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ic fi f -I J: i. í 3 EL RETORNO DEL TRANSATLÁNTICO A l partir el buque, cuando las amarras se suel tan, un vocerío inenarrable suele llenar todo lo largo de los muelles. Los amigos gritan, los parientes sollozan: el barco se marcha á la patria de allá lejos, y los corazones de los expatriados sienten la inmensa melancolía de su abandono. Entre tanto, sobre el puente del transatlántico suena la música con una vehemencia y una fuerza inusitadas, como para acallar los lamentos y la tristeza de la despedida. El buque embiste la boca de la dársena, sale al m a r abierto y huye arrogante hacia las playas españolas; Pero la emoción de la partida se desvanece luego) el ánimo recobra la paz. P o r otra parte, al ánimo lo solicitan cien y mil detalles nimios. Primero se desea conocer el buque, descubrir sus rincones, averiguar la dimensión, calcular el grado de estabilidad, convencerse de las comodidades de á b o r d o después se inspecciona á los viajeros, á esos desconocidos seres que habrán de convertirse en nuestros obligados amigos durante veinte días; por último llega la gran curiosidad; el camarote. El camarote de un barco es la cosa más singular que puede imaginarse. No se 3 arece á ninguna otra habitación, ni al gabinete anónimo de un hotel, ni al cuartucho destartalado de una posada campesina, ni á la choza en la que nos refugiamos cuando la noche ó la tormenta nos sorprenden en el monte. Todas esas habitaciones tienen un aire de hermandad, aparte el lujo de cada una de ellas: son la alcoba, la familiar alcoba. Pero el camarote no es una alcoba, ni un gabinete, ni un salón, ni n a d a sirve para dormir, y eso es lo único que e da apariencia de casa. E s una mezcla de barraca, de vagón ferroviario y de fortaleza. Por más que la providencia de los constructores haya querido borrar las impresiones demasiado ásperas, el camarote no concluye de. humanizarse: tiene aire de celda ó de prisión, huele á vapor y á galipota, y en el techo sobresalen las tuercas y los remaches de las planchas de hierro, impresionando fieramente á la fantasía. Quiere ser bonito y amable, y no lo consigue. Con todas sus cortinillas carmesí, su alfombra rosada y sus lavabos de madera lustrosa, el camarote de un transatlántico evoca ideas de prisión ó guerra. Pero como compensación, tiene el camarote de un buciuc cierto elemento paliativo, que es la litera. ITay dos literas para escoger, una bajita y otra alta, á la que se sube por medio de una escalerilla: cuando el cuerpo se cansa de una, se tenderá sobre la otra litera, y en último caso aún resta el diván, que cae precisamente debajo del tragaluz. Este diván sirve para las horas de mareo, ó para las de la divagación espiritual. Tendido el cuerpo á lo largo, los ojos podrán asomarse á la tronera y ver cómo transcurren las olas, cómo la espuma se deshace en torrentes de nieve, cómo el sol se acuesta perezosamente en el Océano. ¿Y la gente? Yo no sé qué tiene la humanidad de extraño, que en cuanto se la examina i) or equeñas porciones, pierde todo su v a l o r n o se la puede mirar sino en conjunto, desde lejos y en forma de espectáculo. Tampoco sé lo que tienen los transatlánticos, tjue siempre navegan en ellos las porciones más borrosas y estúpidas de la humanidad. Varias mujeres insubstanciales, varios hombres tediosos; tales son los comensales del comedor. Abajo, en la parte de proa, los pasajeros de tercera comen su rancho fuerte y nutritivo. Grandes barrenos de garbanzos con azafrán, extensas tarteras de patatas con carne, cantimploras de estaño llenas de negro vino, y panes ro-