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¿r í 2 TEODORA. ¡Dale, hola! Te has propuesto echártelas de juicioso, y lo haces por humillarme. JULIO. No es cierto. No riic propongo semejante cosa. TEODORA. i Vaya! Ya ¡abes que te conozco, y á ti te gusta hacer gala de ser superior en todo. JULIO. Todo porque eres curiosa, y yo no. TEODOIÍA. (Lloriqueando. i Qué fastidioso eres I Me estás insultando y no lo aguanto. So mono! JI; LIO. JULIO. ¡Chica! chos de gigantescas y verdes cimeras. La llanura era como un mar esmeraldino, y había en él notas sangrientas, amarillas y blancas: las amapolas y las margaritas. La carretera por donde Manolillo caminaba semejaba, al discurrir zigzagueante, un río de inmovilizadas y pardas ondas, y hasta los hieráticos y espinosos cardos erguían ya en los acirates sus decorativas alabardas. Según iba andando encontróse el rapaz con unos pintados pajarillos que, desde la carretera, volaron TEODORA, fEnfadada. Oye... Me voy á mi cuarto Diviértete solo. TEODORA. (Saliendo. ESCENA II JULIO i Cómo nos carga que alguno nos descubra los defectos! ¡La da rabia que yo sepa que está rabiando por verlo! Después de todo, la cosa no es un crimen tan horrend; para avergonzarse tanto. (Mirando á la caja. Saber uno que allí dentro hay algo que vale iiiucho, según afirma el abuelo, y ese algo es para nosotros, y no permitirnos verlo, ia verdad es que es muy raro y á mi mismo, que no tengo el vicio de ser curioso, me dan ganas de saberlo. (Se acerca á la caja. Y esto de dejar la llave puesta, sí f; ue es mucho cuento Si el abuelito creía que no debíamos verlo, para qué deja la llave? La verdad: eso es ponernos en el peligro de abrirla. Y eso de conocer luego si hemos visto ó no hemos visto la cosa... ¡Eso sí que es curioso! Tenía razón Teodora no tocando á lo que hay dentro Continuará r X KELATOS DE CAZA MANOLILLO, CAZADOR o eía el sol alegre, como si fuera un gran broche de oro que sostuviera en la cúspide del firmamento el manto azul, plácido y sereno del cielo. La brisa mecía las acacias de la plaza del pueblo, y sus racimos de blancas florccillas, al ser balanccacíos, esparcían la- suavidad y la fragancia de sus perfumes, y tras las terrosas tai) ias, como espuma bullentc que se desbordara, mostrábanse las plantas trepadoras cayendo en verdegueantes cascadas. Manolillo, atraído por el encanto de aquella tarde primaveral, cuando salió de su casa, en vez de irse como de costumbre á la escuela, se marchó al campo. ¡Qué hermoso estaba, Les árboles de las huertas parecían pena- hacia un olivar. Siguiólos con la vista, y vio cómo trazaban en el aire parábolas irregulares, y cónio, piando delicadamente, se zambullían en la copa gris de un olivo gigantesco. Sin perder un instante se encaminó hacia él, y cuando llegó las avecillas huyeron; pero Manolillo descubrió en una de las más altas ramas un iiido. ¡Un nido... Por una extraña asociación de ideas, y mientras trei) aba i) or los robustos brazos del árbol, se acordó de sus amigos, (pie en aquellos momentos estarían ante el ma a siguiendo con el puntero las líneas tortuosas de límites, ríos y sierras. Y le parecieron muy infelices, nuiy i) C ueños y muy desventurados dentro del local de la escuela, bajo la mirada vigilante del maestro. Ya iba á poner sus manos profanas en el muelle nido, donde los iiijuelos piaban envueltos todavía en su amarillento plumón, cuando se quebró la rama uc lo sostenía, y el rapaz quedó enganchado v colgado de otra rama, sin poderse valer de manos ni i) icrnas, si no era para moverlas desaforadamente, como si nadara. Entonces fueron sus llantos, y sus súi) licas, y sus gemidos; pero sólo le oían los dueños del nido, que revoloteaban sobre el co udo olivo piando tristemente. Cuando al anochecer, y merced á un desesperado esfuerzo, la rama se quebró, y Manolillo se vio en el suelo, echó á correr hacia la población... So temía que del llano, de los árboles y de las albcrcas il) an á surgir apocalípticos fantasmas. AI fm se encontró en el regazo de su madre, 3- sollozando por la paliza que veía en perspectiva, exclamó: -i No me pegues, no me pegues... El infeliz cazador trasudal a de angustia y de miedo, i Bien castigado estaba ya. I Josü A. LUENGO.