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FOLLETÍN D E BLANCO Y NEGRO ¡M i l diablos! Di, Manco, ¿vamos á pasar, así la noche, sin remojar un poco el gaznate? Lo que es yo, tengo una sed... Esta casa no tiene mala traza, y en ella debe encontrarse algo ciue beber. -Ten cuidado- -replicó su compañero, -porque está prohibido achisparse... Acuérdate de lo que nos ha encargado el Rojo. -Repito que tengo sed, y si se me prohibe beber dejaré el oficio con mil demonios. Me río yo del Rojo y dé todos. ¿Se habrán figurado que somos monjas secuestradas? -No hablarías así si el meg (i) pudiera oírte. Sin hacer caso de estas observaciones, el Normándote se puso á registrar los muebles, cuyas cerraduras habían ya sido violentadas, y no tardó en volver, trayendo dos botellas llenas de un líquido de color de oro. -Esto debe ser sidra- -dijo con satisfacción. Acercó á sus labios una de las botellas, y mientras bebía con avidez, pintábase en su fisonomía cierta expresión de beatitud. Por fin se decidió, no sin esfuerzo, á retirar eV frasco de su boca; se lo ofreció á su camarada y dijo, haciendo castañetear la lengua: asáremos una buena noche; pruébalo, es leg- ítimo coñac. El Manco, á pesar dé los escrúpulos que había manifestado, no se hizo de rogar; trasegó á su estómago una dosis de aguardiente más moderada, pero todavía bastante copiosa, y encendió en seguida su pipa. Al cabo de un mornento, la bebida empezó á hacer efecto. -Normandote- ój, io, ¿sa. hes que entre esas mujeres hay una muy guapa, á la que de buena gana daría yo un abrazo? -Ten cuidado, te digo yo ahora, de no meterte en un mal negocio: éi Rojo ha recomendado que se deje tranquilos á los corderos. Más vale beber; esto al menos refresca, ¡qué diablos! Y atacó de nuevo a la botella. ¡Bueno! -dijo, el Manco; -Si se pUede refresc. r, no está prohibido alegrarse, siquiera para pasar el tiempo. Te digo que una de esas individuas es joven y guapa; la he visto mientras Chaqueta- Verde la sujetaba. Pero ¿cuál de ellas es? Esto es. lo que yo no sé en este momento. Intentó levantarse, pero su camarada le detuvo. -I Bebe! -dijo presentándole la botella. El Manco tampoco se resistió esia vez, pero no por eso pareció disminuir su curiosidad. Levantóse, y sin hacer caso de Normándote, que le llamaba, se dirigió dando traspiés hacia las prisioneras y se inclinó para verlas la cara. La primera en quien se fijó fué la granjera. Alzó el viejo pañuelo que cubría el rostro de la señoiJ, Eernard, la cua al ver la luz, balbució dlLilmente: ¡Esposo mío... ¡hijo mía... El Manco dejó caer el velo y se alejó riendo (1) Me palabra qae en lenguaje de aquellos faeinero sos significa amo ó jefe. para ir á descubrir la cara de la señera de Merevilb. La marquesa tenía la tez encendida y las faccionts descompuestas. Diríase al verla que, á consecuencia de su desmayo, había sido atace. -la de -la fiebre ardiente. Fijó en el bandido su mirada temerosa y amenazadora á la vez, pero no pronunció una palabra. El üicnco retrocedió, siempre riendo. -i Cuernos d e Satanás! -murmuró; ¡lo que es ésta no me parece muy amable! Pero ¿dónde diablos está la guapa? Escudriñando todos los rincones de la sala, descubrió en fin á María, que procuraba hacerse iiivisíLle e: la sombra. La desgraciada hiña había adivinado que era ella a l a que se buscaba. Volvióse hacia Daniel y le dijo al oído: -Antes que se acerque ese miserable, mátame, Daniel... ¡te amo! Por terrible que fuese su posición en aquel instante, Daniel experimentó, un sentimiento inexplicable de alegría al oír una confesión tan preciosa para él; pero aquel movimiento de júbilo no fué más que un relámpago. Tenía que pensar en defender á María, aunque fuese á costa de su propia vida. La mesa sobre que estaban las armas se hallaba sólo á algunos pasos de distancia; pero Daniel no podía, á causa de las ligaduras. de las piernas, lanzarse con bastante rapidez para apoderarse de uno de los sables desenvainados que veía brillar á la luz de la vela. Por fortuna, sus brazos estaban libres, como hemos dicho, y arrastráiidose por el suelo, notó que uno de los ladrillos sobre que estaba tendido se movía en. su. caja, y forcejeando, hasta ensangrentarse los dedos, consiguió arrancarle por completo. Provisto de aquella arma improvisada, pero formidable, resolvió descargarla con todas sus fuerzas contra eí bandido si éste osaba acercarse á. María. Tomadas estas disposiciones con la rapidez que exigen las circunstancias, Daniel, ya más tranquilo, dijo por lo bajo á su prima: -Confiad en mí. En aquel instante el Manco se dirigió hacia ellos. Daniel, prevenido, le vio llegar y apretó convulsivamente su proyectil. Cuando su brazo iba á extenderse como un resorte de acero y á romper el cráneo deb forajido, abrióse tímidamente la puerta, y Fanchcta Bernard, ó la Virolosa, como la llamaban, entró en la sala con. su niño. Los dbs bandidos se arrojaron sobre los sables, poniéndose en defensa. ¡Asquerosa! -gritó. el Manco, ¿qué es. lo que vienes á hacer aquí? ¡Buena es esa! -dijo el Normándote reconociendo á la Virolosa. ¿No estás viendo que es de las nuestras? Debe tener el santo y seña cuando la han dejado entrar nuestros centinelas... Tal vez vendrá á comunicarnos alguna orden del meg. Continuará.