirar su delicioso perfume, cuando yo, al despertarla, abría de par en par el bal Aunque Albano era un sitio encantador, fresco, cón de su cuarto. ¡Oh, la inolvidable poesía de esa sano, risueño, carecía de muchos recursos de los necasita blanca... ¡Oh, recuerdos tiernísimos de los cesarios á la vida; pero su falta apenas se advertía ratos pasados en los últimos tiempos de su vida al por las facilidades que nos proporcionaba la vecina lado de ese dulce ser, que fué la pasión de la mía; capital. Mi madre, delicada de salud, necesitaba á de ese ser tan perfecto, tan bondadoso y tan entramenudo de cosas y manjares imposibles de hallar ñablemente querido! en á veces algunos Cuando yo venía desde España á reconfortarme de Albano, y su doncella, tomandocomunicaban con los innumerables trenes que en su cariño, el viaje, que es largo y cansado, se me Roma, de allí traía en seguida todo lo necesario. hacía interminable; y cuanto más se acortaban las Un día, á la llegada del correo, fui agradablemendistancias, las horas parecíanme más largas, el calor te sorprendida, por una carta que desde allí me enmás molesto, los trenes más lentos. Entre la emoción viaba un viejo y excelente amigo de mi familia y que siempre me causaba la idea de volverla á ver, el temor de no encontrarla en relativo buen estado de mío. Habíase enterado de mi llegada, y expresábame, salud y la real y verdadera fatiga de esa larga jor- con su pena de no poder por sus achaques venir hasnada, llegaba yo en un estado físico y moral com- ta Albano, su grandísimo deseo de volverme á ver. Si vienes algún día por aquí, me decía, no dejes de pletamente lastimoso. Pero... al ver esa cara aún tan hermosa, iluminada al reflejo de la inmensa alegría avisarme, que iré á buscarte á la estación y te Uevaque mi llegada le proporcionaba; esos brazos ya algo ré á tomar Mít gelato... Un helado de los que, como recordaba, tanto me gustaban en mi primera juvendemacrados, tendidos amorosamente hacia mí; esa boca que sólo se abría para decirme ternezas, deseo- tud, i Pobrecillo! le dije á mi madre; tengo yo tam bién muchos deseos de verle, y pasado mañana, sa de estampar en mi frente los mil besos que me tenia guardados; al verla estremecerse por la más cuando por tus compras vaya tu doncella á Roma, si dulce y completa emoción, todo lo olvidaba: ¡el ca- me lo permites, iré con ella y avisaré antes telegrálor, el cansancio, las molestias y hasta los seres que- ficamente al barón Benvenuti. Inútil decir que mi madre, lejos de oponerse á mi ridos que dejaba tan lejos! Sólo me acordaba de echarme en esos brazos, deseosa de sentir su cora- deseo, accedió á ello gustosísima, encantada siempre zón latir contra el mío. En seguida, todo se conver- y deseosa de encontrar ocasiones para mimarme y tía en exclamaciones, preguntas y frases de ponde- complacerme. El día destinado á las compras amaneció hermorativa admiración... ¡Por fin! Aquí te tengo, hijita mía. ¡Creí que no llegarías nunca! ¡Y qué monísima sísimo: un día de luz y de alegría. Cielo sin man chas, diáfano, azul, deslumbrador. ¡Verdadero cielo vienes! ¡Cada vez más joven y más guapa! de Itaha! Las agradables y refrigerantes brisan que ¡Y tú, cada vez más buena, y más querida, macorrían, hacían más llevaderos los ardientes rayo- de maíta del alma! ese sol de Agosto, y yo, después del acostumbrado ¡Ya no te dejo marchar de mi laclo! i Ya no mente fija en aquellos momentos üe expansión, la rutinaria labor se me cae de las manos y no sé resistir á la tentación de transcribir una de las mil aventuras que á veces me contaba, y á las cuales continuamente la exponían su donaire y hermosura. Era una tarde muy desapacible, que convidaba á quedarse al lado de la chimenea. La lámpara, con rosada pantalla, que lucía sobre la mesa del saloncito sumía la estancia toda en poética penumbra, y mi amiga, ansiosa de prolongar esos ratos de inolvidable intimidad y juveniles confidencias, con su gracia natural y su palabra fácil y expresiva, así, poco más ó menos, comenzó su relato: