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LOS B N D J D O O e LA HOGUERA 11. CONTÍNUACJON Esta operación no tuvo al priiicipio otro resultado que hacer la compresión más doloroiz; pero al poco rato logró, redoblando sus esfuerzos, desembarazar algún tanto las vías respiratorias, y, por último, ver distintamente á través de una simple tela que quedó cubriéndole sólo. la parte superior de la cara. Una vez obtenido esté resultado, se vio precisado á descansar, porque le faltaban las fuerzas y estaba bañado en sudor. Mantúvose, pues, inmóvil y se puso á estudiar la situación de las diferentes personas reunidas en la sala baja de la alquería. Los dos bandidos estaban, en efecto, sentados á pocos pasos de él, delante de una mesa en que ardía una luz. El uno llevaba uniforme de guardia nacional y el otro de gendarme tenían las caras tiznadas con carbón, y mientras hablaban fumaban en pipas de asta. Los prisioneros no habían cambiado de postura unos estaban callados, como privados del sentido, mientras otros seguían quejándose en voz baja. Madama de Mereville, tendida cerca de su hija, parecía desmayada; pero la pobre María experimentaba sacudimientos convulsivos y hubierase dicho que iba á exhalar el último aliento. El temor por su querida prima devolvió todo su vigor á Daniel. Sin embargo, necesitaba conducirse con mucha prudencia, porque conocía que se hallaba completamente expuesto á la luz y adivinaba las miradas de los guardianes fijas sobre él, de modo que el menor movimiento sospechoso podía costaríe caro. Trató, oues, de acercarse á María por medio de ondulaciones mesuradas y como insensibles. De cuando en cuando se detenía, sin alentar siquiera, pero inmediatamente, animado por la tranquilidad de los bandidos, continuaba adelantándose con la paciente lentitud de un cazador indio que procura evitar la penetrante mirada del tigre que persigue. ¿Qué esperaba de aquella evolución? Tan sólo el consuelo de hallarse cerca de la señorita de Mereville, de dirigirla acaso una palabra para alentarla. Pero, con gran satisfacción suya, advirtió que aquellos movimientos repetidos habían dado por resultado desatar la cuerda que ligaba sus manos, y después de nuevos esfuerzos, cuidadosamente disimulados, sintió sus brazos completamente libres. Esto ya era algo, pero no todo. Si usaba sin precauciones de la facultad que acababa de recuperar, podía ser maniatado de nuevo y más sóHdamente, para evitar cualquier tentativa del mismo género. Así es que se guardó muy bien de extender los brazos y prosiguió arrastrándose con infinitas precauciones. Por fin se halló cerca de la persona que suponía ser María, y volviendo pausadamente hacia ella la cabeza cubierta con el lienzo, Murmuró en vo ¿muy baja: ¡María! querida María! me oís? La respiración de su vecina ra tan penosa, tan anhelante, que parecía P estertor de un moribundo. -i ye está ahogando! -pensó Daniel. Y sin calcular las contingencias de su temeridad, sacó con presteza uno de los brazos de debajo del cuerpo y lo acercó á su compañera de infortunio. Su mano tropezó por acaso con un grueso pedazo de tela, que apartó por medio de un rápido movimiento. Un suspiro de alivio le dio gracias i or aquel focorro inesperado. Daniel se apresuró á retirar la mano, dudando que aquella caricia atrevida hubiese podido pasar desapercibida á sus guardianes. Así había sucedido, sin embargo. Los bandidos, entretenidos en su conversación, no parecían ocuparse ya de los prisioneros, que de minuto en minuto sentían, aumentarse sus crueles angustias. En el exterior reinaba un profundo silencio. y parecía que. con excepción de aquellos dos hombres, toda la banda había abandonado la alquería del Breuil. Alentado Daniel por el éxito de sus esfuerzos anteriores, trató de desembarazar completamente sus ojos de la venda que los cubría, y también lo consiguió fácilmente, con lo cual pudo observar á sus guardianes con más atención que lo había hecho hasta entonces. El que llevaba uniforme de gendarme era un bombre de cuarenta años, con un cerviguillo semejante al de un toro, cabellos encrespados y facciones piistulosas, que revelaban bajo su máscara de carbón inveterados hábitos de embriaguez. El segundo, vestido de guardia nacional con ciertas pretensiones, parecía tener apenas diez y ocho años, y su mirada oblicua, sus cabellos gruesos y aplastados y un no sé qué de cínico eh su sonrisa y en sus modales, denotaban vicios de otro género. Ambos eran robustos y determinados; llevaban pistolas al cinto, y sus sables desenvainados estaban sobre la mesa al alcance de la mano. Daniel no se intimidaba ante la perspectiva de una lucha contra aquellos formidables bandidos. Pensaba que si conseguía desatar sus- piernas, como había desatado las manos, le sería fácil arrojarse de improviso sobre ellos y apoderarse de uno de los sables, en cuyo caso podría ganar la puerta exterior, abrirse paso con su arma á través de los que intentaran detener- le y huir á la campiña. Mas para esto era necesario abandonar á María, que empezaba á recobrar el conocimiento; y el joven presentía que aún amenazaban á los prisioneros nuevos y más graves peligros. El bandido á quien habían llamado Normándote dejó su pipa sobre la mesa, y paseando en derredor su torva mirada, dijo en tono de mal humor, pero sin emplear su jerga ordinaria