Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
de artista literario, ios restantes tertulios éramos de la cascara amarga, giróvagos y bohemios, como buenos amantes de Apolo. Allí acudían cotidianamente Ramonín Rubiancs, poeta, crítico de teatros, novelista en ciernes, redactor- jefe del periódico liberal de la ciudad Dicrio de Ablanedo; juanín Pulido, comisionista de harinas, bien contra su voluntad, l) ero gran aficionado á metafísicas, sociologías y otras zarandajas poco cereales y lucrativas; José Ramón Paredes, pianista consumado, artista de cáníara de! señor marqués de la Vegaflechosa, y mi humildísima persona, de la cual bien conocen vuesas mercedes las dañinas aficiones al arte de Fidias, de Orfco y de Apeles... Conocidas como os son nuestras tendencias y bien u uilataílos nuestros gustos, huelga decir que nuestro silencio era sepulcral no más que los músicos del sexteto comenzaban á afinar y probar sus instrumentos. Durante los intermedios voceábamos con nuestras voces atipladas ó graves, todas vibrantes de ardor juvenil, romoviendo acaloradas discusiones solare motivos fútiles. Porque en Ablanedo somos muy (lados á lo mínimo para extraer de ello la máximo, cual abejas laboriosas. En todas las disputas de Ablanedo, sean de café ó de casino- -ó bien de las obscuras tabernas y confiterías vergonzantes, mixtas de chigre, aplastadas entre las casas altas y obscuras (le la callo de Plateros, -en todas, invariablemente, se sigue aquel procedimiento lógico qr e los filósofos llaman inductivo porque va de lo, menor á lo mayor... Se discute, verbigracia, el mal empedrado de la calle del Campillín, y de aquí se pasa, por hrusco tránsito, á la relación del empedrado con el celo de los ifluuicipios, con la cultura de los habitantes y con la fidelidad de sus esposas... ¡Todo ello, naturalmente, aliñado con el fino humorismo que distingue á los hijos de la perínclita ciudad... Mas, a enas el primer violín había rascarlo agriamente las cuerdas, nuestro mutismo era agrado é interrumpirlo hubiera sido una ofensa á nuestros más caros sentimientos artísticos, fomentados por el módico precio de veinticinco céntimos, con propina, en razón del cual se toma café. Fortuna ara nosotros ¡ue en el café Español de Ablanedo éramos parroquianos antiguos y sabíamos engatusar al mozo, el buen Prudencio, que nos amaba ya con un derretimiento casi paternal, de que nos hclgábarnos muy mucho en días negros de penuria, para no pagarle. En el café Español nos daban buena música: fieethoven, Wagner, Grieg, Bach, Schumann, todos los dioses... De cuando en cuando, sobre todo en t: rdcs desesperantes, tardes lluviosas de domingo, para distraer á los abominables horteras y e. KCcrandas Menegildas que en tan notado día concurren, intercalábanse, con gran dolor nuestro, números del banal Suppé ó del detestable Waldteufel. Una noche, cuando ya todos nos habíamos reunido, sólo tardaba en venir Ramonín Rubianes. Supusímosle retrasado en su melancólica fonda de la ílatilde, donde dispépsicos viajantes de comercio promovían disputas acedas sobre la existencia del Sumo Hacedor, ateos ellos, á Dios gracias, como es razón que lo sea todo commis- voyageur... Cuando apareció por la puerta de la calle de Mirabella la escuchimizada figura de Ramon n Rubianes, la orquesta atacaba el emocionante y sugestivo Andante cantdbile, de Tscháikowsky. -Buenas noches, chiquillos- -susurró Ramonín con su acento madrileño... Y luego, como contrariado: -Si lo sé me quedo en casa... ¡Maldita sea... Todos á una, como el ángel del pudor, pusimos un dedo sobre los labios, ordenando hermético mutismo; pero no más hubo terminado el divino andante, pedimos á Rubianes amplias explicaciones de sus frases despectivas para el gran músico eslavo, de quien estábamos dispuestos á vindicar la