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EL P E Q U E Ñ O HERCULES CONTINUACIÓN Estos dos últimos meses he implorado la caridad pública acercándome todo lo más que podía, en mi peregrinación mendicante, hacia mi suspirada ciudad natal. Por fin, con alegría sólo comparable á la que goza el preso que fecoljra su libertad, me hallé dueño de veinte dollars, los necesarios para ocupar un asiento en el tren de emigrantes y obreros sin trabajo en que mé has visto. Esta es mí historia, amigo Masin ahora cuéntame la tuya. IV -Mi relato no ha de despertar en ti, querido Roberto, el interés emocionante que el tuyo me ha producido. Es c: i todo distinta la historia. Tú relatas infortunios y miserias de la vida de titiriteros ambulantes, y yo sólo puedo hablarte de la vida fastuosa y placentera que siempre has gozado. Y no obstante, el artista de circo se ha sentido, aun cuando por causas bien diferentes, tan desventurado como tú, y ha padecido lo indecible al disfru- Después... el vagabundo que en nn ivt; se despertó. Echaba de menos mi mísera) le libe. t- tad; me consideraba á mí propio como res quc tuviera por cárcel un palacio. Advierte qué contraste tan estrafalario y ridículo ofrecíamos uno y otro con el trueque de nuestros destinos. Mientras tú suspirabas por las comodidades de tu casa, yo echaba de menos las incomodidades del circo. Los trajes de riquísima tela, cortados por los sastres más famosos de la ciudad, me opriníían dolorosamente el cuerpo; el nítido y jjlanchado cuello de la camisola me producía el efecto de collar molestísimo; el frac me dejaba como enfardado; los guantes ponían rígidas y sin movimiento las manos; los bhtines de charol abrasaban mis pies y me obligaban á andar tan torpemente como una grulla. Las comidas preparadas por tu cocinero, digno de servir al propio Lúculo si resucitara, eran mi mayor tormento; mi estómago de infeliz vagabundo, hecho á todos los comistrajos y bazofia de la gente pobretona, se rebelaba contra los manjares más exquisitos, algunos de los cuales, perdona la herejía, los encontraba de pésimo gusto mi paladar de plebeyo. ¡Una verdadera desdicha! Muchas veces abandonaba la mesa con hambre, un hambre brutal de segador ó de carretero, que sólo se satisface con enormes rebanadas de pan y un sabroso guisado de carne y de patatas. Tu preceptor, que también lo ha sido mío, me crispaba los nervios con su estudiada cortesía, que llegaba á ser ofensiva por lo almibarada. ¡Qué preceptor, Dios mío... Soñaba con él todas las noches de una manera terrorífica, como Í ueñan los niños miedosos con el coco. Era mi pesadilla: Mister Masin, daremos lección de aritmética si os place. Mister Masin, con vuestro beneplácito, ha llegado el momento de que nos entretengamos en dar un repasito á la Historia. Mister Masín, si no os desagrada intentaremos recordar la enumeración de los coleópteros. Mister Masin, os advierto con el debido respeto que habéis incurrido en un lamentable error al suponer que los topos carecen de ojos. Mister Masin... i Mister demonio! Y á cada frase una gran reverencia. Qué preceptor! Me ponía de un humor irresistible. Las lecciones que debía aprender de memoria me levantaban terrible dolor de cabeza. Las horas de clase parecían horas eternas, infinitas... Continuará. tar de tantas cosas como producen envidia á los pobres. Si tú te imaginaste tan pintoresca y atractiva la existencia de los saltimbanquis, yo nó puse riendas á la fantasía al suponer la inmensa felicidad que me deparaba mi suerte. Tu padre, al que debo perdurable gratitud por los beneficios que pródigamente me ha dispensado, me trató desde el primer momento como á ti, su hijo. Al pronto, tanto fausto, tanto bienestar me alucinaron. Me creía venturoso protagonista de un cuento de hadas. No te rías sí te confieso que, dudando de la realidad, me palpaba el cuerpo y me miraba á los espejos para cerciorarme de que era yo, es decir, Masin Night, el pequeño Hércules. Como encantado pasé los primeros días. JP LA CAJITA MISTERIOSA CONTINUACIÓN ESCENA. TERCER A JULIO é INÉS. Al fina! TEODORA. (Entra Inés sin ser vista de Julio, se acerca á él de puntillas y le tapa los ojos con las manos. JULIO. (Sobresaltado. ¡No, no he tocado la llave, estaba sólo mirándola! INÉS. ¡Ja, ja, ja, j a! ¡Vaya un susto! JULIO. ¡A h! ¿Eras tú? INÉS. JULIO. ¿Pues qué pensabas? Qué sé y o! Con la sorpresa...