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en que descubre uno- rinconcitos secrr- fos que ignora, sensibilidades y percepciones atrofiadas por desuso, y que, espoleadas por el látigo armonioso de la música, salen, á luz... En aquellos breves instantes quise á Palmira como no la había querido en mis dos años de relaciones... Enternecido por su mirar de iluminada, la adoré como á una Santa Cecilia rediviva que se bañase en la dulzura del arte divino. Me pareció en aquellos minutos un alma superior de una mujer, digna de mí... Olvidé su afición á los trapos, á los galanteos frivolos... Cuando la sala estalló en aplausos á la grandeza del músico ruso y á la maestría de los inconmensurables in- esa música tan pesada... Estaba entreteniéndome erí mirar la esmeralda que lleva en la mano la del palco de enfrente. Debe de ser costosísima... Su voz me sonó más siniestra y aterradora en la oquedad del palco desierto, de donde ya los concurrentes se habían retirado; las señoras, quedándose algo atrás discretamente para dejarnos platicar á nuestro sabor; los caballeros, á fumar esplenéticamente por los pasillos... Al día siguiente rompí bruscamente mis relaciones con Palmira Monteserín... Nunca más volví por su casa. Nunca más la tropecé por Madrid. A poco vine destinado á Ablanedo. Al final, Ramonín Rubiancs hablaba con la inco- f JS L I n. 1 1 r i 8 tí I térpretes, pregunté á Palmira cerca de su oreja rosada, que sugería tentaciones de mordisco: ¿Qué tal, Palmira... ¿Estarás entusiasmada... Ya lo hé notado, ya... -No, chico- -me contestó despectiva; -me aburre herencia de un somnílocuo. Me tocó salir con él del café. Tremendamente emocionado, le cogí del brazo. Era la una y media de la madrugada. Un hombre misterioso recorría la calle apagando faroles. El reloj de la Audiencia sonó gravemente... ANDRÉS G O N Z Á L E Z- B L A N C O DIBUJOS DE MÉNDEZ BBINGA