mL! icai menioria. Pero los músicos del sexteto, más celosos que nosotros de las glorias de Tschaikowskj- le rindieron el mejor y más sincero homenaje de admiración que se puede rendir á un hombre: interpretar sus obras... Mientras nosotros, como viles diputadetes, voceábamos en discursos sonoros la sublimidad de Tscháikowsky, los músicos del sexteto, más idealistas, más entusiastas y también, por rara paradoja, más prácticos que nosotros, repetían, para delectación ie nuestros oídos, los maravillosos compases del Andante cantabile... -i Señores- -prorrumpió Rubianes en tono sarcástico de sermón de aldea, -Tscháikowsky no necesita ser defendido por ustedes, porque es un gran músico... Yo protesto del Andante cantabile, no en cuanto pieza musical, sino en cuanto motivo emocional... Hay algo en mi vida anejo á ese Andante execrable... Un fuerte rumor de todo el- corro cortó la ¡plática... -Execrable, sí- -repitió Rubianes, recalcando bien las silabas; -execrable para mí... que he sufrido sus consecuencias... Ese Andante maldito ha sido un tósigo para mí durante algunos años. Hoy ya he descubierto el antídoto del estoicismo escéptico contra estos envenenamientos de la emoción... ¡Adiós, Pirrón! -somormujó Juanín Pulido en tono sarcástico. -i Si vierais el dolor que me ha producido escuchar este Andante siempre que la casualidad me ha conducido hacia él... Porque, oíd, mis amigos, oíd, si queréis saber de confidencias... El Andante cantabile fué el comienzo del misoginismj que hoy me domina... Todos nos miramos aterrados, porque conocíamos el punto vulnerable de Ramonín Rubianes, muchacho chungón y divertido como pocos, excepto cuando le tocábamos la fibra sensible, que era su desprecio hacia la mujer, siendo por otra parte mujeriego como pocos... -La primera vez que yo oí el Andante cantabile fué en Madrid, en una de aquellas admirables veladas de la Sociedad de Conciertos... Era yo novio de Palmira Monteserín, la hija de aquel que estuvo aquí de director del Banco. Ya sabéis lo bien acogido que fui de toda la familia y las atenciones que me dispensaba el padre, enamorado de mi galana pluma, que, con perdón, así la llaman... Naturalmente, yo hablaba á Palmira con permiso de ios y yA- i, y generalmente nuestros coloquios amorosos estaban asistidos por la prestante figura de D. Antonio, con sus barbas apostólicas y sus gafas doradas... Aquella noche, como de costumbre, en el primer intermedio, subí a! palco de mi amada. La primera parte del programa habíanla llenado Beethoven y Wagner, los inmensos. Ahora, apenas los quince minutos rituales de descanso habían transcurrido, vendría el recio y norteño Tschaiko- wsky á perturbar nuestras almas meridionales... Cambié con los papas de Palmira y con dos señoras y un caballero más que les acompañaban en el palco, los saludos y afectos de buen tono. Sonaron los primeros compases del para mí memorable Andante... -Anda más aprisa, más vivace... -dijo burlescamente José Ramón Paredes. ¡Qué difuso eres, lo mismo en tu conversación que en tus artículos! Nunca tendrás público por eso, á pesar de tus excelentes c (mdiciones. Sé breve y conciso, como mi bigote- -acabó, riéndose y retorciéndose los cuatro pelos rubios que le ensombrecían los rosados labios... -Bien. Prosigo. Estaba yo sentado al lado de Palmira. Ella tenía su enguantado brazo apoyado en la baranda de terciopelo granate. Yo contemplaba sus rizos rubios ornándole la tersa frente; su boca, entreabierta, como está siempre en ios momentos de éxtasis: la mirada nebulosa, fija, embobada, perdida en quién sabe qué dirección... acaso en ninguna... como si quisiera replegarse hacia el interior... revelando que en aquel instante los ojos no servían para mirar nada... de fuera... Era uno de esos minutos trémulos (se adivinaba por su mirar