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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO se había tenido la precaución de envolverles la cabeza en unos lienzos para que no pudiesen ver á sus perseguidores; de raanera que era imposible reconocer á las desdichadas víctimas. Inmóviles en la obscuridad, sólo manifestaban su existencia por débiles gemidos, en tanto que los salteadores, sin pensar en ellas, armados de tenazas y de garfios de hierro, descerrajaban los armarios de la señora Bernard. íjno de los bandidos, reparando que L a drange no tenía venda, cogió un pedazo de tela bui y se lo deó á la cabeza; pero ntes de perder el uso de la vista, el joven había tenido tiempo de distinguir n o lejos de sí una forma esbelta y graciosa que le pareció ser la de María de Mereville. La voz del oficial no tardó en dejarse oir de nuevo. ¿N o os da vergüenza? -dijo á sus gentes en un lenguaje extraño que debía ser una especie de caló- -perder el tiempo en registrar los guiñapos de un miserable granjero, cuando esta noche debe producirnos un potosí de oro plata? ¡Mil t r u e n o s! ¿Quién se entretiene en recoger el salvado cuando puede alcanzar una carga de harina? A pesar de tales exhortaciones, los bandidos prosiguieron el saqueo de los armarios, io cual probaba que la autoridad de aquel jefe n o inspiraba mucho respeto. Después de una pausa, continuó en francés y acentuando cada palabra: -H e aquí todos nuestros corderos, que se conducen á las mil maravillas, y tendrán prudencia hasta mañana por la mañana. Si se portan bien, no se les hará daño a l g u n o pero si pestañean, ¡desgraciados de ellos... E h muchachos, ¿se ha vasto si había algunos mendigos en la alquería? -Sí, sí- -respondió una voz burlona; -hemos hallado en el pajar dos í agabundos, á los que ha sido x reciso poner á buen recaudo; un ¡buhonero herido qrie no podía ser peligroso, porque no tenía casi fuerzas para sostenerse en pie, y ün pillastre de agostero más largo de lengua que de manos... Hemos dejado á esos dos truhanes encerrados en el pajar con una mordaza en la boca y atadas las manos con cuerdas de cáñamo. Aqtiella voz recordaba precisamente por ciertas inflexiones la del agostero de c ue se hablaba; y además, el 361111010 de las palabras debía tener un fondo muy chistoso para los malhechores, porciue todos se echaron á reír íi carcajada? U n nuevíi personaje vino á sofocar aquella irttenipestiva hilaridad, gritancD desde fuera xon energía: ¡Voto á todos los diablos! ¿H a s t a cuánAo vais á hacerme aguardar aquí? T r a e d m e al granjero, porque vamos á necesitarle. U n profundo silencio se extendió al punto por la casa, y á acjuella voz todo el m u n d o se suró á obedecer la autoridad del que m a n caba. ha mayor parte de los bandidos salieron; otros se apoderaron de Bernard, que estaba tendido en el suelo entre las gentes de la granja, y aflojándole las ligaduras de las piernas, quisieron obKgarle á andar. El infeliz se resistía, y empezaron á darle golpes. ¡N a d a de violencias! -volvió á decir el jefe misterioso. ¿No sabéis cuáles son vuestras órdenes? El que las quebrante será castigado. Sacaron á Bernard arrastrando, y sólo quedó en la sala el oficial con otros dos bandidos y los prisioneros. Tú, Normándote, y tú. Manco- -dijo en su jerga ordinaria á los compañeros, -os quedaréis aquí de g u a r d i a pero cuidado con atormentar á los prisioneros ni emborracharse con el vino del granjero, porque el otro está de un humor infernal y no escaseará los palos y las balas en el c r á n e o conque ya os lo advierto. Otros dos camaradas quedarán para hacer la ronda alrededor de la casa, y con esos ya sois bastantes. P e r o lo repito, nada de malos tratamientos á los prisioneros si permanecen quietos... Si se revuelven- prosiguió en francés y ahuecando la voz, -los encerráis á todos en la barraca y la pegáis fuego por los cuatro costados: con eso entrarán en razón. ¿Vienes, Rojof- -gritaron de afuera. -Allá voy. El oficial dio algunas otras órdenes en voz baja y salió precipitadamente. Momentos después, infantes y jinetes se pusieron en marcha, dirigiéndose en apariencia hacia el castillo del Breuil. Daniel sufría mortales angustias que le hacían olvidar sus horribles padecimientos físicos. La circulación de la sangre se detenía en sus miembros a g a r r o t a d o s la mordaza le ahogaba, y la venda que oprimía sus ojos le ocasionaba una especie de vértigo; pero se resistía contra tan penosa situación. Los gemidos que se percibían en distintos puntos de la sala le indicaban que sus compañeros no se encontraban en mejor estado. C ía, sobre todo, muy cerca de sí, los lamentos ahogados que revelaban un intolerable sufrimiento: era su adorada María la que exhalaba aquellos a y e s pero ¿qué podía hacer Daniel? Lo. dos bandidos encargados de la guarda de la casa conversaban en su jerigonza especial. Daniel, por la vaga claridad que atravesaba su venda, juzgaba que habían encendido luz, y la proximidad de las voces le hacía comprender C ue se hallaba á sus pie bajo sus miradas 7 expuesto á todas las brutalidades que quisieran ejercer sobre él al primer movimiento sospechoso. Sin embargo, creyó que debía aventurar alguna tentativa por socorrer á su desgraciada r- ompañera. Estaba echado de espaldas, y no le parecía posible hacer el menor movimiento con los brazos ni con las piernas, pero empezó á m o ver lentamente la cabeza para desasirse de los dobles vendajes que le oprimían la boca y la frente. Continuará.