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m mmaiMétátM LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA lO. CONTINUACIÓN -Os confieso que lo dudo un poco... ¿Podéis al menos decirme por quién está firmado? -Nada más fácil- -replicó el oficial en tono chocarrero; -lleva la firma del ciudadano Daniel Lairange, juez de paz en N... y comisario del poder ejecutivo. Una- arcajada general demostró entonces á Daniel que había sido reconocido y que se btu labín de su autoridad. Iba, sin embargo, á tomar de nuevo la palabra para pedir explicaciones, cuando el oficial gritó con fuerza dirigiéndose á sus gentes: -i Basta de charla! Puesto que no se quiere abrir la puerta, fuerza es derribarla á la bomba. ¡A la bomba! -repitieron todos en coro. A lo largo de la pared exterior de la alquería había algunas vigas mal labradas. Varios guardias nacionales entregaron los fusiles á sus camaradas y fueron á tomar la más gruesa de aquellas vigas, que colocaron sobre pañuelos arrollado formando una especie de ariete. Ejecutada esta maniobra con una destreza qiae revelaba profundos conocimientos en la materia, se encaminaron hacia la casa, hicieron oscilar un momento la viga y la impelieron contra la puerta con formidable estrépito. Las tablas se rajaron, crujieron los bastidores, y aunque la puerta no llegó á caer, era evidente que no podría resistir á aquella terrible máquina puesta en movimiento por tantos brazos vigorosos. Daniel comprendió que era tiempo de bajar; había adquirido el convencimiento de que aquellos hombres ni eran gendarmes ni guardias nacionales. ¿Pero qué eran? ¿Chuanes? No estaba, en electo, muy lejos el Bocaje de la Vendré y era posible que alguna de aquellas partidas que infestaban el país se hubiera corrido al Breuil. ¿Serían bandidos? Tampoco era miposible, ji bien toaavía los malhechores que por entonces asolabun el Beance, el país de Chartres y el Orleanes do no se habían hasta aquella fecha presentado en esta parte del Perche. En uno ú otro caso, el peligro eraigualmente grave para las señoras de Mereville, y Daniel dijcurría angustiado un naedio de sustraerlas á lo3 i- isultos de los miserables que iban á forzar la habitación. No tuvo mucho tiempo para pensar en ello, porque al poner el pie en el patio oyó pasos á su espalda, y acto continuo se sintió sujeto por manos vigorosas. Dos hombres, con uniforme de guardias nacionales, habían penetrado en la granja por el jardín y acababan de arrojarse sobre él. En pocos segundos fué derribado en tierra, fuertemente ligado y amordazado para impedirle gritar, lo cual, por otra parte, habría sido inútil en medio de aquel infernal vocerío. De pronto, la puerta principal saltó hecha astillas, y Daniel tuvo el dolo; de ver á los ban- didos (ciue, en efecto, lo eran) invadir tumultuosamente el patio. Varios de ellos le dirigieron al pasar insultos y amenazas, pero guiados por el oficial que había echado pie á tierra con algunos de sus camaradas, mientras c ue los dtrnás guardaban la entrada principa! corrieron hacia la casa donde se habían fortificado los habitantes de la alquería. Después de una breve deliberación, se acor- dó por unanimidad que era preciso allanareste iiltimo obstáculo; pero por entonces nc. hubo necesidad de recurrir al ariete manejado, á fuerza de brazos. Dos hombres experimen- tados en este género de operaciones, se apode- raron de una reja de arado que había bajo uiii cobertizo, y al segunde golpe cayó la puerta, derribando consigo la barricada de muebles que habían levantado á la parte de adentro, Precipitáronse por ella los forajidos, y á pocO; rato se oyeron dentro de la habitación gritos, desgarradores. Hubo una escena corta, pero terrible. Da: niel sólo pudo sospechar las horrorosas circunstancias que la acompañaron. La viva claridad que se había percibido desde fuera al caer la puerta, se extinguió súbitamente; oíase choque de muebles, ruido de pi; -sadas y espantosas blasfemias que ahogaban- los lamentos de las mujeres, entre los cuales, creyó Daniel reconocer la voz de María de Mereville. Por un esfuerzo convulsivo trató de rom, per la cuerdas que le sujetaban, pero sólo, consiguió Lacerias penetrar más en sus carnes. Convencido de su inipotencia, exhaló, á pesar de la mordaza, una especie de rugid que excitó la mofa de sus guardianes. Por fin cesó 1 tumulto en la casa, y el jefe gritó á los que se habían apoderado de Ladrange: -Traedle también aquí; se les pondrá á ÍQdos juntos... y despachémonos. Levantaron del suelo al infeliz Daniel, qu no podía andar á causa de sus ligaduras, 1 (transportaron á la sala baja y le arrojaron sobre el pavimento con tanta violencia, qu quedó por algunos instantes sin sentido. Sin embargo, la idea de los peligros que corrían personas para él tan queridas, le dio fuerzas, y dominando sus atroces sufrimientos, levantó imperceptiblemente la cabeza para examinar lo que pasaba á su alrededor. Fuese por efecto de la lucha que acababa de tener lugar ó por un acto de previsión de los bandoleros para no ser reconocidos, todas las luces se habían apagado, como ya hemos dicho, y la sala estaba únicamente alumbrada por la trémula llama de la chimenea y por un tenue rayo de luna que dejaba pasar la puerta destrozada. A su dudosa claridad pudo Daniel cerciorar se de que todos los moradores del Brsuil, amo, y ama, mozos y sirvientes, yacían en tierra, agarrotados y amordazados como él. Hasta.