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bustos, enormes. Son m u y pocos; apenas llegarán á ciento. F u e r o n en masas de quinientos ó mil, unidos por la misma ilusión de l a s A n i é r i c a s unos se murieron, otros se hundieron eii e seno de las llanuras americanas. Estos de aquí son los fracasados, los que no pudieron vencer la nostalgia, los que se vinieron invadidos del pánico, ó los insuficientes. Algunos vuelven con un montoncito de pesos; la mayoría vuelve derrotada. L a vida los arrolló. Son ahora como algas flotantes, enfermos de la voluntad. El infinito del m a r se confunde con el infinito del cielo. Todavía acompañan al barco algunas gaviotas de vuelo rastrero, hasta que huyen también esos mensajeros de la vida. Y el buque se queda solo, definitivamente solo, en el punto céntrico de la inmensidad. I os días se suceden ¡guales unos á oíros. Acaso un barco de vela se columbra en la línea del horizonte; tal vez cruza un vapor á toda máquina, humeando, y desaparece en seguida. Después, nada. L a soledad es absoluta, las horas son pesadas y normales, el tiempo adopta la densidad de un algo abrumador y aplastante. Como las costas han huido muy lejos, el m a r tiene una inmensa profundidad, y es intensamente azul, de un azul metálico y negruzco. Las grandes y soberanas olas avanzan sobre el buque; el buque las hiende en dos, y las bandas de la nave se engalanan con dos montañas de blanca espuma. Nada tan blanco y puro como esa espuma inmaculada: la nieve del monte, la pluma del cisne, la las bandas, y aquella blancura adquiere una, intensidad cegadora. A veces la m o n t a ñ a blanca se adorna con una nueva maravilla, que es su fosforescencia. T o d a la inasa de espuma fosforece, como si la alumbrasen por dentro extrañas luminarias, como si los genios de las profundidades marinas estuviesen celebrando una fiesta fantástica... Mar tremendo, soledad aplastante, desolación infinita. Aauellos descubridores de las soñadas Indias, ¡cómo debieron sentirse anonadados dentro de estos solitarios mares! P o r aquí pasaron errando todas aquellas carabelas portuguesas y españolas, de cuvo seno haoían de surgir más tarde las- prósperas nacionalidades americanas. Este era el m a r de prueba, el Océano que la leyenda entenebrecía con innumerables horrores. El Océano guardaba un secreto a v a r a m e n t e pero todos b J secretos y terrores son vanos é impotentes ante la ambición. De repente, allí aparece una isla; después, otra isla. L a s Canarias salen al paso del buque igual que unas canastillas de flores. lontañas, casitas blancas entre palmares, tran uilas ensenadas donde se balancean las barcas de los pescadores. Lna visión de idilio y de paz. Quién pudiera colgar su nido de esas encantadoras montañas, frente á la sábana azul del mar. P e r o el biuiue tiene prisa y embaste nuevamente el horizonte. La noche tiene extendido su manto de estrellas: ni un lucero falta en el cielo. J. a luna creciente, con sus dos cuernos erguidos, desciende lenta y majestuosamente hacia el horizonte. yéia. lEü j t leche de las cabritillas son menos blancas que la divina espuma de las olas en alta m a r Y cuando llega la noche, la espuma se diviniza todavía más, se hace más soberanamente blanca. E s preciso aguardar á c ue la noche se cierre del t o d o cuando el cielo y el m a r forman una misma sombra, la ola que el buque hiende pasa veloz á lo largo de Y aparece, vor último, Cádiz, á la luz rosada de la aurora. Blanca ciudad, semejante á una cosa femenina, graciosa, como un recuerdo de la Grecia. Sobre la cúpula metálica de su catedral, el sol que nace vierte un chorro de luz, y la cumbre de la catedral se incendia y resplandece de una m a nera ideal... JOSÉ M. a SALAVERRIA. DIBUJC 8 DE MARTÍNEZ ABADB